12 de octubre: historia, identidad y diversidad en la Fiesta Nacional de España
Feliz 12 de octubre, Fiesta Nacional de España
Hoy conmemoramos una fecha que cambió la historia universal: el 12 de octubre de 1492, cuando la expedición de Cristóbal Colón llegó a América. Aquel acontecimiento abrió un proceso de encuentros, intercambios y transformaciones que conectó continentes y dio origen a una comunidad histórica y cultural de dimensión extraordinaria. Una historia compleja, con luces y sombras, cuyo legado nos invita a comprender el pasado con rigor y a afrontar el futuro con responsabilidad.
España es mucho más que sus fronteras: es una nación construida durante siglos, enriquecida por la diversidad de sus pueblos y sostenida por generaciones que compartieron esfuerzos, aspiraciones y sacrificios. Desde ambas orillas del Atlántico, millones de personas compartimos una lengua, una herencia cultural y vínculos familiares e históricos que ninguna distancia puede arrebatarnos. Hoy celebramos también a Hispanoamérica, una comunidad de naciones soberanas con la que España está llamada a estrechar la cooperación, el respeto mutuo y la amistad.
Una historia que nos pertenece a todos
España es la memoria de Numancia resistiendo frente a Roma, la Córdoba califal que iluminó el pensamiento medieval, Toledo como cruce de culturas y Granada, que conserva el esplendor de al-Ándalus. Es la Salamanca de sus aulas centenarias, la Sevilla que miró al Atlántico, el Madrid de los Austrias y la Barcelona que convirtió la arquitectura en vanguardia. Es el legado romano de Mérida y Segovia, las catedrales que se alzan hacia el cielo, los castillos que coronan nuestras tierras y los caminos que, desde hace siglos, conducen a Santiago de Compostela.
Es también la historia de quienes cruzaron océanos, de quienes defendieron sus libertades en Cádiz en 1812, de quienes padecieron la tragedia de la Guerra Civil y de quienes contribuyeron a construir, mediante el diálogo, la reconciliación y la Constitución de 1978, una democracia compartida. En cada piedra, en cada página y en cada plaza permanece una parte de nuestra historia: una herencia que no nos pertenece en exclusiva, sino que recibimos para comprenderla, preservarla y transmitirla, con sus grandezas y sus heridas, a las generaciones venideras.
España es la piedra milenaria de la Alhambra, la majestuosidad de la Sagrada Familia y la arquitectura de Antoni Gaudí, la excepcionalidad de Córdoba y su Mezquita-Catedral y el silencio solemne de Montserrat. Es el Quijote cabalgando contra los molinos, las palabras inmortales de Lorca, la genialidad de Goya, la luz de Sorolla y las notas de Falla. Es el eco de una saeta en Semana Santa, el estruendo de las Fallas, el fervor del Rocío, las hogueras de San Juan y el compás del flamenco. Es la jota, la sardana, la muiñeira, las romerías, las plazas donde se comparte la vida y las mesas donde uno se siente querido.
Es el Museo del Prado, donde Velázquez detiene el tiempo en Las meninas y Goya retrata, en El dos de mayo de 1808 y Los fusilamientos del tres de mayo, el precio de la guerra. Es el Guernica de Picasso, convertido en denuncia universal de la barbarie, el Museo Reina Sofía y el Guggenheim de Bilbao, símbolo de una ciudad que supo reinventarse. Es el Museo Nacional de Arte Romano de Mérida, donde todavía resuena la huella de un imperio; la Zaragoza de la basílica del Pilar, la Valencia de la Lonja de la Seda, el Oviedo prerrománico, la Cáceres medieval y la Tarragona que conserva su pasado romano frente al Mediterráneo.
España vive también en su mesa: en una paella valenciana o un arroz alicantino junto al mar, en una fabada asturiana, un cocido madrileño, unas migas castellanas, un gazpacho andaluz, unos churros con chocolate tras una fiesta o un pulpo á feira compartido entre amigos. Está en el jamón ibérico, los quesos de cada comarca, los vinos de nuestra tierra y el aceite de oliva que vertebra nuestra cocina. Desde la sidra asturiana hasta el gofio canario; desde el ternasco aragonés y las migas extremeñas hasta el bacalao al pilpil vasco, la quesada pasiega cántabra, la ensaimada balear, el caldero murciano, la caldereta castellano-manchega, el botillo leonés y las papas arrugadas con mojo, cada territorio aporta una forma singular de reconocernos.
En Galicia, los paisajes atlánticos y el Camino de Santiago; en Asturias y Cantabria, la memoria de las montañas y los pueblos marineros; en el País Vasco, la fuerza de su identidad y su tradición industrial; en Navarra y La Rioja, sus paisajes, su patrimonio y su cultura vitivinícola. En Castilla y León, el románico, las universidades históricas y las ciudades monumentales; en Extremadura, los vestigios romanos y el legado de sus pueblos; en Aragón, la herencia mudéjar; en Castilla-La Mancha, los horizontes del Quijote; en la Región de Murcia, la huerta y el Mediterráneo. En Cataluña, la creatividad cultural; en la Comunidad Valenciana, sus fiestas y su tradición mediterránea; en Andalucía, la riqueza de sus pueblos y su patrimonio; en Madrid, la vitalidad de una capital abierta al país y al mundo. Y en Baleares y Canarias, dos archipiélagos diferentes que amplían la diversidad de España entre el Mediterráneo y el Atlántico, junto a las inolvidables Ceuta y Melilla.
Porque España no vive únicamente en sus grandes monumentos ni en las fechas inscritas en los libros. Vive en los mercados que despiertan al amanecer, en los agricultores, marineros y ganaderos que sostienen nuestra alimentación, en los pueblos que conservan sus oficios, en las fiestas que llenan las calles y en quienes mantienen vivas las lenguas, las costumbres y la memoria de sus territorios. Vive en esa diversidad de paisajes, acentos y formas de entender la vida que, sin borrar sus diferencias, construye una misma comunidad de destino.
El talento y los logros de una nación
Nos enorgullecen quienes engrandecieron nuestro legado: Cervantes, Velázquez, Isabel la Católica, Jovellanos, Ortega y Gasset, Picasso, Severo Ochoa y Santiago Ramón y Cajal. También quienes abrieron caminos cuando la sociedad les imponía barreras: Clara Campoamor, defensora del sufragio femenino; Emilia Pardo Bazán, renovadora de la literatura; María Zambrano, referente de la filosofía; Margarita Salas, pionera de la biología molecular; Isabel Zendal, vinculada a una de las grandes expediciones sanitarias de la historia; María Blanchard, cuya obra desafió las convenciones artísticas, y tantas científicas, escritoras, deportistas y profesionales cuyo talento contribuyó a transformar el país.
Es la voz de Rosalía de Castro, la imaginación cinematográfica de Luis Buñuel, Pedro Almodóvar y Juan Antonio Bayona, la música de Albéniz y la literatura de Clarín, Machado y Delibes. Es el reconocimiento internacional de películas como Volver a empezar, La bola negra y La sociedad de la nieve, y el trabajo de los profesionales españoles que han llevado sus creaciones a los escenarios y pantallas del mundo. Es también la ciencia que investiga, la universidad que forma, la empresa que innova y la educación que abre oportunidades.
Es Rafa Nadal levantando trofeos, Carolina Marín desafiando los límites del bádminton, Mireia Belmonte haciendo historia en la piscina y Pau Gasol convirtiéndose en referente del baloncesto. Es Fernando Alonso y Carlos Sainz, la selección femenina de fútbol y los equipos que hicieron vibrar al país con sus éxitos internacionales. Es el recuerdo imborrable del Mundial de fútbol de 2010 y nuevamente en 2026, los campeonatos mundiales de baloncesto de 2006 y 2019 y las nuevas generaciones que siguen llevando el deporte español a lo más alto.
Pero los logros nacionales no se miden únicamente en medallas, estatuillas o copas. También están en los avances científicos, en la capacidad de nuestros profesionales sanitarios, en la contribución de investigadores, empresarios y emprendedores, bomberos, militares, en la solidaridad de nuestros ciudadanos y en el trabajo cotidiano de quienes mantienen en funcionamiento los servicios públicos. Son conquistas colectivas, muchas veces discretas, que mejoran vidas y amplían nuestras posibilidades de futuro.
La España que acompaña, protege y resiste
La historia de España no se compone únicamente de celebraciones. También está marcada por pérdidas, catástrofes y momentos de incertidumbre en los que hemos tenido que sostenernos unos a otros. Recordar esos episodios es una forma de honrar a quienes sufrieron y de reconocer a quienes estuvieron a su lado.
Recordamos a las víctimas de la pandemia de COVID-19, a las familias que no pudieron despedirse de sus seres queridos y a los profesionales sanitarios que afrontaron jornadas extraordinarias en circunstancias difíciles. Recordamos a quienes mantuvieron los servicios esenciales, cuidaron de los mayores, investigaron, enseñaron y ayudaron a sus vecinos cuando la incertidumbre parecía dominarlo todo. Su esfuerzo forma parte de la memoria colectiva de nuestro país.
Recordamos también a La Palma y a sus habitantes, que vieron cómo la erupción volcánica de 2021 transformaba su paisaje y destruía hogares, cultivos e infraestructuras. Bajo la lava quedaron proyectos de vida y recuerdos irreemplazables. La fortaleza de los palmeros y el compromiso de quienes participaron en la emergencia nos recuerdan que reconstruir no significa únicamente levantar edificios: significa recuperar hogares, oportunidades y esperanzas.
Nuestra memoria se detiene asimismo en las víctimas de la DANA, especialmente en las localidades de la Comunitat Valenciana golpeadas por las inundaciones de octubre de 2024, así como en las personas afectadas en Castilla-La Mancha, Andalucía y otros territorios. Detrás de cada cifra hubo un nombre, una familia y una vida interrumpida. La solidaridad ciudadana, el trabajo de los equipos de emergencia y la ayuda entre vecinos mostraron lo mejor de nuestra sociedad; el recuerdo de quienes murieron debe acompañarse del compromiso de mejorar la prevención, la coordinación y la protección civil.
Y recordamos con profundo respeto a las víctimas del accidente ferroviario de Adamuz, en Córdoba, ocurrido el 18 de enero de 2026. A sus familias y seres queridos les debemos memoria, acompañamiento y respeto. La actuación de los servicios sanitarios, de emergencia, de seguridad y de los ciudadanos que auxiliaron a los afectados merece reconocimiento. Ante una tragedia, la prioridad debe ser siempre atender a las víctimas, esclarecer los hechos y aprender cuanto sea necesario para evitar que vuelva a suceder.
También forman parte de esta memoria quienes padecieron atentados terroristas, accidentes, incendios forestales, inundaciones y otras tragedias que golpearon a nuestras comunidades. España honra a sus víctimas no solo con palabras, sino mediante la justicia, la prevención, la solidaridad y la responsabilidad de no olvidar.
Ceuta y Melilla: España también mira al otro lado del Estrecho
De manera muy especial, este homenaje se dirige a los españoles de Ceuta y Melilla. Ambas ciudades autónomas son parte inseparable de España y representan una realidad histórica, geográfica y cultural singular. Su posición entre Europa y África, junto al Mediterráneo y frente al Estrecho de Gibraltar, les confiere una importancia estratégica que no debe hacernos olvidar lo esencial: son, ante todo, hogares de ciudadanos españoles con los mismos derechos, aspiraciones y dignidad que los del resto del país.
Ceuta es historia, convivencia, diversidad y pertenencia. Es el Monte Hacho, las Murallas Reales, el Mediterráneo y el Atlántico encontrándose ante una ciudad que ha hecho de su pluralidad una característica propia. Es el esfuerzo de sus trabajadores, comerciantes, docentes, sanitarios, fuerzas de seguridad, militares y familias; es la vida cotidiana de quienes construyen su futuro en una frontera que también es puente entre continentes. Melilla, con su patrimonio modernista, su historia y su riqueza cultural, comparte esa condición singular y esa contribución a la identidad española.
En momentos de dificultad, la ciudadanía de ambas ciudades merece atención, respaldo institucional y políticas que fortalezcan su seguridad, su economía, sus servicios públicos y sus oportunidades. Defender a Ceuta y Melilla significa garantizar la protección de sus habitantes, atender sus necesidades y reconocer su papel en España y en Europa. Su españolidad no debe reducirse a una consigna ni su singularidad convertirse en motivo de olvido: debe traducirse en compromiso, presencia y responsabilidad compartida.
Este 12 de octubre, nuestro recuerdo se dirige especialmente a los ceutíes y melillenses. A quienes viven allí, a quienes han tenido que marcharse y a quienes mantienen con sus ciudades un vínculo que perdura a pesar de la distancia. Porque ninguna parte de España debe sentirse lejos de su país ni menos acompañada que las demás.
Servicio, defensa y compromiso con el futuro
Bajo la advocación de la Virgen del Pilar, patrona de la Guardia Civil, rendimos homenaje a quienes sirven a España desde las Fuerzas Armadas y las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. A quienes protegen nuestras fronteras, garantizan la seguridad ciudadana, participan en misiones internacionales, auxilian en las catástrofes y arriesgan su vida por la de los demás. Su compromiso, disciplina y vocación de servicio recuerdan que la fortaleza de una nación no reside únicamente en sus capacidades materiales, sino también en la entrega de quienes velan por sus ciudadanos.
En un siglo XXI marcado por la rivalidad entre potencias, los conflictos armados, la revolución tecnológica, las amenazas híbridas y la incertidumbre internacional, España debe defender sus intereses, proteger sus fronteras y reforzar su autonomía estratégica. Como miembro de la Unión Europea y de la OTAN, nuestro país tiene la responsabilidad de contribuir a la seguridad europea y a la estabilidad internacional, promover el respeto al derecho internacional y participar en la construcción de un orden basado en normas. Necesitamos ambición, innovación, preparación y una visión capaz de situarnos entre quienes construyen el futuro, en lugar de limitarnos a contemplar sus transformaciones.
Nuestra democracia, la Constitución de 1978, el Estado de Derecho y las instituciones son conquistas que debemos preservar. La Monarquía parlamentaria, en los términos establecidos por la Constitución, forma parte de la arquitectura institucional del Estado. En este marco, el rey Felipe VI ejerce sus funciones constitucionales como jefe del Estado y representa la continuidad institucional de España. La reina Letizia desempeña una labor de representación y acompaña iniciativas vinculadas, entre otros ámbitos, a la educación, la cultura y las cuestiones sociales.
La princesa de Asturias, Leonor, representa la continuidad generacional de la Corona. Su formación académica y militar, desarrollada en las distintas ramas de las Fuerzas Armadas, constituye una preparación exigente para las responsabilidades que le corresponden como heredera. Su trayectoria debe valorarse por el compromiso, la preparación y el sentido del deber que requiere el servicio público. La infanta Sofía, desde su propio recorrido formativo, representa asimismo a una generación de jóvenes españoles que se prepara para afrontar un mundo en transformación.
La reina emérita doña Sofía merece también un reconocimiento por décadas de presencia institucional y por su dedicación a iniciativas sociales, culturales y asistenciales. Cada miembro de la Familia Real, desde la función que constitucionalmente le corresponde, contribuye de manera distinta a la representación del país. Más allá de las personas, las instituciones encuentran su legitimidad en el cumplimiento de sus responsabilidades, el respeto a la ley y su servicio al conjunto de los ciudadanos.
Una nación que debe seguir avanzando
El orgullo nacional también exige reconocer nuestros desafíos: facilitar el acceso a la vivienda, combatir la corrupción, reducir las desigualdades, mejorar la educación, fortalecer la sanidad, afrontar el envejecimiento demográfico y ofrecer oportunidades reales a los jóvenes. También exige proteger el medio ambiente, adaptarnos al cambio climático, impulsar la innovación y evitar que el lugar de nacimiento o la situación económica determinen las posibilidades de cada persona.
Ante las elecciones previstas para el 29 de noviembre de 2026, reivindiquemos una España donde la discrepancia no se convierta en enemistad y la alternancia política se ejerza con respeto. La concordia no exige pensar igual, sino reconocer que compartimos un marco democrático y una responsabilidad común. El patriotismo no pertenece en exclusiva a ninguna ideología: se demuestra respetando las leyes, cuidando lo público, defendiendo los derechos y trabajando para que el país sea más justo y próspero.
Hoy celebramos lo que fuimos, reconocemos lo que somos y asumimos la responsabilidad de construir lo que seremos. Amar a España no significa ignorar sus errores, idealizar su pasado ni renunciar a la crítica. Significa conocer su historia con honestidad, proteger aquello que merece perdurar y transformar aquello que necesita mejorar. Significa comprender que la unidad no exige uniformidad y que la diversidad, cuando se acompaña de respeto y responsabilidad, constituye una de nuestras mayores fortalezas.
Como escribió Miguel de Unamuno: «La sangre de mi espíritu es mi lengua». En nuestra historia, nuestras culturas, nuestras instituciones y nuestra voluntad de futuro reside la fuerza de una España que, sin renunciar a sus raíces, todavía tiene mucho que aportar al mundo.
A todos los españoles, dentro y fuera de nuestras fronteras, y especialmente a los ceutíes y melillenses: feliz Fiesta Nacional. Que la historia nos dé memoria, la convivencia nos dé fuerza y el futuro nos encuentre trabajando juntos por España.





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