Venezuela tras la detención de Maduro: el papel de Delcy Rodríguez y la estrategia de Trump
- Javier Angulo Perojil

- hace 23 horas
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La política venezolana no será la misma desde el pasado 3 de enero, fecha que marca un punto de inflexión histórico en la trayectoria del régimen chavista y, por extensión, en el equilibrio político del hemisferio occidental y en América Latina. A partir de ese momento, Venezuela experimenta una ruptura abrupta y estructural desencadenada por un acontecimiento sin precedentes: la captura del presidente Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses, y su traslado inmediato a Estados Unidos para enfrentar cargos vinculados al narcoterrorismo, la corrupción sistémica y la colaboración con organizaciones criminales transnacionales, como bien reflejaron Marco Rubio y Donald Trump en sus diversas ruedas de prensa concedidas en los últimos días. Se trata de un episodio que, sin duda alguna, desafía las convenciones clásicas del derecho internacional.
No obstante, de manera contraria a las expectativas iniciales, la captura no ha derivado en un vacío de poder ni en un colapso inmediato del régimen, sino que ha abierto una fase de reordenamiento interno altamente controlada, en la que entran en funcionamiento mecanismos de sucesión informal, cohesión coercitiva y centralización institucional, dejando ver que el papel central de la continuidad del Estado lo tendrá cuán leal sea el sector militar, la diligencia de los gobernantes y la capacidad del aparato estatal de absorber el golpe sin desintegrarse, lo cual es posible afirmar actualmente tras haber pasado días de ello. En este sentido, la experiencia venezolana confirma una variable observada en ciertos regímenes autoritarios de larga duración, como Cuba o Corea del Norte: la personalización del poder no elimina la existencia de estructuras capaces de sobrevivir a la caída del líder y hagan perdurar el sistema.
Es precisamente en este contexto donde emerge con fuerza la figura de Delcy Eloína Rodríguez Gómez, hasta entonces vicepresidenta ejecutiva y una de las dirigentes más influyentes del aparato estatal venezolano. Su ascenso no debe interpretarse como una anomalía ni una solución improvisada, sino como el resultado lógico de un proceso previo de ascenso, acumulación de poder, visibilidad política y control de resortes clave del Estado, encarnando a día de hoy una figura de continuidad funcional, capaz de articular la cohesión en un momento de extrema vulnerabilidad externa.
Lejos de representar una ruptura ideológica con el chavismo como podría haber parecido a grandes rasgos la caída de Nicolás Maduro, según los acontecimientos y retóricas acontecidos los últimos días, parece que su llegada al poder simboliza una mutación defensiva del régimen, orientada a garantizar su supervivencia en un entorno hostil que tiene todos los ojos puestos en ellos, y en el que han preservado los fundamentos esenciales del sistema, a pesar de que falte el líder.
Los orígenes de Delcy Rodríguez: consolidación y centralidad en el aparato del Estado
La trayectoria política de Delcy Rodríguez está marcada por ascensos constantes inscritos dentro de la evolución del chavismo en Venezuela, comenzando bajo el liderazgo de Hugo Chávez en un momento destacado por la refundación del Estado venezolano según los principios chavistas (populismo de izquierdas, bolivarianismo, socialismo, antiimperialismo, antiamericanismo, basado en la planificación centralizada y en una evolución desde el socialismo democrático y una “tercera vía” hacia un socialismo marxista); y la creación de una nueva élite política leal al régimen, la confrontación discursiva con Occidente y la militarización de la política. En este contexto, Delcy, abogada egresada en la Universidad Central de Venezuela, se integra de forma muy temprana en los círculos de confianza del chavismo.
Durante el mandato de Nicolás Maduro, su influencia se profundiza de manera significativa, a la vez que progresiva; primeramente cuando ejerció el cargo de ministra de Relaciones Exteriores, y como vicepresidenta ejecutiva después. Así, Delcy se convierte en una de las principales caras visibles del poder ejecutivo, con capacidad efectiva de decisión en áreas estratégicas- política económica, diplomacia internacional, coordinación interinstitucional-. Su rol trasciende el de mera ejecutora de órdenes presidenciales: actúa como operadora política, gestora de crisis y enlace entre facciones internas del régimen por su buena relación con el estamento militar.
En el plano internacional, la figura de Delcy Rodríguez se ha asociado al endurecimiento del discurso soberanista del Estado venezolano y al alineamiento estratégico con potencias no occidentales, en una lógica de contrapeso frente a Estados Unidos y la Unión Europea. Desde su etapa como ministra de Relaciones Exteriores y posteriormente como vicepresidenta ejecutiva, Delcy ha desempeñado un papel central en la profundización de las relaciones políticas, económicas y de seguridad con países como Rusia, China, Irán y Turquía, articulando una red de apoyos internacionales orientada a mitigar el aislamiento diplomático del régimen. También fue protagonista en el marco narrativo, presentando las sanciones internacionales como mecanismos de guerra económica y agresión imperial.
Por otro lado, precisamente este protagonismo internacional ha tenido controversias y efectos adversos, como la imposición de sanciones por parte de la Unión Europea, vigentes desde 2018 y renovadas de forma periódica, por su responsabilidad política en la degradación del Estado de derecho y en la erosión de las garantías democráticas. Dichas sanciones incluyen la prohibición de entrada y tránsito por el espacio Schengen, la congelación de activos en jurisdicciones europeas y la prohibición de que entidades comunitarias pongan recursos económicos a su disposición. Dentro de este marco sancionador se suma el Delcygate, ocurrido el 20 de enero de 2020 en el Aeropuerto de Barajas (Madrid) donde aterrizó e incluso durante su escala tuvo un encuentro con José Luis Ábalos pese a tener prohibida la entrada en espacio Schengen. Este incidente no solo puso en evidencia la vulneración de las restricciones europeas, sino que también se convirtió en un catalizador de controversias políticas que traspasaron el ámbito bilateral España-Venezuela. La escala no autorizada, celebrada en una zona internacional del aeropuerto, generó un escándalo mediático y político, cuestionando la coherencia y aplicación de las propias sanciones comunitarias, y alimentando debates sobre los límites de la diplomacia informal y la eficacia de los regímenes de restricción europeos.
Paradójicamente, estos antecedentes han concluido en un saldo ciertamente positivo en la consolidación del perfil de Delcy Rodríguez como un actor resistente a la presión externa, capaz de operar bajo condiciones de aislamiento internacional prolongado y en la configuración de su propia narrativa de líder ajena a Occidente y la Unión Europea, siendo un perfil bastante polémico, pero en la práctica claramente eficaz.
Detención de Nicolás Maduro y reconfiguración estratégica del poder: del discurso de resistencia a la cooperación instrumental
El capítulo que ya hemos analizado en Naciones en Ruinas con actualización de los sucesos, es la clave para explicar todo el artículo, pues estar hablando de Delcy Rodríguez actualmente no sería posible sin entender que ha sido por la detención, extradición y juicio de Nicolás Maduro, producido en una operación rápida y coordinada de la inteligencia estadounidense, en colaboración de actores regionales aún no plenamente identificados, para lo cual hay altas especulaciones que no entraremos a analizar. El impacto simbólico de todo este suceso es devastador: por primera vez, el líder del chavismo no es depuesto por fuerzas internas ni por una insurrección popular, sino neutralizado directamente por una potencia extranjera que actúa bajo la lógica de la seguridad nacional y la jurisdicción penal extraterritorial y que, si bien es cierto vulnerando el derecho internacional, ha logrado sacar a un dictador en menos de 20 minutos de su propio país.
La reacción inicial del régimen venezolano combina estupor, indignación y contención estratégica. Durante las primeras horas, el aparato comunicacional del Estado entra en una fase de silencio calculado, mientras las élites políticas y militares evalúan escenarios de respuesta, toman las calles y evitan manifestaciones contra el régimen. Es en este momento donde Delcy Rodríguez asume un papel central. Tras interrumpir abruptamente una visita oficial a la Federación Rusa, regresa a Caracas y convoca su primera comparecencia pública como máxima figura visible del Ejecutivo, bajo una narrativa cuidadosamente estructurada y destacada por una agresividad discursiva evidente, exigiendo pruebas fehacientes de vida de Nicolás Maduro, denunciando una agresión ilegítima contra la soberanía venezolana y apelando a la cohesión cívico-militar frente a lo que califica como una forma extrema de imperialismo jurídico. Este discurso cumple una función doble: hacia el interior, contiene posibles fisuras dentro del Partido Socialista Unido de Venezuela, las Fuerzas Armadas y la sociedad venezolana, que no supo cómo reaccionar en las primeras horas tras el golpe (mientras la diáspora celebraba, la sociedad venezolana se sumía en un silencio ensordecedor ante el desconocimiento de lo que sucedía) ; hacia el exterior, gana tiempo para reorganizar el poder y evaluar el margen real de maniobra frente a Washington.
Pocos días después, el Tribunal Supremo de Justicia, actuando conforme a su patrón histórico de alineamiento con el Ejecutivo, declara la “ausencia forzada” del presidente y proclama a Delcy Rodríguez como presidenta interina de la República, en nombre de la continuidad constitucional. La decisión cuenta con el respaldo explícito del alto mando militar, consolidando una transición interna que, aunque jurídicamente controvertida, resulta políticamente efectiva. La clave en todo esto es el giro estratégico de Delcy con el paso de los días en la relación con EE. UU. más que la sucesión por sí misma. Tras una fase inicial de confrontación retórica, se abren canales de comunicación discretos con la administración de Donald Trump, y, según filtraciones, la CIA desempeña un papel clave en recomendar una salida pragmática: evitar una escalada militar directa a cambio de concesiones concretas por parte del nuevo liderazgo venezolano. La líder venezolana acepta esta lógica y, en un gesto inicial de alto impacto simbólico, anuncia el cierre del principal centro de detención y tortura de Caracas, reconociendo implícitamente prácticas hasta entonces negadas por el régimen, y se compromete a cumplir determinadas órdenes estadounidenses relacionadas con la desarticulación de redes criminales y el control de actores armados no estatales, bajo la amenaza explícita de bombardeos selectivos futuros en caso de incumplimiento.
Esta cooperación no implica una democratización del sistema. Por el contrario, Delcy Rodríguez declara (y Trump acepta en rueda de prensa) de forma tajante que no habrá elecciones en el corto ni mediano plazo, argumentando que el país se encuentra bajo una agresión externa que exige estabilidad y unidad nacional. Es más, el propio presidente estadounidense estimó que en unos 18 meses al menos no habría elecciones en Venezuela.
¿Por qué Delcy y no María Corina Machado?
La decisión de la administración Trump de respaldar a Delcy Rodríguez como figura central en la reconfiguración del poder venezolano, en lugar de a María Corina Machado, si bien constituye una decisión polémica dentro de la sociedad venezolana, constituye un giro estratégico que desafía interpretaciones basadas en afinidades ideológicas o condenas morales al régimen anterior, y por supuesto poco tiene que ver con la elección de la líder venezolana como nóbel de la paz, y no Donald Trump, a efectos prácticos, aunque ésta haya pretendido compartir el premio con el presidente norteamericano. Realmente, esta elección obedece a un cálculo que incorpora criterios de estabilidad, control institucional y la necesidad de gestionar equilibrios internos complejos en Venezuela, en un momento marcado por la fractura del orden político tras la captura de Nicolás Maduro.
Uno de los elementos decisivos en la preferencia estadounidense por Delcy Rodríguez es su posicionamiento dentro de las estructuras de poder existentes en Venezuela. A diferencia de María Corina, cuya trayectoria se ha forjado en la oposición civil y política, Delcy ha sido parte del núcleo del régimen chavista durante años y cuenta con vínculos directos en sectores claves como las fuerzas armadas, y una figura como ella sería un garante de estabilidad a corto plazo tras la salida forzosa de Nicolás Maduro, reduciendo un riesgo de vacío de poder o de colapso inmediato, aunque los venezolanos de la diáspora sí lo pretendan.
Este enfoque se corresponde con doctrinas clásicas de estabilidad autoritaria: en contextos de transición forzada, el actor que controla o puede negociar con las fuerzas armadas y los aparatos de seguridad interior tiene una ventaja decisiva sobre aquellos cuyas bases de apoyo son fundamentalmente civiles. En Venezuela, la lealtad militar ha sido una piedra angular del chavismo durante décadas, y María Corina Machado carece de control sobre ese aparato, al no formar parte de su red interna.
Por otro lado, María Corina Machado enfrenta obstáculos estructurales que limitan su viabilidad como líder de una transición inmediata según sectores del gobierno estadounidense. Trump mismamente ha señalado públicamente que Machado “no cuenta con apoyo ni respeto dentro del país” y que sería muy difícil para ella liderar Venezuela en estos momentos. Ello unido a que la propia María Corina apenas ha tenido contacto con Trump desde octubre de 2025, hacen difícil su elección debido a la falta de sintonía y apoyo. Estas tensiones chocan con el hecho de que gran parte de la oposición democrática tradicional considera a Delcy Rodríguez una figura profundamente rechazada por la población venezolana, acusándola incluso de ser una de las arquitectas del aparato represivo del chavismo, por lo cual es cierto que, aunque Delcy la elección de la administración Trump por los motivos previamente explicados, ello no implica que sea la del pueblo venezolano, que, tanto en la diáspora como desde dentro, no sienten simpatía por la figura de Delcy Rodríguez al haber sido cabeza visible y representante del régimen chavista que obligó al exilio a más de 8 millones de personas en la actualidad.
En paralelo, aunque haya sido elegida como figura de consenso dentro del régimen chavista, la posibilidad de un contragolpe militar interno no es nada descabellada, pues su liderazgo es frágil y dependiente de múltiples facciones dentro del complejo militar venezolano, algunas de las cuales podrían aspirar a una reconfiguración del poder más radical o a una restauración autoritaria menos permeable a las exigencias externas.
Los escenarios posibles una vez Delcy Rodríguez es proclamada presidenta interina
Ante este contexto interno político, social y militar altamente inestable, la evolución de la política venezolana post-Maduro puede bifurcarse en varios escenarios hipotéticos, más o menos probables, cada uno marcado por las implicaciones y variables diferentes que tiene para el país, la región y las relaciones con Occidente:
Transición controlada con Delcy como figura central
En este caso, Delcy Rodríguez constituiría como la interlocutora clave de un proceso negociado entre el régimen reformado y Estados Unidos preferentemente. La lógica aquí es la de preservar el orden institucional básico mientras se articulan reformas graduales que puedan conducir a una transición relativamente tranquila, marcada por la imposición futura de un calendario de elecciones supervisadas internacionalmente y a la liberalización de sectores estratégicos, en particular el petrolero, en un escenario donde el liderazgo tradicional conserve parcialmente el control del país a cambio de concesiones tangibles en favor de la apertura económica y política. Además de viable, es el escenario más probable, si bien es evidente que dependerá de ello la estabilidad de este proceso, el apoyo de los sectores militares y sociales a este plan y la continuidad del régimen para que pueda efectuarse de forma efectiva.
En una entrevista, María Corina Machado mismamente apostó por esta opción recientemente, afirmando que “al propio régimen se le está dando la instrucción de desmantelarse a sí mismo”, que se debe buscar una transición lo más “corta y rápida posible”, anulando el segundo escenario que posteriormente será expuesto, y reflexionando que “lo único que sostenía a Maduro y a esta estructura era el miedo. Si se quita el terror, no queda nada”, por lo que parece una opción ya contemplada y viable.
Continuidad autoritaria reformada
En este escenario, el chavismo no se desplomaría, sino que se reinventaría en clave autoritaria. Rodríguez y su entorno reorganizan el poder político sobre bases más flexibles, por ejemplo, pudiendo permitir cierta actividad opositora controlada, liberando prisioneros políticos o iniciando reformas económicas ligeras, sin renunciar al control del Ejército y de las instituciones estratégicas. De este modo, se podría evitar el colapso institucional total, continuando con el mismo régimen pero con ciertas concesiones, aunque es cierto que no cumple con los estándares democráticos, ni solucionaría ninguno de los problemas internos del país en la actualidad, simplemente es una fórmula de estabilidad autoritaria que retiene el núcleo del poder y busca legitimarse internacionalmente mediante concesiones cosméticas, buscando la pervivencia del régimen a cualquier coste. Una variable que hay que tener en cuenta es que sería el escenario menos favorable tanto para la opinión de la oposición venezolana, como la de su diáspora y de las potencias occidentales, que buscarían una transición pacífica donde el pueblo venezolano eligiese, y no una continuación descafeinada del régimen, aunque es cierto que podría contemplarse como una opción relativamente viable si se va a percibir que una transición abrupta fuera sinónimo de inestabilidad.
Fractura y enfrentamiento prolongado
Este escenario, si bien representa la ruptura más grave del orden político venezolano, no es nada improbable. La exclusión de María Corina Machado, Edmundo González y otros liderazgos opositores puede catalizar tensiones internas que deriven en protestas masivas, insurgencias civiles e incluso enfrentamientos militares entre facciones divergentes, con riesgo claro de conflicto social, político y militar interno. La fractura institucional y social podría extenderse regionalmente, con migraciones masivas, expansión de redes criminales transnacionales y la intervención de actores extrarregionales (al interior y al exterior). Una Venezuela sumida en confrontación prolongada tendría profundas consecuencias para la región, presionando a países vecinos, alterando cadenas energéticas y potenciando alianzas estratégicas con potencias ajenas a Occidente.
Liderazgo en la cuerda floja
La elección de Donald Trump de respaldar a Delcy Rodríguez en lugar de María Corina Machado no responde únicamente a preferencias ideológicas, sino a una evaluación estratégica de estabilidad institucional, control militar, gestión de riesgos internos y externos y en cierta parte por una cuestión de “manejabilidad”, puesto a que Delcy Rodríguez actualmente representa un régimen débil, atado de pies y manos, y sin su líder. Es más práctico porque es más viable para Estados Unidos a la hora de pedir concesiones y realizar una coerción con amenazas si no se cumple lo estipulado. Rodríguez, pese a su cuestionada legitimidad democrática, ofrece la posibilidad de un puente negociado hacia un orden político menos convulso.
No obstante, si bien su papel actualmente es central para manejar el futuro del país hacia una dirección u otra, siendo ahora mismo una pieza clave en este tablero; su liderazgo se encuentra en una posición precaria, dependiente de su capacidad para equilibrar exigencias internacionales de apertura y reformas, mantener la cohesión de las fuerzas armadas, mitigar protestas civiles y gestionar tensiones regionales. El resultado de esta dinámica tendrá profundas implicaciones para el futuro político de Venezuela, la estabilidad regional latinoamericana y la proyección de influencia estadounidense en la región, la cual se ve incrementada cuando Trump ha presentado intenciones de realizar acciones similares en Colombia, Cuba, México o incluso Groenlandia, por lo cual también va más allá del escenario venezolano, pudiendo ser el primero de muchos episodios de la búsqueda estadounidense de ampliar su esfera de influencia.
En definitiva, la figura de Delcy Rodríguez encarna, así, la tensión entre la necesidad de supervivencia del régimen y la presión internacional por cambios políticos efectivos, situándola en una cuerda floja permanente cuya resolución determinará el rumbo inmediato del país.




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