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Cumbre Trump-Xi Jinping 2026: ¿Acercamiento Estratégico o Rivalidad Disfrazada? El Futuro de las Relaciones entre Estados Unidos y China

  • Foto del escritor: Rocío Iglesias Cassinelli
    Rocío Iglesias Cassinelli
  • hace 1 día
  • 8 min de lectura

De dos guerras económicas y enfrentamientos geopolíticos, a un “debemos ser amigos, no rivales”; de una enemistad, a un posible acercamiento pero con rispideces; de dos titanes queriendo demostrar quién es más fuerte a una posible tregua. De esto trató el gran evento internacional del mes, el cual tuvo a Donald Trump y Xi Jinping como sus principales protagonistas.


La cumbre celebrada en Beijing el 14 y 15 de mayo de 2026 entre el presidente de Estados Unidos y el mandatario chino, Xi Jinping, no se trató de una reunión más entre las miles que se dan normalmente en la comunidad internacional; sino que representó uno de los mayores encuentros bilaterales de la última década, y una de las más significativas en el mundo y momento actual. En este contexto global, marcado por tensiones geopolíticas; desafíos económicos, disrupciones energéticas, guerras cibernéticas, y conflictos armados en casi todos los continentes; que dos de los mayores contrincantes se reúnan, y mucho más luego de que una de las partes pasase nueve años sin pisar el suelo chino, marca un hito en la historia internacional contemporánea.


¿La cumbre es la premonitora de un acercamiento, o solo un movimiento más del ajedrez internacional?

Si algo caracteriza a Donald Trump es que, con él, se marcan los grandes cambios en lo que a relaciones con China se refiere. En 2017, como es habitual, la Casa Blanca publicó la Estrategia Nacional de Seguridad, estableciendo la guía sobre la cual se basaría la administración estadounidense para establecer sus objetivos y planes de acción exterior. Así pues, lo interesante de ese documento no es meramente eso, sino que fue la primera vez que China se convirtió en una prioridad estratégica central de forma oficial, sosteniendo que, al igual que Rusia, sus intereses y política exterior erosionan la seguridad y prosperidad americana.

 

De allí en más, la posición de Estados Unidos no ha hecho más que endurecerse: un año más tarde, se publicó la Estrategia Nacional de Seguridad para 2018, donde se reafirmó que la competencia estratégica con China era el principal desafío a largo plazo para la nación, haciendo que muchos analistas considerasen que era una forma de inferir porque el gigante asiático se había convertido en el principal rival de la potencia occidental. En mayo de 2020, el Pentágono también publicó un comunicado de urgencia explicando el enfoque del país hacia la República Popular China, y meses más tarde, en el Informe sobre la evolución de la situación militar y de seguridad en relación con el gigante asiático, comentó acerca de los supuestos intentos de la administración de Xi Jinping de erosionar el orden mundial.


Durante la administración de Biden se siguió la misma línea. Ejemplo de ello es la Estrategia Nacional de Seguridad de 2022, la cual remarcó nuevamente que China era el competidor más importante. Además, claramente se ve una posición compartida, pues durante su administración tampoco se realizó ninguna visita de Estado al país asiático.


En esa línea, también resulta interesante a la par que curioso ver las imágenes de la delegación estadounidense arrojando todos los regalos que han recibido en un container, pues nada chino puede subir al Air Force One. Esto, según el protocolo de contrainteligencia del Servicio Secreto y de Seguridad de la Casa Blanca, se aplica siempre que una comitiva de Estados Unidos regrese de algún país considerado de alto riesgo, como es el caso de China. La finalidad es evitar que cualquier micrófono, cámara oculta, chip de rastreo, aparato contaminado con virus o cualquier dispositivo de espionaje pueda entrar en el círculo del presidente y en territorio americano.


Entonces, si tan fuerte es la amenaza, ¿por qué este cambio tan repentino? ¿Es que quizás Donald Trump quiere poner fin a una relación de enemistad de casi una década? ¿O es más bien un movimiento estratégico? Aunque se esté señalando esta cumbre como la gran reunión entre China y Estados Unidos, lo que sorprende es la ubicación elegida, no el acercamiento. Ya en el mes de octubre del año pasado se había acordado una tregua en la guerra comercial (algo muy interesante, en tanto con Trump se iniciaron dos guerras económicas contra China), y se habilitó cierta apertura a la explotación china de tierras raras. Además, uno de los acuerdos a los que se llegó en la Cumbre fue reunirse en septiembre en Estados Unidos.


En ese sentido, probablemente la negociación estadounidense haya asistido a un interés de fondo: reducir las tensiones económicas sin que parezca un paso hacia atrás en la competencia con China. Intención que probablemente sea compartida también por su contraparte, pues a pesar de ser las dos mayores potencias globales, la dependencia de una de la otra es casi tan grande como su poder.


Estados Unidos tiene una cantidad muy amplia de herramientas con las que atacar a su principal competidor, como los aranceles, las amenazas, las sanciones, los controles tecnológicos, las restricciones sobre tecnología y las presiones sobre los bancos. Pero, por esa situación de mutua dependencia, también puede volverse en su contra. Por ejemplo, una de las acciones más importantes de estos últimos meses tomadas desde el Departamento de Estado de Estados Unidos contra China, fue la aplicación de sanciones a empresas chinas, por proporcionar imágenes satelitales sensibles a Irán, y a refinerías chinas acusadas de comprar petróleo iraní.

 

La respuesta de China  fue igual de fuerte, promulgando la “Regla para contrarrestar la aplicación extraterritorial injustificada de legislación extranjera y otras medidas”, una normativa que establecía que si una empresa cumplía con las sanciones  norteamericanas perjudicando a una empresa china, se podrían iniciar acciones legales en tribunales chinos y reclamar una compensación, convirtiendo la política de sanciones estadounidense en un riesgo para la cadena comercial. Situación similar ocurre con la tecnología, pues Pekín controla las masas de insumos críticos necesarios para la tecnología norteamericana, y China requiere de las innovaciones tecnológicas de Estados Unidos.


Por consiguiente, es beneficioso para ambos reducir las tensiones comerciales y económicas. Pero la cuestión no concluye ahí. Varios son los académicos que consideran que detrás de esta cumbre también interviene un interés particular de Trump: la necesidad de victorias simbólicas y domésticas. Por esto mismo, acudió con una fuerte impronta comercial, buscando provocar presión y volumen político al acudir con una delegación conformada por algunas de las figuras económicas centrales del país, como Elon Musk, Tim Cook y Stephen Schwarzman, y ejecutivos de alto perfil, como Kelly Ortberg, de Boeing, y Jane Fraser, de Citigroup.

 

De tal forma, la hoja informativa publicada el 17 de mayo por el Departamento de Estado detalla un acuerdo para la compra de 200 aviones Boeing de fabricación estadounidense para las aerolíneas chinas, y productos agrícolas estadounidenses por valor de al menos 17.000 millones de dólares al año en 2026 (prorrateado), 2027 y 2028.


En suma, a pesar de que Trump dijo que él y Xi Jinping deberían ser amigos y no rivales, la realidad es que parecería que funciona realmente al revés: se trata de una rivalidad disfrazada de amistad. Un acercamiento que pretende reducir los costos de la competencia, pero no la competencia en sí misma.


¿El destino del orden internacional está en la Trampa de Tucídides?

 

Quien diga que la historia no se repite, está en un error, o al menos eso es lo que parece que Xi Jinping cree al citar la Trampa de Tucídides durante su diálogo con Trump. Esta teoría, creada en 2015 por Graham Allison, se inspira en la Historia de las Guerras del Peloponeso de Tucídides, una historia que cuenta cómo Esparta en el siglo V a.C. perdía su posición como la ciudad-estado griega más poderosa frente a Atenas. Ergo, la teoría describe esa misma situación, donde el ascenso de una nueva potencia y el descenso de una ya instaurada puede generar choques y hasta la derrota de una de ellas.


Al hacer una alegoría con esta propuesta, China demuestra algo crucial: ya no es la imagen de quien recibe al gran país. Tampoco es esa potencia en desarrollo que aún busca su lugar bajo los reflectores de la comunidad internacional. No, ahora es una China firme, que sabe lo útil que es, que entiende que así como ellos dependen de Estados Unidos, Estados Unidos también depende de ellos. En la Cumbre, Xi Jinping es un igual a Trump, y hasta incluso pareció que pretendía mostrar cierto poderío sobre el mandatario. De tal forma, la Trampa de Tucídides no fue utilizada en vano, fue un guiño mediante el cual Xi Jinping le dijo indirectamente a su homólogo estadounidense que Estados Unidos estaba en declive.


Poco le ayudó a Trump halagar tanto al presidente chino, pues mientras uno daba un golpe sutil, el otro hablaba del respeto que le tiene a Xi Jinping y de la relación fuerte que han forjado. Pero aunque pueda interpretarse como una posición de colaboración y búsqueda de entendimiento mutuo (que sí), también apoya el discreto comentario chino, pues se sabe que Donald Trump solo respeta a aquellos que son tan fuertes como él. Entonces, mientras China le estaba diciendo que Estados Unidos estaba cayendo de su pedestal, Trump los subió a ellos.


Aún más, uno de los puntos donde Xi Jinping fue muy estricto durante el proceso de negociaciones fue en la cuestión de Taiwán, advirtiendo que Estados Unidos debía mover muy bien sus fichas pues una mala gestión sí podría llegar a generar choques entre potencias. Posteriormente, la siguiente vez que el líder estadounidense habló sobre el tema de la isla, mostró una posición más reculada, levantando la alerta en los países de la región y obteniendo como respuesta un comunicado del presidente taiwanés William Lai Ching-te, quien anunció que Taiwán no cedería ante ninguna presión que ponga en peligro su paz y seguridad.

 

No obstante todo lo anterior, si algo caracteriza a China es la discreción. No va a enfrentarse directamente a Estados Unidos, ni tampoco va a presentarse como la parte conflictiva. La nación asiática es reconocida mundialmente por ser de las más diplomáticas y/o protocolarias dentro de la comunidad internacional, y no va a permitir que eso cambie. De hecho, en la Cumbre demostró que su objetivo es posicionarse como un país fuerte, pero no como un enemigo al que atacar, por lo que también se comportó de manera colaborativa y cooperativa. Una especie de “aquí mando yo, pero quiero que trabajemos juntos”.


Y la mejor manera de hacerlo fue mediante otra alegoría, algo que caracteriza mucho al presidente chino. Durante la visita a los jardines de Zhongnanhai , Xi le enseñó a Trump un árbol centenario y le explicó que no era uno, sino dos árboles que se habían fusionado con el paso del tiempo. Claramente una metáfora de lo que él esperaba que ocurriese con ambos países.


Pero la cuestión no terminó el 15 de mayo

Como punto final, el último movimiento de Xi Jinping ocurrió días después de que la delegación de Estados Unidos volviese a su país: el 19 de mayo, recibió al presidente de Rusia, Vladimir Putin.

Es bien sabido que Washington está intentando dirigir su política para reconstruir lazos con Moscú a fin de aislar a China. Una jugada que muchos llaman el Reverse Nixon, pues en los años 70´s se utilizó a China para aislar a la Unión Soviética. Sin embargo, esta reunión entre las potencias orientales solo sirvió para reafirmar el temor de Trump: la alianza bilateral  sin precedentes entre ambos. Con ello, se difundió un video donde Putin valoraba la relación entre ambos y el respeto por la colaboración pactada a largo plazo: “Estoy convencido de que nuestros lazos amistosos y afectuosos nos permiten diseñar los planes más audaces para el futuro y materializarlos”.


¿Entonces, puede existir un posible G2 o solo fue un baile de máscaras?

Es una realidad que ambos países parecieron demostrar intenciones de cooperar, pero la pregunta que queda latente es si realmente es el comienzo de un árbol que se fusiona, o si solamente fue un posicionamiento de ambas partes para solucionar problemas domésticos utilizando a la otra.  

Por otra parte, también invita a la reflexión sobre si Estados Unidos se está volviendo un elefante con pies de barro y se cumplirá la profecía de Tucídides; o por el contrario, se trata de un movimiento más en la gran estrategia que Donald Trump tiene para el mundo y que aún se intenta dilucidar.


La Cumbre terminó sin grandes acuerdos comerciales, y hasta el momento, tampoco hubo declaraciones desde el lado chino sobre a qué se había llegado realmente, solo por parte de Estados Unidos. Pero si hay algo que sí ha dejado: interrogantes, a cuyas respuestas se deberá estar muy atento a los sucesos de los próximos meses para poder conseguirlas.

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