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2025: el punto de inflexión mundial. Crisis global, guerras, protestas y el agotamiento del orden internacional

  • Foto del escritor: Javier Angulo Perojil
    Javier Angulo Perojil
  • 30 dic 2025
  • 11 Min. de lectura

El año que estamos por cerrar ha sido, sin exagerar, uno de los más densos y determinantes de la política internacional reciente. En apenas doce meses, el tablero geopolítico ha experimentado una aceleración histórica: guerras que no encuentran salida, potencias que reconfiguran sus alianzas, economías sometidas a tensiones estructurales y una arquitectura multilateral que intenta adaptarse —con más dificultades que éxitos— a un mundo que ya no responde a los patrones del pasado. La sensación dominante es la de un sistema internacional sometido a estrés permanente, donde cada crisis se superpone a la anterior y donde los mecanismos tradicionales de gobernanza global muestran signos evidentes de agotamiento.


2025 también ha sido el año en que la financiación para el desarrollo, la seguridad energética, la regulación tecnológica y la transición climática han dejado de ser debates sectoriales para convertirse en ejes centrales de la política mundial. Las grandes cumbres multilaterales, desde Sevilla hasta el G20, han funcionado como termómetros de un orden en disputa, mientras nuevos actores han irrumpido con fuerza en la escena global. Entender 2025 es, en definitiva, comprender cómo se está configurando el mundo que vendrá.


2025, un año de rotación política

A primera vista, 2025 podría interpretarse como un año de vitalidad democrática teniendo en cuenta cuán extenso fue el calendario electoral de este año (más de 40 procesos electorales nacionales) pero su capacidad para producir legitimidad efectiva se encuentra cada vez más en erosión. El problema va más allá de sistemas más democráticos o autocráticos; la pérdida estructural de confianza en la capacidad de voto para generar gobiernos representativos y funcionales se encuentra en clara tendencia. En diversos países, los comicios se desarrollaron conforme a la ley y sin irregularidades masivas, pero los gobiernos formados de estos procesos enfrentaron siempre contestación social y una dificultad creciente para construir mayorías estables, lo cual es un rasgo que emana de este año, pero no por menos es preocupante.


En regímenes híbridos y autocracias, las elecciones funcionaron abiertamente como instrumentos de control (véase Camerún, Venezuela, Myanmar, Bielorrusia…). La exclusión de candidatos, la judicialización de la oposición, la captura de organismos electorales y el uso del aparato de seguridad para condicionar el proceso fueron prácticas recurrentes. Sin embargo, el efecto comienza a ser adverso en diversos países, pues, en lugar de consolidar el poder, convocar elecciones con irregularidades graves y marcadas por la ausencia de oposición han desembocado en protestas masivas, represión y un mayor aislamiento internacional.


En democracias formales, el deterioro adoptó formas más sutiles pero no menos preocupantes. Las campañas de 2025 estuvieron marcadas por una fuerte polarización, discursos maximalistas y una reducción del debate programático. La política electoral se estructuró cada vez más en torno al miedo, la identidad y la confrontación moral, en detrimento de la deliberación sobre políticas públicas. El resultado fue una dinámica de gobierno frágil: ejecutivos con mandatos formales claros pero con una capacidad muy limitada para articular consensos, implementar reformas estructurales o gestionar crisis prolongadas, como, sin ir más lejos ni entrar en cuestiones valorativas, sucedió en las elecciones de la Comunidad Autónoma de Extremadura en España, una democracia plena según el Índice de Democracia de The Economist.


El contexto socioeconómico agravó esta fragilidad. Elecciones celebradas en medio de inflación persistente, deterioro de servicios públicos, inseguridad y desigualdad estructural generaron expectativas que los sistemas políticos no estaban en condiciones de satisfacer. En este escenario, el voto operó menos como una elección entre proyectos viables y más como un instrumento de castigo o rechazo. Esta lógica punitiva, aunque comprensible desde el punto de vista ciudadano, contribuyó a ciclos de gobierno cada vez más inestables. Un elemento particularmente significativo en 2025 fue el comportamiento de las generaciones más jóvenes. En múltiples contextos, los jóvenes participaron activamente en elecciones, pero sin una identificación clara con partidos o liderazgos tradicionales. En otros casos, optaron por la abstención o por formas de movilización extrainstitucional. Esta actitud no refleja apatía política, sino una percepción extendida de que los mecanismos electorales existentes no permiten transformar condiciones materiales ni alterar estructuras de poder profundamente arraigadas.


Por otro lado, si bien no son observables a nivel global tendencias ideológicas claras y concretas, es cierto que en términos regionales sí es posible realizar este análisis. Por ejemplo, en Latinoamérica el giro a la derecha es más que evidente, con 3 de 5 gobiernos electos de esta ideología, yendo desde el liberalismo pro-mercado en Ecuador hacia el conservadurismo en Chile y Honduras, siendo Bolivia la única en la que la izquierda venció, y lo hizo con menor apoyo que en previas ocasiones. Una tendencia que también ocurre en Europa, donde hubo cuatro elecciones, de las cuales tres fueron ganadas por la derecha conservadora (Polonia, Portugal o República Checa) mientras que en Noruega venció el partido laborista, destacando aquí una clara tendencia hacia el voto conservador en ambos continentes. En África y Asia analizar las tendencias ideológicas es más complejo, teniendo en cuenta que las ideologías son menos marcadas, y que, por ejemplo, en África, el avance de procesos autoritarios es evidente, y las elecciones se usan como mero instrumento de consolidación de las estructuras autoritarias existentes, sobre todo en la validación de las dictaduras africanas longevas, como Camerún. Si bien es cierto, Asia también comprende economías con tradición democrática, donde existen altas tensiones entre fuerzas conservadoras y progresistas, con una tendencia a la polarización social y a la fragilidad de consensos. En Oceanía ocurre una tendencia hacia la personalización y pragmatismo, con enfoques centrados en servicios básicos, respuestas a desastres, estabilidad económica y liderazgo local, y en sus elecciones concurren gran cantidad de candidatos independientes, como en Micronesia, Samoa, Tonga o Nauru.


Un año marcado por Golpes de Estado, conflictos armados y tensiones sociales

El año 2025 quedará marcado en la historia como un punto de inflexión en términos de estabilidad política y conflictos globales. Mientras unos países celebraban procesos electorales, otros veían interrumpidos sus sistemas democráticos por golpes de Estado, insurgencias armadas o protestas masivas, multiplicando las crisis humanitarias y la violencia criminal.


En el ámbito de golpes de Estado, este año que dejaremos en breves atrás no ha sido demasiado convulso, pero sí se establece un peligroso antecedente de fragilidad institucional, concretamente en África Occidental y Austral. Guinea-Bissau experimentó un golpe militar el 26 de noviembre, cuando oficiales del ejército interrumpieron las elecciones generales celebradas días previos y detuvieron al presidente Umaro Sissoco Embaló, instaurando un “Alto Mando Militar para la Restauración del Orden”, anulando las elecciones. En Madagascar, un levantamiento militar respaldó protestas masivas derivadas del descontento social por cortes de servicios básicos y corrupción, provocando el cambio de gobierno. Por su parte, Benín fue escenario de un intento fallido de golpe el 7 de diciembre contra el presidente Patrice Talon, rápidamente frustrado por las fuerzas leales y el apoyo de aliados regionales como Nigeria y la CEDEAO. En total, 2025 registró dos golpes de Estado consumados y un intento fallido, evidenciando la persistencia de la intervención militar como mecanismo para resolver crisis políticas en países con instituciones débiles. Es peligroso el precedente que sienta sobre todo Guinea-Bissau y Benín, pues, en un área tan militarizada y con tantos regímenes autoritarios y juntas militares, sería una calamidad que estos hechos se convirtieran en una solución habitual y estructural.


Estas rupturas institucionales se combinaron con conflictos armados de gran escala, que afectaron a múltiples regiones del mundo. La guerra entre Rusia y Ucrania continuó como el conflicto más prolongado y destructivo de Europa, con combates intensos en el este y sur de Ucrania, incursiones transfronterizas y millones de desplazados. En Medio Oriente, la Guerra en Gaza siguió produciendo miles de víctimas civiles y un colapso sistemático de servicios básicos. La Guerra de los 12 Días entre Israel e Irán, aunque breve, mostró cómo las tensiones regionales pueden escalar rápidamente, involucrando ataques aéreos, misiles y participación indirecta de potencias externas como Estados Unidos. 


En el sur de Asia, India y Pakistán protagonizaron enfrentamientos armados con misiles y bombardeos cruzados, elevando las tensiones nucleares en una región históricamente volátil.  Los conflictos no solo se limitaron a guerras entre estados, sino que continuaron guerras civiles prolongadas y violencia insurgente. En Siria, Sudán, República Democrática del Congo, Somalia o el Sahel central (Mali, Burkina Faso y Níger), las insurgencias armadas generaron desplazamientos masivos y crisis humanitarias, con impactos significativos sobre la población civil. Según informes globales, al menos 56 conflictos armados activos afectaban al mundo en 2025, la cifra más alta de la década en términos de zonas de combate sostenido.


Por otro lado, otra de las aristas principales para analizar sobre este año han sido las protestas masivas y la violencia interna registradas en el mundo. Según el Observatorio de Conflictos ACLED, en 2025 se han registrado más de 204.605 eventos violentos, lo que equivale a un promedio de 550 eventos violentos por día en todo el mundo. Caben destacar algunos muy relevantes: En Bangladesh, entre el 12 y el 21 de diciembre de 2025, se registraron protestas estudiantiles y opositoras tras el asesinato de un líder juvenil en Dhaka. Las manifestaciones exigieron justicia y responsabilidad, y en algunos casos derivaron en enfrentamientos con las fuerzas de seguridad y ataques a medios de comunicación. En la República Democrática del Congo, los disturbios en Kinshasa el 28 de enero reflejaron la indignación contra la inacción internacional frente al avance de grupos armados en el este del país; las protestas incluyeron ataques a embajadas y vandalismo, subrayando la interacción entre conflictos armados y tensiones civiles. 


Asimismo, movimientos juveniles como las protestas del “Gen Z” en Marruecos, exigieron mejoras en servicios públicos, igualdad y oportunidades laborales, denunciando la brutalidad policial y la represión estatal. También caben destacar dentro del continente europeo y EE. UU. el fenómeno de las manifestaciones pro-palestinas que se realizaron para pedir el cese de la violencia y mayor apoyo humanitario.


Las crisis humanitarias derivadas de la violencia y los conflictos armados alcanzaron niveles críticos en 2025. En Myanmar, el conflicto armado iniciado tras el golpe militar sigue generando una de las peores emergencias de Asia, con más de 20 millones de personas necesitadas de asistencia humanitaria y 3,6 millones desplazados internamente, mientras que más de un millón requiere ayuda vital para sobrevivir. En Sudán, tras años de guerra civil entre el ejército y las Fuerzas de Apoyo Rápido, más de 14 millones de personas han sido desplazadas y 40.000 han muerto, con reportes de crímenes de guerra y violaciones graves a los derechos humanos, en medio de hambrunas y acceso limitado a servicios básicos. En la República Democrática del Congo, la violencia de milicias en el este ha saturado hospitales y generado desplazamientos masivos, creando una emergencia humanitaria sostenida por la falta de recursos y la incapacidad de garantizar la seguridad en regiones afectadas.


Un año de cumbres, crisis y reconfiguración del multilateralismo

El año 2025 estuvo marcado por una intensa agenda internacional que reflejó tanto la urgencia de los desafíos globales como la creciente dificultad para articular respuestas colectivas. En un contexto de guerras abiertas, tensiones geoeconómicas y retrocesos democráticos, las cumbres multilaterales se convirtieron en espacios de negociación donde se intentó redefinir las reglas del sistema internacional.


El hito central del año fue la 4ª Conferencia Internacional sobre la Financiación para el Desarrollo (FfD4), celebrada en Sevilla entre el 30 de junio y el 3 de julio. La magnitud del evento (más de 15.000 participantes y alrededor de 50 jefes de Estado y de Gobierno) lo convirtió en la mayor reunión global dedicada a la reforma de la arquitectura financiera internacional desde Addis Abeba en 2015. En un mundo marcado por niveles récord de endeudamiento, presiones inflacionarias y crisis climáticas recurrentes, FfD4 se transformó en un foro donde el Sur Global exigió mayor voz, mayor acceso a financiación concesional y una revisión profunda de las instituciones de Bretton Woods. Aunque no se alcanzaron acuerdos estructurales definitivos, la conferencia dejó claro que la gobernanza financiera global ya no puede sostenerse sin integrar plenamente a las economías emergentes.


Otro hito relevante fue la Cumbre del G20, celebrada en un clima de creciente fragmentación. Las tensiones entre Estados Unidos, China, India y la Unión Europea dificultaron la adopción de compromisos comunes en materia de comercio, regulación tecnológica y transición energética, sobre todo por la ausencia de los norteamericanos en Johannesburgo. Aun así, el G20 logró avances parciales en la coordinación fiscal internacional, aunque insuficientes para responder a la magnitud de los desafíos.


Finalmente, 2025 también estuvo marcado por cumbres regionales clave: la Unión Africana, la CEDEAO, la CELAC, la ASEAN y el BRICS ampliado reforzaron su papel como plataformas alternativas de coordinación política y económica. Específicamente, las instituciones africanas estuvieron a la altura ante los incesantes cambios de gobierno, golpes de Estado y protestas dentro del continente, destacando la gran labor de la UA y la CEDEAO, en coordinación con Nigeria y Benín, para rechazar el intento de Golpe de Estado del pasado 7 de diciembre de 2025 en Benín.


De esta forma, estos hitos demuestran que el multilateralismo no desaparece, sino que se fragmenta y se transforma, se pretende volver menos jerárquico, más disputado y regionalista, destacando la orientación hacia la financiación para el desarrollo como eje central de la gobernanza global, pero con debates estructurales profundos dentro del mismo.


Los protagonistas geopolíticos del 2025

Si los hitos, las elecciones, las crisis humanitarias, las protestas internas o las guerras nos revelan un sistema internacional con severos retos y en transición clara, los protagonistas del año muestran quiénes están moldeando esa transición. 


En el plano estatal, es evidente que la figura de Donald Trump, presidente de Estados Unidos, volvió a ocupar un lugar central en la política mundial. Su retorno al poder reconfiguró de forma profunda las alianzas globales, tensando las relaciones transatlánticas, en una política exterior profundamente proteccionista, con aranceles utilizados como amenaza o como rechazo hacia la política de ciertos países, y los conflictos como algo en lo que obtener un beneficio (véase Gaza o los Grandes Lagos), reactivando debates sobre seguridad fronteriza y liderazgo global y siguiendo ese estilo confrontativo como el centro de sus políticas globales. 


También en Estados Unidos debemos destacar otros dos nombres: Charlie Kirk, quien se encontraba consolidando su papel como articulador del conservadurismo juvenil, proyectándose en debates nacionales sobre educación, identidad o libertad de expresión, y destacado por su brutal fallecimiento a inicios de septiembre; y Zohran Mamdani, legislador del estado de Nueva York, quien se convirtió en una de las voces visibles de la izquierda estadounidense contemporánea, con su discurso claramente antirracista, defensor de la vivienda pública, crítico con el poder corporativo y soporte de causas internacionales como la situación en Palestina.


En Extremo Oriente sin destacables Xi Jinping, quien continúa proyectándose en el Indo-Pacífico y África, y mostrando una política comercial altamente competitiva en términos tecnológicos con Occidente; Narendra Modi, quien continúa reforzando el papel de la India como potencia emergente, combinando ambiciones globales con una política interna basada en la convivencia pacífica, el nacionalismo y la modernización económica; y Sanae Takaichi, primera mujer en ocupar el cargo de primera ministra, mostrando un proyecto altamente conservador en el que se redefinía el papel nipón en seguridad regional.


En el papel espiritual, otra de las caras más relevantes ha sido la del Papa León XIV, quien sustituyó, tras el cónclave sucedido en abril de 2025, a Francisco I tras su fallecimiento, reconfigurando el escenario de liderazgo espiritual y abriendo debates sobre continuidad, reforma, convivencia entre religiones, la persecución de cristianos en África, o el papel del Vaticano en un mundo polarizado, destacando visitas como la recientemente realizada a Líbano.


Por otro lado, el protagonista sin duda más influyente del año no tiene un nombre ni apellido, sino millones de ellos, y es la Generación Z. En 2025, los jóvenes nacidos entre finales de los noventa y principios de los 2010 dejaron de ser un actor emergente para convertirse en una fuerza política plenamente consolidada. Su influencia se manifestó en varios frentes: participación electoral creciente, liderazgo en movimientos climáticos y de justicia social, campañas digitales contra la desinformación y una capacidad inédita para imponer temas en la agenda pública. 


La Generación Z no solo protesta: vota, organiza, crea narrativas y redefine la política desde plataformas digitales que escapan a los marcos tradicionales. Su peso fue decisivo en debates sobre regulación tecnológica, derechos reproductivos, vivienda, deuda estudiantil, seguridad y política exterior. El fenómeno está siendo transversal: En Estados Unidos, Reino Unido, Tanzania, Madagascar, Marruecos, España, Brasil, Corea del Sur… los jóvenes se están convirtiendo en el bloque electoral y político decisivos. Su lenguaje, su estética y su forma de entender la política están obligando a readaptar el espacio público, de tal forma que sean escuchados.


Desde Naciones en Ruinas, no sólo pretendemos destacar nombres propios, ni tan siquiera una generación. Nuestro protagonista han sido todas las personas que han fallecido en conflictos y a causa de la violencia, han sufrido represión de cualquier tipo (religiosa, política, social…) o cuyos derechos hayan sido vulnerados gravemente. A esas personas que lo han perdido todo por desastres ambientales, a esas mujeres que se encuentran a día de hoy sin voz en algunas sociedades, a esos niños obligados a trabajar o a coger un fusil. Todos ellos son los protagonistas del 2025, porque son quienes verdaderamente han sufrido las consecuencias que todo este artículo expone.

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