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El Collar de Perlas chino: cómo Pekín redefine la geopolítica del Indo-Pacífico

  • Foto del escritor: Adrián Ferreira Maita
    Adrián Ferreira Maita
  • 22 ene
  • 8 Min. de lectura

La gran red de puertos, bases y alianzas marítimas impulsadas por Pekín redefine de manera profunda la geopolítica regional. En este artículo presento un análisis de sus orígenes, objetivos y repercusiones en el equilibrio geopolítico mundial.


El concepto de “collar de perlas chino” alrededor del océano Índico se ha vuelto popular para describir esta red estratégica impulsada por China. Diversos análisis recientes han catalogado estas políticas como una de las estrategias geopolíticas más ambiciosas del siglo XXI, señalando que esta red de puertos, bases militares, alianzas diplomáticas e inversiones resultan clave para asegurar las rutas marítimas fundamentales para su economía y para los objetivos de su política exterior.


Las preguntas que me hago para este artículo son: ¿Cómo este concepto emergió en la estrategia china? ¿Cuáles son los objetivos que busca Pekín a través de este “collar”? y ¿Representa un desafío al orden mundial vigente o responde simplemente a su necesidad de suministro energético y comercial?


Contexto y marco general

La importancia del océano Índico y del Indo-Pacífico para China es indiscutible, ya que en esta región se concentran las rutas estratégicas marítimas por las que transita más de la mitad del comercio petrolero mundial, a través de estrechos como el de Malaca y el de Ormuz. Esta dependencia se refleja en que, en 2021, más del 50 % de las importaciones petroleras chinas provenían del Golfo Pérsico, principalmente de Arabia Saudí, por lo que para Pekín garantizar estas rutas comerciales constituye una cuestión de supervivencia.


En China ha surgido el denominado “dilema de Malaca”, que ilustra claramente las preocupaciones relacionadas con posibles bloqueos en este estrecho crucial, ya que cualquier interrupción afectaría gravemente a su economía y, por ese mismo motivo, desde los años 2000 el gobierno chino ha buscado alternativas logísticas fuera del Golfo. En paralelo al anuncio de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, China desplegó inversiones portuarias e infraestructuras que conectan Asia con el océano Índico, el mar Rojo y el Mediterráneo, de modo que el trazado de esta red forma literalmente una estructura en forma de collar desde China hasta Sudán, abarcando puertos desde el Pacífico hasta Europa. La prensa especializada resume esta visión estratégica como una auténtica “arquitectura de poder” diseñada para cimentar las posiciones chinas en mares ajenos.


Objetivos estratégicos del collar de perlas

Para Pekín, el collar de perlas responde a metas geoeconómicas y geopolíticas ambiciosas, ya que China, como primera potencia manufacturera mundial, necesita asegurar la exportación de sus bienes y la entrada constante de recursos básicos. En este sentido, la red de puertos funciona como un sistema de “nudos” logísticos que protegen las rutas comerciales, donde cada enclave actúa como un punto de apoyo para garantizar el tránsito de mercancías y energía. De hecho, las recientes inversiones en puntos estratégicos como Gwadar, en Pakistán, así como en Yibuti, responden a la necesidad de acortar las rutas hacia Oriente Medio, evitando el estrecho de Ormuz, del que proceden en gran medida las importaciones energéticas chinas, como ya he señalado anteriormente.


Además, este collar refleja debilidades internas de Pekín, ya que, ante la escasez de materias primas nacionales, el Partido Comunista busca diversificar fuentes y asegurar el acceso a recursos en el extranjero. Fuentes especializadas señalan que los objetivos chinos incluyen el fortalecimiento del yuan, la reducción de la dependencia energética y la expansión de su poder geopolítico más allá de Asia. Los puertos del collar no son únicamente instalaciones comerciales, sino que muchos se diseñan con fines duales, y la particularidad de esta estrategia reside en su carácter híbrido, dado que China financia proyectos civiles que impulsan el comercio, y al mismo tiempo firma acuerdos militares y mantiene presencia naval en estos enclaves.


A ello se suma la conocida diplomacia blanda china, basada principalmente en préstamos con bajas tasas de interés, cooperación tecnológica y vínculos empresariales que generan dependencias locales y abren la puerta a una futura presencia militar. Esta expansión responde al objetivo declarado de Pekín de garantizar la estabilidad energética y comercial de su economía y, al mismo tiempo, le permite proyectar su influencia geopolítica en países aliados o receptores de inversión.


Infraestructura: nodos y alcance geográfico del collar

Los informes especializados enumeran un amplio conjunto de puertos e instalaciones asociados a este proyecto, en China continental destacan puertos como Tianjin o Shanghái, así como bases navales en Sanya, en la isla de Hainan, mientras que en territorios en disputa, Pekín ha buscado posiciones en islas como Woody, en el mar del Sur de China, y en las Spratly. Fuera de China, la lista incluye Kampong Som en Camboya, el canal de Kra en Tailandia, los puertos de las islas Coco y Kyaukpyu en Myanmar, Chittagong en Bangladesh, Hambantota en Sri Lanka, Mirbat en Omán y Maldivas, Gwadar en Pakistán, Yibuti, Puerto Sudán en Sudán, e incluso El Pireo en Grecia.


Así, el collar de perlas se proyecta a lo largo de todo el Indo-Pacífico, a modo de ejemplo, el primer eslabón concreto fue el puerto de Gwadar, conectado al Corredor Económico China-Pakistán, al que siguieron Hambantota, Chittagong, Kyaukpyu y otros, formando un rastro estratégico desde el Pacífico hasta el Índico. Cada enclave del collar cumple una función específica, facilitando la entrada de mercancías y el comercio local, pero también actuando como punto de reabastecimiento o de escala para la armada china en largas travesías, funcionando como “nudos de una cadena” diseñados para reducir las vulnerabilidades de la flota frente a chokepoints críticos como el estrecho de Malaca.


La infraestructura del collar presenta así una doble faceta económica y militar, por un lado, China invierte de manera generosa en obras civiles como puertos, carreteras e industrias, fomentando el desarrollo local y consolidando su presencia económica, mientras que, por otro, establece acuerdos de cooperación en defensa, sistemas de vigilancia portuaria, permisos de atraque para sus buques, centros de mando conjunto e incluso bases navales, como la de Yibuti, esta estrategia dual permite a Pekín disponer de margen de maniobra, manteniendo relaciones comerciales fluidas en tiempos de paz y apoyándose en estas instalaciones en contextos de crisis o conflicto. El collar de perlas combina economía, logística, diplomacia y defensa en un mismo entramado, reforzado además por un esfuerzo de persuasión mediante créditos blandos y transferencias tecnológicas, lo que en algunos casos genera una fuerte dependencia de China para los países receptores.


Dinámicas regionales y contradicciones

Pekín sostiene que su estrategia es esencialmente defensiva y comercial, y no una ambición hegemónica, ya que, según fuentes oficiales chinas, el collar de perlas se basa en pactos mutuamente beneficiosos que respetan la soberanía nacional de los socios implicados. El propio gobierno de Xi Jinping subraya de forma recurrente que China no busca la hegemonía y que su creciente presencia marítima responde a la necesidad de proteger a sus ciudadanos y sus inversiones en el exterior. En teoría, la diplomacia china promueve la no intervención y el desarrollo compartido, presentando sus acuerdos como estrictamente comerciales y desprovistos de condiciones políticas.


Sin embargo, esta narrativa contrasta con la percepción de otros actores, ya que desde India y Occidente se observa con recelo el despliegue militar chino. Analistas indios interpretan el collar de perlas como un intento de “encerrar” a la India en el océano Índico, rodeándola de puertos bajo influencia china, y, en efecto, la alianza estratégica entre Pekín y Pakistán, junto con los estrechos vínculos con Sri Lanka, Maldivas, Myanmar y Bangladesh, reconfigura el mapa regional en detrimento de la influencia tradicional de Nueva Delhi. Aunque China niega cualquier estrategia de contención, las tensiones recurrentes, desde incidentes fronterizos hasta la venta de submarinos chinos a Pakistán, alimentan esta desconfianza.


El collar de perlas pone así de manifiesto las tensiones internas de la estrategia internacional china, ya que, mientras el discurso oficial insiste en la construcción de un marco de cooperación basado en el respeto mutuo y la no intervención, la práctica revela una armada que opera cada vez más lejos de sus costas y una red de socios que refuerza progresivamente sus capacidades estratégicas. Esta contradicción resulta difícil de ignorar, pues un proyecto presentado como alternativa al orden históricamente dominado por Estados Unidos acaba apoyándose también en una creciente proyección naval, no como un gesto abiertamente confrontacional, sino como una forma de prevenir vulnerabilidades y asegurar intereses vitales.


Esta ambigüedad, situada entre un discurso de paz y desarrollo compartido y la acumulación gradual de capacidades militares y logísticas, constituye uno de los rasgos más característicos del fenómeno y explica por qué el collar de perlas genera interpretaciones tan divergentes, ya que para China estas “perlas” económicas funcionan como un contrapeso a lo que percibe como la influencia hegemónica del siglo XX, mientras que para numerosos observadores externos representan riesgos geoestratégicos difíciles de ignorar, no tanto por su naturaleza actual, sino por el potencial que encierran en un contexto internacional cada vez más competitivo.


Implicaciones para el orden internacional

El collar de perlas tiene consecuencias que trascienden la región asiática, ya que, a través de esta estrategia, China aspira a desempeñar un papel dominante en el Indo-Pacífico. El despliegue naval chino, respaldado por inversiones de cientos de miles de millones de dólares en la Ruta Marítima de la Seda, apunta a un posible reequilibrio del poder global, mientras el gigante asiático moderniza su armada para proteger intereses en ultramar y mantiene misiones en el Índico desde 2009; a medida que extiende sus redes comerciales y de defensa más allá de Asia, China consolida una retórica diplomática propia que compite con las reglas occidentales, apoyándose en acuerdos bilaterales sin denuncias públicas, lo que contrasta con la lógica de libre tránsito global defendida por Estados Unidos y sus aliados.


Esta dinámica incrementa las tensiones geopolíticas a escala mundial, dado que Estados Unidos ha respondido reorientando su estrategia hacia Asia desde la administración de Obama con su estrategia “Pivot to Asia” mediante alianzas como el Quad, junto a India, Japón y Australia, o AUKUS, con Australia y el Reino Unido, interpretadas en parte como un contrapeso a la creciente presencia militar china.


A largo plazo, el éxito del collar de perlas podría contribuir a la consolidación de un sistema internacional más multipolar, con Asia como centro de la ecuación y China influyendo de manera decisiva en las reglas del comercio y la seguridad. No obstante, sus logros potenciales están condicionados a la capacidad de Pekín para sostener esta red frente a desafíos económicos, presiones internacionales y resistencias locales que podrían limitar su eficacia, por ahora, el collar de perlas constituye un indicio claro de que China está dispuesta a competir por la primacía global no solo en tierra, sino también en el ámbito marítimo, y su evolución será determinante para el equilibrio de poder mundial.


Conclusión

El collar de perlas chino puede entenderse como la manifestación más clara de una China que ha dejado de concebir su seguridad únicamente en términos continentales y ha asumido que su futuro económico, político y estratégico se juega, en gran medida, en el espacio marítimo. En esta estrategia destaca la necesidad de sostener un modelo de crecimiento profundamente dependiente del comercio exterior, la urgencia de garantizar un suministro energético estable y la voluntad de reducir vulnerabilidades históricas asociadas a rutas marítimas estrechas y fácilmente bloqueables, factores que explican por qué Pekín ha invertido de manera sostenida en puertos, infraestructuras y acuerdos a lo largo del Indo-Pacífico.


Al mismo tiempo, esta ambición pone de relieve las tensiones internas de la política exterior china, ya que el discurso oficial del ascenso pacífico y de la cooperación se matiza al observar el carácter dual de muchas de estas infraestructuras, concebidas como proyectos civiles pero con un claro potencial estratégico y militar, lo que alimenta la percepción de que China no solo busca integrarse en el sistema internacional existente, sino también prepararse para un entorno más competitivo e incierto. Esta dualidad, lejos de ser una anomalía, constituye uno de los rasgos centrales del comportamiento internacional chino a lo largo del siglo XXI, donde economía y seguridad aparecen cada vez más entrelazadas.


En el plano global, el collar de perlas refleja un desplazamiento progresivo del centro de gravedad del sistema internacional hacia el Indo-Pacífico, una región en la que China se posiciona como un actor capaz de disputar influencia y presencia de manera estructural, no a través de confrontaciones directas, sino mediante una acumulación gradual de capacidades, conexiones y dependencias. El alcance final de esta estrategia dependerá de su sostenibilidad económica, de la estabilidad política de los países implicados y de la reacción del resto de actores internacionales, que podrán limitar, condicionar o ralentizar su consolidación, pero difícilmente, ignorarla.

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