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Pakistán y Afganistán: de la Línea Durand a la escalada reciente, historia, fronteras y consecuencias geopolíticas de un conflicto centenario

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    Nicolás Morago Palazón
  • hace 35 minutos
  • 12 Min. de lectura

Artículo escrito por: Paula Pellico De La Mata y Nicolás Morago Palazón.


El ataque de Pakistán a Kabul el pasado viernes abrió una gran cantidad de interrogantes. Aún en un contexto regional delicado y habiéndose desarrollado ya importantes escaladas de tensión en los últimos meses, el choque entre Islamabad y el régimen talibán no deja de ser sorprendente, a la par que ciertamente inevitable.


Hoy, investigamos las ruinas de dos naciones que, a pesar de su cercanía religiosa, siempre han tenido una relación marcada por la tensión. Disputas territoriales arrastradas desde el siglo XIX, importantes conflictos bélicos que han moldeado ambos países de manera paralela y regímenes complicados, así como un orden internacional cada vez más revuelto, han presentado el caldo de cultivo perfecto para la explosión de un conflicto que llevaba mucho tiempo haciendo tic-tac.


La Línea Durand y el periodo colonialista inglés

Las relaciones entre Afganistán y su vecino musulmán no han sido nunca especialmente tranquilas. Los afganos nunca reconocieron del todo la independencia de Islamabad en 1947, además de ser actualmente el territorio predilecto para refugiarse de los grupos secesionistas del país, los talibanes pakistaníes o TTP. Sin embargo, para entender realmente el origen de las tensiones debemos remontarnos al siglo XIX.


El periodo decimonónico estuvo marcado por una fuerte presencia colonial de potencias como Francia y Gran Bretaña en las zonas de Oriente Próximo y Asia Central. El reino británico, que contaba con el Indostán como la joya geográfica de su corona, comenzó a preocuparse por la expansión rusa en la región. Sin querer perder sus posibilidades de comercio en Asia Central, y con el miedo a la llegada soviética, encontraron en Afganistán un territorio intermedio con el que dialogar para garantizar determinada seguridad geopolítica. De esta forma, y aún con las guerras anglo-afganas de 1839 y 1878, los años 80 del siglo XIX quedaron marcados por varios tratados entre Kabul y Londres. Si bien se puede analizar una inferencia británica cada vez mayor en el territorio afgano, no buscarían nunca un control colonial directo. Así, el cúlmen de estos acuerdos llegó el 12 de noviembre de 1893, con la firma entre el emir Abdur Rahman Khan y el secretario de exteriores británico Mortimer Durand del acuerdo que definió formalmente las delimitaciones entre ambos territorios, la Línea Durand.


Mapa político de la Línea Durand (1893), frontera histórica entre Afganistán y Pakistán.
Mapa político de la Línea Durand (1893), frontera histórica entre Afganistán y Pakistán.

 

La Línea Durand derivó en la separación de importantes tribus étnicas de la zona, entre las que destacaron los pastunes. Los pastunes, situados al sudeste del país, eran uno de los grupos étnicos más importantes del momento; basados en un fuerte islamismo, así como en un código social propio, se extendían por zonas fronterizas entre Afganistán y la colonia británica. La contención rusa se vio acompañada de una necesidad de frenar estos movimientos islamistas para evitar insurgencias contra el poder inglés por parte de las poblaciones de dicha religión en el Indostán. Por otro lado, Raham Khan tenía la necesidad de delimitar unas fronteras que permitieran el desarrollo de Afganistán como un estado moderno, basándose asimismo en el desarrollo de un sentimiento nacional con el sunismo como pilar principal.


A pesar de todos los acontecimientos mencionados, el comienzo del siglo XX estuvo caracterizado mayoritariamente por un rechazo por parte de los gobiernos afganos a la división territorial establecida, influido por la poca presencia de los gobiernos británicos en zonas montañosas de mayoría pastún. Posteriormente, la tercera guerra anglo-afgana trajo consigo la firma del Tratado de Rawalpindi (1919), con el cual Afganistán consiguió finalmente el reconocimiento internacional que llevaba años reclamando.


Mohammed Zahir Shah, Sadar Daoud Khan y la Guerra Fría

La llegada del Rey Mohammed Zahir Shah en 1933 pareció disminuir las tensiones sobre reclamos territoriales en un inicio. No obstante, con la retirada británica de la zona tras la Segunda Guerra Mundial y la declaración de independencia de Pakistán en 1947, los enfrentamientos se reanudaron. Aunque la Línea Durand contaba con el reconocimiento de la comunidad internacional al amparo de la Convención de Viena, Afganistán reclamaba la creación de un “Pastunkistán” que abarcaría los territorios pakistaníes de la Provincia de la Frontera del Noroeste (actual Khyber Pakhtunkhwa) y Baluchistán, así como otras áreas tribales del anterior Punjab conformadas por asentamientos pastunes. El rechazo a la Línea llegó a su máximo esplendor el 26 de julio de 1949, cuando fue declarada imaginaria por parte del gobierno afgano.


En 1953 el Rey Mohammed Zahir Shah nombró a Sardar Daoud Khan como Primer Ministro. Bajo el contexto de la Guerra Fría, Daoud buscaría la modernización del país mediante acuerdos con ambas potencias; el cuerpo militar afgano quedó influenciado por los soviéticos y su ideología socialista, mientras que, paralelamente, los planes de educación contaron con importantes ayudas americanas. Sin embargo, y aunque la transformación del país parecía funcionar, Daoud fue depuesto en 1963 tras una nueva escalada de las tensiones en relación a Pakistán y los límites fronterizos.


Con una nueva constitución, el Rey intentó taladrar el foco de la cuestión fronteriza, de manera que la siguiente década estuvo marcada por una desaceleración las tensiones entre Islamabad y Kabul, así como por la intervención iraní en las relaciones diplomáticas entre ambos países. De otra parte, la construcción social afgana estaba altamente dividida entre unos militares proto-soviéticos, una clase media educada bajo el prisma occidental y un importante cuerpo estudiantil de sentimiento islamista influido por Egipto. Estas diferencias sociales trajeron consigo una nueva inestabilidad política que en 1973 se hizo insostenible. El que hubiera sido primer ministro en los años 50 y 60, Sadar Daoud Kahn, derrocó entonces al Rey, estableciendo un gobierno por su parte.


Este mandato duró hasta 1978, cuando se produjo un nuevo levantamiento hacia el poder mediante la Revolución de Saur. Así, se consolidó un golpe de Estado a manos del partido comunista del país, el Partido Democrático Popular de Afganistán (PDPA) puso fin a la presidencia de Daoud.


La guerra Afgano-soviética y Pakistán como el sponsor principal del nacimiento talibán

Tras la Revolución de Saur en 1978, Afganistán quedó bajo el mando de un gobierno socialista, que se encontraba dividido entre dos corrientes principales. La corriente Khalq, gobernante del país, estaba conformada principalmente por pastunes; de corte más radical y revolucionario, tendrían la intención de desarrollar una rápida reforma agraria. Por otro lado, la corriente Parcham estaba compuesta mayoritariamente de intelectuales, más moderada y cercana a los intereses de la URSS.


La división interna dio lugar a un conflicto que desembocaría en una intervención soviética en 1979. Al amparo de la Doctrina Brézhnev, la presencia rusa se legitimaría bajo la premisa de defender el socialismo en un país extranjero. Así, el 24 de diciembre de 1979, la URSS inició una invasión relámpago, buscando modificar el régimen interno. Esa misma noche, en el marco de la Operación Tormenta-333, comandos del KGB asaltaron el Palacio de Tajbeg, ejecutando a Hafizullah Amin, líder del país y miembro de la fracción Khalq, y transfiriendo el poder a Barbak Karmal, miembro de Parcham que se encontraba en el exilio.


La invasión soviética se encontró asimismo confrontada por una importante resistencia de base social, guerrillera e islámica, los muyahidines. Inicialmente, contaron con el apoyo de Arabia Saudí, EE.UU y Pakistán. 


De un lado, EE.UU aportó apoyo logístico y económico con el fin de desgastar a los soviéticos. Este sustento destacó principalmente con los Misiles Stinger, entregados en 1986, que permitieron vencer la supremacía aérea soviética y forzar su retirada. A su vez, Arabia Saudí, con el fin de profundizar su liderazgo en el mundo islámico y combatir el comunismo ateo, favoreció la llegada de islamistas voluntarios a Afganistán, apareciendo aquí ya figuras de calibre internacional como Osama Bin Laden.


Por último, para Pakistán el apoyo no se trataba simplemente de contrarrestar la influencia soviética en la región, sino que era una cuestión existencial basada en la doctrina de profundidad estratégica. Islamabad entendía que un gobierno aliado en Kabul le permitiría el repliegue en un país aliado ante un eventual ataque de la India, con mayor facilidad para organizar una contraofensiva. Así, el respaldo hacia los grupos islamistas insurrectos se realizó mediante el servicio de inteligencia pakistaní, el ISI, con el que se mantuvo un contacto altamente estrecho. 


Tras una décadas de combates, y ante su inminente colapso, la URSS se retiró de Afganistán en 1989  mediante los Acuerdos de Ginebra, negociados entre EE.UU, Afganistán, Pakistán y la URSS. Además del repliegue ruso, dicho acuerdo integró entre sus puntos principales la no injerencia entre Pakistán y Afganistán en los asuntos internos del otro, el retorno de los refugiados afganos en Pakistán y el cese de la ayuda externa. A pesar de la retirada soviética, el nuevo gobierno afgano debió enfrentarse a una resistencia creciente de los muyahidines en solitario, quienes tomaron el poder del país tres años después, en 1992.


Los muyahidines eran por su parte un grupo altamente dividido, por lo que las disputas de poder no cesaron tras el fin del conflicto bélico. Pakistán, observador principal de dicho caos, decidió apoyar una fracción de los mismos surgida en 1994, los talibanes. De corte fundamentalista, la base demográica de este grupo provenía de aquellos niños criados en campos de refugiados de la guerra afgano-soviética y educados en el islam radical. Serían ellos quienes tomasen el poder en 1996, gobernando hasta el 2001 y enfrentando constantemente la resistencia de la Alianza del Norte, conformada por antiguos muyahidines derrotados, Rusia, India e Irán.


Con los atentados del 11 de Septiembre y tras la negativa de los talibanes a entregar a Osama Bin Laden, EE.UU lanzó junto a sus aliados Australia y Canadá la Operación Libertad Duradera. Tras dos meses de asedio, un repliegue hacia las zonas montañosas y aún contando con el apoyo de la inteligencia pakistaní, los talibanes abandonaron el país, manteniéndose la presencia estadounidense durante 20 años. En 2020 la potencia americana firmaría los Acuerdos de Doha, consolidando su retirada del país y tras sufrir un altísimo coste tanto económico como humano, así como importantes juicios desde la opinión pública desfavorable.


La evolución de las relaciones entre Afganistán y Pakistán tras el ascenso de los talibanes: del romance a la tragedia

 

A pesar de las perspectivas optimistas tras la retirada de tropas estadounidenses, los talibanes tomaron nuevamente Kabul en agosto de 2021. Desde entonces, el grupo anteriormente amigo se ha convertido en una amenaza cada vez mayor para Pakistán, pasando de ser una ventaja en profundidad estratégica a una fuente de problemas. 


Durante décadas, el servicio de inteligencia de Islamabad consideró que un gobierno talibán en Afganistán garantizaría sus intereses militares frente a la India. Sin embargo, estos han traicionado a sus padrinos, priorizando el nacionalismo pastún y la identidad religiosa frente a sus lealtades pasadas.


Uno de los puntos de fricción más fuertes ha sido la deslegitimación de la Línea Durand, que los talibanes aspiran a sobrepasar en busca de un ampliación territorial que se corresponda con la composición étnica pastún. Ello se ha traducido en el desmantelamiento de las vallas en dicha línea, con el objetivo de reunificar todas las tribus pastunes. Tras la consolidación del nuevo régimen talibán, el ejército pakistaní sufrió choques con los afganos en las provincias de Nangarhar y Nimroz tras los intentos de completar el vallado de la Línea, con muertos en ambos bandos.


A este incidente se agregan otros como la batalla en el puesto fronterizo de Chamán, de diciembre de 2022. Siendo uno de los pasos comerciales más importantes, el incidente se saldó con el bombardeo de zonas civiles pakistaníes en la ciudad de Chamán por parte de la artillería afgana,  obligando a cerrar el comercio y demostrando que los talibanes estaban dispuestos a usar armamento pesado para responder a cualquier provocación. Destaca asimismo el paso del cierre de Torkham, entre 2023 y 2024, debido a los tiroteos entre los guardias fronterizos, así como los intentos de sabotaje de Pakistán sobre los proyectos hídricos del régimen talibán.


Por otro lado, tras la toma del poder, los talibanes liberaron a numerosos miembros del TTP, su filial pakistaní, dándoles refugio y protección en su territorio en lugar de entregarlos al país vecino, lo que se ha traducido asimismo en atentados en suelo pakistaní perpetrados por el grupo y bombardeos de la aviación pakistaní dentro de Afganistán a modo de represalia. Con ejemplos como Khost y Kunar, en abril de 2022, estos enfrentamientos se cierran igualmente con unos 40 civiles muertos.


Todo lo expuesto se entiende como el preludio de la situación actual, con Pakistán habiendo declarado la guerra abierta a Afganistán y considerando a éste como un vasallo de los intereses de la India. Tras un devastasdor atentado del TTP en Bajaur a principios de este mes de febrero, Pakistán ha lanzado una campaña de bombardeos sobre Kabul y Kandahar, a lo que los talibanes han respondido con misiles tierra-tierra y drones, atacando bases militares dentro de Pakistán.


Más allá de la militarización: La cuestión hidráulica y el impacto humanitario

Fuera de las cuestiones de identidad nacional y puramente militares, existen otros aspectos que modelan la abrupta relación entre ambas naciones.


La cuestión del agua es esencial. Ante un contexto regional de escasez en la región, no existe aún ningún signo de acuerdo en relación a la gestión de los cursos hidráulicos compartidos. Históricamente, Afganistán ha permitido el flujo de sus ríos hacia países vecinos sin un aprovechamiento infraestructural de los mismos; sin embargo, con la entrada talibán se han producido importantes construcciones como el Canal de Qosh Tepa y otros proyectos en la cuenca del río Kabul, que han sido analizados como Pakistán como una potencial amenaza. El río Kabul, que representa el 26% de las reservas hidráulicas de los afganos, engloba una cuestión crítica en relación al suministro de agua, una perspectiva que también comparte Pakistán.


Por otra parte, la guerra por el agua se entrelaza con la crisis de los refugiados afganos en suelo pakistaní. Desde la invasión soviética en 1979, millones de personas buscaron refugio en este territorio, creando una interdependencia social y económica en las zonas fronterizas. Sin embargo, en el último año todo esto ha pasado de ser una cuestión humanitaria a un arma de presión política, iniciándose deportaciones masivas. Los campos de refugiados han comenzado a analizarse desde las narrativas pakistaníes como santuarios para las milicias del TTP, así como las deportaciones han consolidado un importante resentimiento en Afganistán. El régimen talibán considera así que se están usando como arma de presión para desestabilizar su ya precaria estructura económica.


El tablero internacional del conflicto: La India, Irán, y otros actores secundarios

A pesar de las tensiones bilaterales entre Kabul y Islamabad, el conflicto entre ambas no se entiende sin el marco de las relaciones de ambos países con la India. Además, se ha de destacar la interacción de ésta con Israel, paralela a los acercamientos de Pakistán con Arabia Saudí e Irán.


Como se ha expuesto ya, las relaciones entre India y Pakistán son convulsas desde la partición de la India por parte de Reino Unido en 1947. Provocando la muerte de entre 200.000 y 2.000.000 de civiles y una grandísima cantidad de desplazamientos forzosos, Pakistán quedó inicialmente dividida en dos partes, Pakistán Oriental y Pakistán Occidental, convertido a partir de 1971 en Bangladés. Las tensiones entre ambos países han servido como fundamento para el desarrollo de sus programas nucleares, así como ha legitimado la lucha por el territorio de Cachemira, disputado también con China y clave para el control del agua.


Con el fin de dañar la Doctrina de Profundidad Estratégica de Pakistán, la India ha iniciado una estrecha colaboración con Afganistán, invirtiendo más de 3.000 millones de dólares en el país. Entre las apuestas más consolidadas destacan la construcción del Parlamento de Kabul, la Presa de la Amistad Afgano-India y una extensa de red de carreteras, a lo que se suma la financiación del puerto de Chabahar en Irán, y la carretera que lo une con Afganistán, en busca de fomentar rutas comerciales alternativas a Pakistán. A ello, se agrega la cooperación con Israel, con quien comparte un enemigo común, intereses varios en el debilitamiento de una potencia musulmana con capacidades nucleares. Ambos países han estado profundizando el intercambio tecnológico y militar durante los últimos tiempos, ejemplo de ello es la creación de la Asociación Estratégica para la Paz, la Innovación y la Prosperidad, creada tras la visita de Narendra Modi el día previo al inicio de las hostilidades entre Kabul e Islamabad.


Por otro lado, Irán juega un papel clave para Pakistán. Ambos países, pese a su enfrentamiento en 2024 de bombardeos mutuos, comparten intereses en frenar tanto al ISIS-K, (fundamentalistas islámicos) como al Ejército de Liberación de Baluchistán, secesionista de la etnia baluchí. Esto ha dado a un compromiso de “Frontera de Paz y Amistad” tras los ataques. En la misma línea, Pakistán se ofreció a defender a Irán frente a Israel durante la Guerra de los Doce Días, al considerar al Estado judío una amenaza, debido a su alianza con Nueva Delhi.

 

Esto choca frontalmente con las fuertes relaciones que Islamabad mantiene con Arabia Saudí, enemigo de Irán, mediante la existencia de un acuerdo de defensa mutuo firmado en 2025 que poco ha servido al parecer en 2026. Para Arabia Saudí, este acuerdo sirve para contrapesar el poder israelí en la región y garantizarse la seguridad del mantenimiento de una amistad con una potencia nuclear, mientras que para Pakistán es fundamental para su defensa respecto a India, potencia en auge. 


Por último, cabe mencionar las relaciones pakistaníes con China y EE.UU, donde se mantiene una posición ambivalente. Históricamente, han sido clave para financiar y mantener la estructura operativa de los muyahidines, con la conveniencia y apoyo de EE.UU, aunque en los últimos tiempos se ha producido un distanciamiento. En la actualidad se ha iniciado un fuerte acercamiento a la potencia asiática, para quien Pakistán es fundamental para su estrategia frente a las presiones estadounidenses sobre su comercio exterior e indias en multitud de áreas, destacando la comercial, diplomática, militar y tecnológica.


Destaca de tal forma el puerto de Gwadar, clave en esta relación, pues se acordó financiar un gasoducto virtual, es decir, una ruta de transporte basada en trenes y camiones, para importar Gas Natural Licuado, ayudando a China a eludir las restricciones marítimas que suponen los puntos críticos controlados por EE.UU., especialmente en lo referido a abastecimiento energético, como el Estrecho de Malaca. A lo anterior se agrega la construcción de un gasoducto con Irán, que pretende ser prolongado a China, el cual le ayudaría a paliar su crisis energética crónica, aunque dicho proyecto se encuentra temporalmente paralizado por el riesgo de sanciones estadounidenses, país del que depende para mantener su economía, mediante el FMI, y equilibrio militar con la India.


Las perspectivas finales de un conflicto polifacético

Tras todo esto, podemos analizar cómo el conflicto afgano-pakistaní no es más que la brocha final de un siglo de fronteras mal cosidas y apuestas estratégicas fallidas. Así, Islamabad no ha podido encontrar en sus antiguos amigos talibanes ese “patio trasero” que inicialmente buscaba, abriéndose un tablero regional sumido en una volatilidad sin precedentes donde la seguridad, el agua y la energía dictarán las nuevas alianzas.

 

Mientras la India aprovecha el distanciamiento entre sus rivales para consolidar su influencia en Kabul, y China intenta blindar sus corredores energéticos, la población civil en la frontera sigue pagando el precio de una partida geopolítica que parece no tener fin.  En este nuevo orden, la Línea Durand ya no es solo un mapa en un papel antiguo sino el epicentro de una crisis que obliga al mundo a mirar, de nuevo, hacia una región hace mucho tiempo olvidada.

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