El apartheid en Sudáfrica: origen, evolución, resistencia y legado de un sistema de segregación racial
- Sofía Fernández Cayon

- hace 8 horas
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La segregación del apartheid relegó a la población negra en Sudáfrica a una situación de exclusión, pobreza y ciudadanía limitada bajo vigilancia durante décadas. La severa institucionalización de la violencia y la discriminación hizo que la liberación nacional, en lugar de los derechos humanos, se convirtiera en el objetivo de la lucha contra la tiranía racista; una lucha que aún tiene resquicios y que se conmemora cada año el 17 de junio.
Introducción y contexto
El kilómetro cero de la discriminación racial contra las personas negras en Sudáfrica se remonta al inicio de la colonización europea, con el establecimiento por parte de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales de un puesto comercial en el Cabo de Buena Esperanza en 1652. Los holandeses se toparon con los pueblos originarios de los Khoikhoi y los San, con quienes establecieron una relación profundamente asimétrica sustentada en la superioridad tecnológica y militar y la justificación religiosa. Así, se sucedieron las primeras guerras, siendo derrotados los nativos y obligados a trabajar forzosamente y a despojarse de sus tierras. En 1658, Van Riebeeck, de la Compañía, importó esclavos de otras partes de África y de Asia, cuya mezcla con los nativos generó una estructura social piramidal que implantó la matriz del posterior sistema del apartheid: la idea de que el color de la piel determinaba el estatus jurídico, la propiedad de la tierra y el rol económico.
Los antiguos empleados de la Compañía, conocidos como Vrijburgers, se convirtieron en colonos independientes, evolucionando hasta bóeres (granjeros) o afrikáners, el grupo étnico blanco que diseñaría e implementaría legalmente el apartheid siglos más tarde. A finales del siglo XVIII, el Imperio Británico le arrebató el control de la colonia del Cabo a los holandeses, quienes huyeron y fundaron en el interior del país sus propias repúblicas, con el racismo como doctrina política y religiosa. Los británicos, por su parte, aunque abolieron la esclavitud en todo su imperio en 1834, introdujeron años antes el Hottentot Code, que obligaba a la población nativa a llevar un documento de identidad para poder desplazarse por todo el territorio colonial. Fue el precursor de las “leyes de pases” del apartheid.
El descubrimiento de extensos yacimientos de diamantes y oro en Kimberley y Johannesburgo hizo que Sudáfrica transitara de una economía agraria a una potencia industrial, donde la minería requería gran cantidad de mano de obra barata. Se creó entonces la “Barrera del Color”, que reservaba por ley a británicos y magnates puestos cualificados y bien pagados mientras que a los trabajadores negros se le relegó a puestos infrahumanos. Fue el punto de partida del diseño urbano de la segregación racial.
El pilar definitivo llegó con la Ley de Tierras de 1913, aprobada tras la victoria de los británicos ante los afrikáners en la Guerra de los Bóers y la posterior unificación del país bajo la Unión Sudafricana en 1910. Esta ley prohibió a la población negra, que constituía el 80% del país, comprar o alquilar tierras fuera de unas “reservas”, que representaban el 7% del territorio nacional, seco y poco fértil.
Con la llegada al poder del Partido Nacional en 1948, el terreno ya estaba sembrado de prácticas y leyes que favorecieron el establecimiento del apartheid. Daniel François Malan, el primer ministro, hizo del régimen de segregación una política de Estado y propugnó la perniciosa ideología de que las personas de origen racial diferente no podían convivir en igualdad y armonía. Los gobiernos sucesivos reforzaron el legado de la opresión racista contra la población que no era blanca.
Bases ideológicas, políticas y legislativas del apartheid
El término “apartheid” proviene de la palabra afrikáans, que significa ‘separación’. Este sistema implementó la segregación política, social y económica por motivos raciales en Sudáfrica, asegurando la dominación de la población minoritaria blanca a la par de la discriminación y opresión contra la mayoría no blanca.
El apartheid se caracterizaba por una cultura política autoritaria basada en el baasskap (literalmente “jefe”), que aseguraba que Sudáfrica tenía que estar dominada política, social y económicamente por la minoría blanca del país, especialmente los afrikáners. Se aplicaba esta segregación racial de manera sistemática para “preservar la pureza racial”, aunque no se oponían a la participación sudafricana negra en la economía mientras se preservara el dominio blanco.
Esa ideología de clasificación racial se materializó con la Ley de Registro de la Población de 1950, que dividía a la población en “blancos”, “negros”, “de color” y “asiáticos”. El apartheid era contrario a todas las nociones de igualdad y la intención del gobierno era separar y dividir diferentes grupos tribales, confinándolos a áreas específicas o bantustanes, lo que les despojaba de su ciudadanía.
La legislación del apartheid fue lo que permitió su establecimiento y permanencia, distinguiéndose de la segregación en otros países por la forma sistemática y estructurada en que se formalizó y materializó bajo la ley. Además de la ley de estratificación, a partir de 1953 se aplicó la Ley de Reserva de Servicios Públicos Separados, que permitió que locales públicos, vehículos y servicios se segregaran por raza, incluso si no se ofrecía una igualdad de instalaciones para todos. La Ley de Prohibición de los Matrimonios Mixtos de 1949 y la Ley de Enmienda de la Inmoralidad de 1950 prohibían tanto las relaciones sexuales como el matrimonio entre personas blancas y personas de otras razas, lo que perpetuaba la segregación durante generaciones.
En cuanto a representación democrática, la Ley de Representación Separada de los Votantes de 1951 desplazó a los votantes de color en el Cabo de la lista común de votantes, permitiéndoles elegir solo a cuatro miembros de la Cámara de la Asamblea. Por su lado, la Ley de Prohibición de la Interferencia Política de 1968 prohibió los partidos políticos multirraciales. Quince años después, la Ley de la Constitución de la República de Sudáfrica estableció un Parlamento tricameral con representación de blancos, mestizos e indios. A la población negra se le arrebató la ciudadanía; definitivamente se quedaron sin voz.
Otro de los actos más significativos respecto a la base legal del sistema fue la Ley de Áreas de Grupo de 1950, que estableció zonas residenciales y comerciales en áreas urbanas para cada raza, por lo que la población de otras razas tenía prohibido vivir, operar negocios o poseer tierras en ellas. Fue la continuación de la Ley de Tierras de 1913. Además, para cumplir con la segregación y evitar que la población negra invadiera zonas reservadas, el gobierno reforzó las leyes existentes de “pases” (que exigían a los no blancos portar documentos que autorizaran su presencia en zonas restringidas). Esta medida no solo restringía el movimiento, sino que despojaba a las personas de su dignidad, separaba familias y permitía a la policía realizar arrestos arbitrarios y deportaciones constantes hacia zonas rurales empobrecidas.
Impacto social
La violencia política fue característica del régimen. Desde el primer momento en el que surgió el movimiento de resistencia para defender los derechos de la población negra –acompañado por huelgas, manifestaciones y desobediencia civil– las autoridades blancas respondieron con creciente brutalidad, torturando y asesinando a líderes políticos y activistas.
El incidente más sangriento y mediático tuvo lugar en Sharpeville el 21 de marzo de 1960. El Congreso Panafricanista –disidente del Congreso Nacional Africano– organizó una manifestación pacífica por la abolición de las leyes de pases, un sistema injusto que convertía derechos básicos en privilegios vigilados por la policía. Multitud de población negra se congregó delante de la comisaría y la tensión aumentó tras el refuerzo de policías y aviones militares por la zona. Después de horas de protestas mayoritariamente pacíficas, un intento de arresto desató el caos: sin previa advertencia, los agentes abrieron fuego contra la población, matando a 69 personas e hiriendo a 180, entre las que se encontraban medio centenar de mujeres y niños (según cifras del régimen, constatadas como mayores décadas después).
Tras la masacre, el gobierno del Partido Nacional declaró el estado de emergencia, otorgando poderes extraordinarios a las fuerzas de seguridad. En pocas semanas se detuvo a más de 11.000 personas –entre ellas líderes políticos, activistas y sindicalistas– y tanto el Congreso Nacional como el Panafricanista fueron ilegalizados, obligando a la oposición a operar desde la clandestinidad o el exilio. Los informes sobre el incidente ayudaron a centrar las críticas internacionales acerca de las políticas del apartheid, internacionalizando el problema. Además, la ciudad fue elegida por Nelson Mandela como el lugar donde, el 10 de diciembre de 1996, se firmó la nueva constitución, culminando con el desmantelamiento del apartheid.
Mujeres bajo el apartheid
El apartheid tuvo gran impacto en las mujeres negras y de color, que sufrieron tanto por discriminación racial como de género, mientras que eran políticamente desplazadas a los márgenes. El sistema discriminatorio establecía un triple yugo de opresión: género, raza y clase, de modo que las mujeres sudafricanas quedaban privadas de sus derechos fundamentales como individuos. Trabajaban como empleadas agrícolas o domésticas, con salarios inexistentes o extremadamente bajos. La separación de las mujeres del seno familiar ocurría porque el sistema las percibía como dependientes, siendo deportadas a zonas rurales mientras los cónyuges se quedaban en los centros urbanos. La interseccionalidad fue una de las bases fundamentales de la futura Constitución de 1996, para dar visibilidad a la forma en la que el género, la raza, la clase social, la orientación sexual y otras características identitarias individuales se intersectan para crear una experiencia personal diferente de la opresión sistemática.
Oposición nacional e internacional
El Congreso Nacional Africano (ANC), de carácter progresista y multirracial, promovió la resistencia al apartheid a través de la movilización popular de manera poco confrontativa y violenta. No obstante, la brutalidad de Sharpeville y el cierre de los canales legales de protesta llevó a una nueva generación de militantes a concluir que el régimen no cedería el poder por la vía pacífica. Nelson Mandela fue una de las voces clave en este cambio, al afirmar que no era posible responder con paz a un Estado que atacaba a civiles desarmados.
En 1961, la tensión existente condujo a la creación de “La Lanza de la Nación”, el brazo armado del ANC. Liderada por Nelson Mandela, la organización marcó el fin de la resistencia exclusivamente pacífica y el inicio de una campaña de sabotaje contra infraestructuras gubernamentales, militares y de comunicaciones. El paso a la lucha armada supuso un cambio decisivo en la estrategia de liberación que se mantuvo durante las décadas siguientes. Tres años después, Mandela y otros seis de sus compañeros fueron condenados a cadena perpetua por un tribunal nacional, acusados de traición, sabotaje y sublevación contra las autoridades.
Por su parte, el mencionado Congreso Panafricanista (PAC), de orientación radical y anticolonialista, se creó en 1959 tras separarse del Congreso Nacional Africano, al considerar que la lucha avanzaba con demasiada lentitud. Esta organización impulsó una estrategia de acción directa y no violenta; el ejemplo de la manifestación pacífica de Sharpeville: miles de personas marcharon sin pases para entregarse a la policía y colapsar el sistema penitenciario. Era el verdadero ejemplo de desobediencia civil masiva.
La oposición interna era masiva y el 16 de junio de 1976, los fantasmas de Sharpeville volvieron a aparecer. Aquel día se manifestaron en Soweto miles de estudiantes de secundaria que se negaban a estudiar en afrikáans (la lengua de la minoría blanca) y pedían ser tratados en igualdad de derechos que sus compañeros de raza blanca. El levantamiento contó con el apoyo del Movimiento de Conciencia Negra, una organización antiapartheid fundada para ocupar el vacío político generado tras el encarcelamiento de los líderes del ANC y el PAC. Al igual que en Sharpeville, la marcha era pacífica, pero tras la primera dispersión por la policía, comenzaron los enfrentamientos entre esta y la población, culminando con un balance de casi un millar de estudiantes muertos. No obstante, Soweto no fue solo una tragedia, fue el motor que revitalizó la oposición interna y que desató la verdadera oleada de oposición internacional. Y junto con Sharpeville, inició el largo y complejo proceso de lucha que culminó décadas después con las elecciones democráticas de 1994.
A nivel internacional, el apartheid era una afrenta para los países de África y Asia que estaban independizándose del régimen colonial. Esos países pidieron a las Naciones Unidas que consideraran que la grave situación en Sudáfrica constituía una amenaza para la paz internacional, exigiendo sanciones para liberar al pueblo sudafricano.
Las masacres de Sharpeville y Soweto sacaron al apartheid de la categoría de “asunto interno” y, por primera vez, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas intervino en 1960 con la Resolución 134, que condenó las políticas del régimen y vinculó el sistema de segregación con los hechos de la matanza. Sudáfrica comenzó entonces a ser percibida como un estado paria, cuestionado por la comunidad internacional y señalado como una amenaza para la paz mundial.
La presión externa se tradujo en un aislamiento diplomático y económico cada vez más marcado, viéndose obligada a retirarse de la Commonwealth en 1961. Se extendieron los llamados al boicot, instando a consumidores y empresas a dejar de comprar productos sudafricanos o retirar inversiones. El rechazo también fue notable en el ámbito deportivo, excluyendo al país de los Juegos Olímpicos de 1964 y expulsándolo de la FIFA tras los incidentes de Soweto. En 1985, tanto Estados Unidos como el Reino Unido impusieron sanciones económicas selectivas al país. En respuesta a estas y otras presiones, el gobierno sudafricano abolió las leyes de pases en 1986.
Proceso de transición
La liberación de Sudáfrica de la tiranía racista y la reconciliación nacional subsiguiente fueron fruto de la lucha del pueblo sudafricano y de las iniciativas internacionales promovidas por las Naciones Unidas durante casi medio siglo. Aunque el régimen racista minoritario fue reemplazado por un Gobierno democrático sin distinciones raciales y las principales leyes racistas se derogaron en el proceso, quedó al nuevo Gobierno la tarea de eliminar los vestigios del apartheid y sus secuelas.
El camino estuvo lleno de obstáculos, con grandes estallidos de violencia interétnica, motivados por recelo hacia las viejas autoridades de los bantustanes, la competencia entre partidos o las provocaciones de sectores bunkerizados del gobierno que querían provocar una vuelta atrás en el proceso democratizador.
En 1989 el gobierno sudafricano era consciente de su derrota política, habiendo perdido también la colonia de Namibia ese mismo año tras su ocupación ilegal durante décadas. Puertas adentro la situación no era mejor: el intento de ampliar la base social del apartheid quedó revolcado por movilizaciones populares y la alianza formada por las fuerzas políticas del ANC, el partido comunista y un fuerte frente social hacían de Sudáfrica un país casi ingobernable. Así las cosas, el cambio era inevitable y Frederick de Klerk asumió el cargo de presidente, con un perfil más abierto a negociar la voladura controlada del apartheid.
La operación, para la oligarquía blanca, estaba clara: salvar el sistema económico y el poder del gran capital a cambio de un nuevo sistema político más integrador que no lo cuestionara. El origen del proceso lo marcó el anuncio en febrero de 1990 de la legalización de las organizaciones anti-apartheid prohibidas por décadas, como el ANC y el Partido Comunista, así como la liberación de los presos políticos y la vuelta de los exiliados.
Mandela pasó 27 años en prisión, la mayoría en Robben Island y , aunque su pena era de cadena perpetua, las dificultades del régimen, la presión internacional para que cayera el apartheid, y su creciente fama y paciencia sobrenatural, hicieron que su liberación se convirtiera en una necesidad política, autorizada finalmente en 1990 por el presidente de Klerk. Un año después fue elegido presidente del ANC, tras liderar las negociaciones que lograron acabar con el sistema.
El gobierno de Pretoria mostraba su voluntad de proceder a una negociación real con las organizaciones representativas de la mayoría negra del país, desde la legalidad vigente y obligado a cerrar el proceso de cambios en una sola legislatura, puesto que iba a ser internacionalmente inasumible que las siguientes elecciones fuesen –otra vez– solo para blancos.
Durante su mandato, de Klerk derogó la mayor parte de la legislación social que establecía la base legal del apartheid. La Ley de Servicios Separados fue derogada por la Ley de Derogación de la Legislación Discriminatoria en Materia de Servicios Públicos de 1990, mientras que la Ley de Registro de Población se derogó a su vez por la Ley de Derogación de la misma en 1991. No obstante, las clasificaciones raciales permanecieron en el registro hasta 1992. Con la nueva Constitución de 1993, los bantustanes fueron abolidos y los estados nominalmente independientes fueron integrados nuevamente en el país.
En 1992, los ciudadanos blancos de Sudáfrica acudieron a las urnas en un referéndum que marcó el punto de inflexión en la historia del país: votaron masivamente en contra de la segregación racial, apoyando las negociaciones iniciadas dos años antes para implantar una nueva constitución. Con esa elección, De Klerk aseguró que se clausuraría de una vez por todas el sistema del apartheid, sentando las bases de una nación renovada.
Dos años más tarde, en abril de 1994, con una participación del 87%, se celebraron las primeras elecciones democráticas, por sufragio universal, de la historia sudafricana, ganando el ANC con un 62% de los votos, y encabezando Mandela la presidencia. La victoria popular fue incontestable. El apartheid estaba muerto.
Cicatrices y repercusión
Aunque el apartheid político se dio por concluido tras la derogación de la legislación a principios de los años 90, el nuevo proceso, el de acabar con el apartheid social y económico no distó mucho de lo vivido en décadas anteriores.
Se estableció la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (TRC), que tenía como objetivo investigar los abusos cometidos durante el apartheid y promover la curación y el perdón. A través de audiencias públicas, se dieron testimonios de víctimas y perpetradores de violaciones de derechos humanos. Además, se implementaron políticas de inclusión social y económica para reducir las desigualdades heredadas del apartheid. Se promovió la educación y el acceso a servicios básicos para todos los sudafricanos, independientemente de su raza u origen étnico.
Sharpeville, por su parte, es recordada en el país como símbolo de resistencia y origen del Día de la Eliminación de la Discriminación Racial, fecha establecida también en 1994 como el Día de los Derechos Humanos en Sudáfrica. La medida tuvo un fuerte valor simbólico: transformó el recuerdo de una masacre perpetrada por el Estado en una celebración de las libertades conseguidas y en la reafirmación de los derechos garantizados por la nueva constitución.
Como respuesta jurídica a estas profundas heridas históricas, en 1996 se promulgó la nueva Constitución, sellando la transición hacia una democracia plena. El texto no solo ilegalizó cualquier forma de racismo, sino que fue pionero a nivel global al proteger explícitamente los derechos de la comunidad LGTBIQ+, reconocer 11 idiomas oficiales y blindar derechos socioeconómicos fundamentales como el acceso a la vivienda, la sanidad y el agua. Fue el nacimiento legal de la 'Nación Arcoíris', un intento de diseñar un marco jurídico donde la diversidad fuera una fortaleza y no un motivo de persecución.
No obstante, a nivel económico, el país es actualmente uno de los mayores en índices de desigualdad (según el Coeficiente de Gini), con altas tasas de corrupción, desempleo, inseguridad ciudadana y mal funcionamiento de servicios públicos. Más de treinta años después de que Frederick de Klerk sorprendiera al mundo anunciando una transición, la desigualdad entre la minoría blanca y el resto de grupos sigue siendo abismal; un desequilibrio que amenaza los valores de reconciliación racial y unidad nacional que guiaron el proyecto de Mandela.
El legado del apartheid aún se hace sentir en la sociedad y persisten desigualdades profundas. La mayoría de población negra y mestiza sigue viviendo en los mismos barrios que existían durante la segregación: asentamientos con infraestructuras muy deficientes, sin apenas servicios y ubicados lejos de los centros urbanos. La tasa de desempleo afecta a casi la mitad de la comunidad negra en contraposición con el 7% de la población blanca. Y la población negra joven, la mejor formada de la historia, tiene muchas dificultades para demostrar su valía y hacerse un hueco en las estructuras de poder.
Conclusiones
La segregación racial en Sudáfrica durante casi medio siglo fue el culmen de siglos de asimetría, colonialismo y racismo. Con las leyes del apartheid la población negra terminó de ser relegada, tanto política como económica y socialmente. La primacía blanca se impuso y mantuvo durante décadas, relegando al resto de razas a situaciones infrahumanas, en términos de derechos y explotación. El impacto internacional fue enorme, con severas condenas, y la oposición interna nunca se rindió. Figuras como Mandela lideraron el cambio y, tras años de luchas y negociaciones, el sistema se hundió. Aunque la población negra pudo volver a gozar de derechos y oportunidades, las desigualdades y cicatrices aún persisten. El sistema dejó una profunda huella en Sudáfrica, pero también ha servido como punto de partida para luchar contra la discriminación racial y construir una sociedad más justa y equitativa.




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