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España ante la crisis de vivienda: déficit de oferta, precios y retos de la política habitacional

hace 5 horas
4 min de lectura

España atraviesa una crisis de acceso a la vivienda que ya no puede considerarse un problema exclusivamente juvenil ni coyuntural. Afecta a jóvenes, familias y trabajadores con ingresos medios y condiciona la emancipación, la movilidad laboral y la formación de nuevos hogares y nacimientos. El problema no ha comenzado en 2026, pero tampoco podrá resolverse prolongando indefinidamente las mismas dinámicas.


Los datos son contundentes. En 2025, el 7,6% de los mayores de 16 años en nuestro país buscó activamente una vivienda sin conseguir cambiar de residencia. Entre ellos, el 67,2% señaló el precio excesivo como principal obstáculo. Entre los jóvenes de 16 a 29 años, la búsqueda infructuosa alcanzó el 9,6% (INE, 2025).


El problema fundamental es un desequilibrio entre demanda y oferta. España no solo tiene más población: tiene cada vez más hogares. El INE proyecta que entre 2026 y 2041 se crearán aproximadamente 2,18 millones de hogares adicionales, hasta alcanzar cerca los 21,94 millones. Además, el tamaño medio continuará reduciéndose, lo que implica que una misma población necesitará más viviendas (INE, 2026).

 

La demanda actual, además, está siendo alimentada por distintos factores. En 2025 se crearon aproximadamente 225,000 hogares residentes, mientras que los no residentes adquirieron unas 55,000 viviendas. Ese mismo año solo se terminaron 92,000 viviendas nuevas –un tercio de lo necesario–. El Banco de España advierte expresamente de que la demanda está creciendo más rápidamente que la oferta y que la diferencia se está absorbiendo mediante el mercado de vivienda usada.


Esto ayuda a explicar por qué los precios son tan elevados. No existe una única razón o causa. La concentración del empleo y la población en grandes ciudades y zonas turísticas aumenta la presión sobre determinados mercados; la llegada de población extranjera incrementa también la demanda allí donde se concentra; y los compradores no residentes tienen un peso significativo en determinadas regiones –especialmente en costas turísticas–. El Banco de España señala precisamente que estos usos compiten con el alquiler residencial y que la demanda de alquiler ha crecido especialmente entre jóvenes y población de origen extranjero.


Conviene, sin embargo, no convertir a la población extranjera en el chivo expiatorio de la crisis. El problema no es que lleguen nuevos residentes, sino que España no está generando suficiente vivienda para absorber el crecimiento de la demanda, por lo que la inmigración es un factor agravante en esta situación, pero no el causante directo. De hecho, el 1 de julio de 2026 había 49,8 millones de residentes, de los cuales 7,44 millones tenían nacionalidad extranjera, mientras la población total continúa creciendo (INE, 2026).


También es necesario relativizar el debate sobre la ocupación ilegal. La ocupación genera problemas de seguridad jurídica y afecta a determinados propietarios, pero difícilmente explica por sí sola la dimensión nacional de los precios, aunque sí tiene cierta repercusión sobre la oferta. Atribuirle la crisis de vivienda sería confundir un fenómeno concreto con un desequilibrio estructural mucho mayor. 


La cuestión central continúa siendo la oferta. El Banco de España señala que en 2025 las viviendas terminadas disminuyeron un 9%, hasta unas 92,000, mientras los precios reales de la vivienda aumentaron un 9,7%. La institución identifica fricciones que dificultan que la construcción responda con rapidez al aumento de los precios y de la demanda. 


Aquí aparece la responsabilidad de las Administraciones. El Ejecutivo ha aprobado el Plan Estatal de Vivienda 2026-2030, dotado con 7,000 millones de euros, y ha impulsado nuevas medidas regulatorias. Sin embargo, resulta legítimo cuestionar si la respuesta está suficientemente orientada hacia la creación efectiva de oferta o al lucro político. El propio Real Decreto-ley 26/2026 reconoce que aumentar el parque público requiere recursos cuantiosos y que la promoción de vivienda necesita plazos prolongados.


El riesgo es que la política de vivienda se está concentrando demasiado en administrar una escasez que no se ha conseguido eliminar. Limitar determinados alquileres puede aliviar temporalmente a algunos hogares, pero no crea viviendas. Aumentar la protección del inquilino es necesario, pero una regulación excesiva que incremente la incertidumbre del propietario reducirá los incentivos para ofrecer vivienda. Y expropiar, congelar indefinidamente contratos o convertir el alquiler en una relación prácticamente permanente no constituye una estrategia suficiente para generar millones de nuevas viviendas.


España necesita algo menos ideológico y más pragmático: liberar suelo, acelerar licencias, reducir costes y plazos administrativos, profesionalizar el sector de la construcción, facilitar la rehabilitación y aumentar de forma sustancial la vivienda pública, entre otras. También debe ofrecer seguridad jurídica suficiente para que propietarios, promotores e inversores tengan incentivos para construir y alquilar. 


La vivienda no se abaratará por decreto si cada año se necesitan cientos de miles de nuevas soluciones residenciales y se construyen muchas menos. Tampoco basta con señalar a propietarios, extranjeros, turistas u ocupantes de forma confrontativa. El problema es más incómodo: España necesita construir más vivienda, allí donde realmente se demanda y durante muchos años seguidos.


La política de vivienda debería perseguir precisamente eso: que el mercado deje de funcionar como una competición por una oferta insuficiente. Porque mientras no aumente sustancialmente el número de viviendas disponibles, cualquier Gobierno podrá repartir, regular o subvencionar la escasez; pero no podrá resolverla.

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