India redefine su política exterior: de “maestro del mundo” a socio estratégico global bajo Modi
- Jordi Pascual Pérez

- 23 ene
- 9 Min. de lectura
La India, la democracia más grande del mundo, atraviesa un proceso de recalibración de su política exterior mediante una transformación simbólica y estratégica. Pues, desde que su primer ministro actual, Narendra Modi, tomó el poder en 2014, predominó una narrativa en política exterior basada en proyectar a la India como el Vishwaguru, o el “maestro del mundo”.
Este concepto pretendió proyectar las tradiciones filosóficas, espirituales e intelectuales de la India como fuentes de liderazgo moral para el planeta ejecutando una estrategia diplomática basada en la promoción del poder blando de la India. Así fue como a través de la “diplomacia del yoga”, el énfasis en logros científicos y filosóficos de la India antigua, los primeros gobierno de Modi ofrecieron una guía civilizatoria al resto del mundo y consiguieron grandes éxitos en “casa” reforzando la base ideológica de su partido: Bharatiya Janata Party o Partido Popular Indio, al mismo tiempo que fortalecía el proyecto de construcción nacional basado en la Hindutva—el nacionalismo hindú.
A pesar de ello, el concepto de Vishwaguru no ha resonado con la misma fuerza entre los aliados y socios de la India. Pues la relación “maestro-estudiante” que se ha ido desarrollando es vista por naciones más pequeñas del Sur Global y los vecinos inmediatos de la India, es vista como una afirmación de superioridad tanto en el apartado moral, como en el apartado económico y militar.
En el proceso, políticos nacionales consideraban el ascenso de la India como algo ‘inevitable y seguro’ pues, mientras el poder blando se reforzaba gracias a la estrategia de Vishwaguru, el país veía cómo incrementaba su poder gracias al crecimiento exponencial. El aumento de la población, las políticas específicas destinadas a aumentar la producción industrial (específicamente en tecnología avanzada), la posesión de armas nucleares como dinámica disuasoria y su dulce posición geopolítica entre una pujante China en Asia y un orden global dirigido por Estados Unidos y el mundo Occidental, hacen de India la receta perfecta.
Sin embargo, las dinámicas regionales en el sur del continente asiático y el orden mundial cambiante obligaron al líder del Partido Popular Indio a la recalibración estratégica para ofrecer una visión más pragmática sin desviarse de la distinción cultural y la tradición diplomática de la India. Ahora, la India no se posiciona como un “maestro” sino que se muestra ante el mundo como un socio fiable y colaborador bajo la lógica de la Vishwamitra o “amigo del mundo” adaptada al devenir regional y global. Mediante esta nueva política, Modi pretende justificar una política de multialineación en un mundo más fragmentado, con el fin de lograr una autonomía estratégica que permita a la India navegar entre todos los polos de poder, sin depender o verse afectada por una sola potencia.
Expertos coinciden en que la identidad de Vishwamitra permite a la India practicar la “poliamoría geopolítica” en tanto que le permite mantener vínculos estrechos de forma simultánea con los Estados Unidos (de forma bilateral y a través del QUAD) y con Rusia y China a través de los BRICS y la OCS (Organización de Cooperación de Shanghái). Esta práctica resulta fundamental para que la India justifique su estatus como la “voz del Hemisferio Sur”, capaz de actuar de puente entre el “Norte y Sur Global” enfatizando su flexibilidad estratégica que le permite participar en coaliciones basadas en temas específicos—véase seguridad, tecnología o comercio— sin comprometerse con alianzas militares formales (al estilo de la OTAN en Europa) ni quedar atrapada en rigideces ideológicas.
Es así como el Bharatiya Janata Party, liderado por Narendra Modi, mediante la transición hacia el “amigo del mundo” ha conseguido deshacerse del “no alineamiento” tradicional, arrastrado desde la Guerra Fría. En consecuencia, India está mostrando una posición más proactiva y segura hacia la comunidad internacional mientras que en casa, le sirve para importar un mensaje de fuerza y autoridad moral ante la población india.
Una convivencia complicada: los retos y dificultades en Asia del Sur
Es precisamente en su vecindario más inmediato donde el rol de la India es más controvertido y enfrenta crecientes desafíos a su crecimiento como potencia global y regional. En primer lugar, debemos destacar que las relaciones entre India y Pakistán (vecino y rival histórico) han alcanzado su punto más crítico en décadas y razones no faltan.
Desde la década de 1980, las principales ciudades, como Delhi y Mumbai, junto con la región fronteriza de Cachemira, han sufrido numerosos ataques terroristas de grupos terroristas asociados con Pakistán, los cuales, han acabado con la vida de miles de personas y han aterrorizado a la población local. Así pues, en mayo de 2025, tras un ataque terrorista en Pahalgam (Cachemira) que mató a 26 personas, la India respondió lanzando la Operación SINDOOR utilizando misiles contra objetivos militares en Pakistán. El conflicto de cuatro días destacó por el intercambio de drones de combate a gran escala entre las dos potencias nucleares y la suspensión del Tratado de las Aguas del Indo que golpeó duramente a Pakistán debido a su dependencia extrema de las aguas del mencionado río, pues hasta un cuarto del PIB de Islamabad proviene de la actividad económica que genera este río.
No obstante, el 10 de mayo, bajo mediación de los Estados Unidos, ambas naciones anunciaron un alto el fuego que aún mantiene los niveles de hostilidad y el riesgo nuclear en cotas muy altas. En 2025, Nueva Delhi ha estado observado cómo sus vecinos atraviesan períodos de tensión e incertidumbre, motivados por la creciente influencia de China y los cambios políticos que desafían la presencia histórica que la Rashtrapati Bhavan mantenía en la región.
Por otro lado, la presencia de China en Nepal y Sri Lanka pretende disminuir la influencia de la India en ambos países, pues desde Pekín se está aprovechando la reticencia india a la liberalización comercial para interferir en la política doméstica de Nepal y Sri Lanka. La Nueva Ruta de la Seda (Belt and Road Initiative) ha profundizado las relaciones entre China y Sri Lanka, aunque no sin sobresaltos, pues la “trampa de la deuda” obligó a Sri Lanka a ceder el Puerto Internacional de Hambantota a una empresa estatal china.
La caída de la primera ministra Sheik Hasina en Bangladesh, tras las protestas masivas y el liderazgo de Muhammad Yunus en el gobierno interino, han restaurado las relaciones diplomáticas con Islamabad bajo la premisa de renovar sus vínculos militares. Sin embargo, el revés diplomático golpeó a Delhi cuando se propuso la creación de una nueva organización regional entre Bangladesh, China y Pakistán que aislaría por completo a la India.
Esta nueva organización sepultaría la Asociación del Sur de Asia para la Cooperación Regional, que se encuentra paralizada desde 2016 por las hostilidades entre India y Pakistán, obligando a los estados más pequeños a buscar alternativas de cooperación sin la India.
Por último, la rivalidad que mantienen Delhi y Pekín es profunda y multidimensional, pues no solo se queda en meras disputas territoriales e hídricas, sino que se amplía hasta una competición feroz por la influencia regional y económica en la región asiática.
El punto de fricción más crítico entre China y la India es la disputa fronteriza en el Himalaya, en especial en la “Línea de Control Actual” (Line of Actual Control en inglés) donde en 2020 el choque entre las fuerzas armadas de ambos estados provocó la muerte de 24 soldados y que, tras 6 años desde el enfrentamiento y 24 rondas de negociación, no se ha alcanzado una resolución sobre la delimitación de la frontera.
Teniendo en cuenta la competencia geopolítica de China en la región planteada anteriormente, hay que sumarle las tensiones económicas y tecnológicas a la ecuación. Pese a ser el mayor socio comercial de la India, desde Delhi ven con preocupación el enorme déficit comercial ($116.12 billones de dólares) que genera una gran dependencia de productos provenientes de China. Como represalia al conflicto fronterizo y a las dificultades comerciales, desde Rashtrapati Bhavan han prohibido TikTok y otras aplicaciones chinas a la vez que han bloqueado empresas estatales chinas de telecomunicaciones como Huawei o ZTE.
A pesar de ello, ha habido acercamientos diplomáticos entre Xi Jinping y Narendra Modi en la cumbre de la OCS en Tianjin (2025) y la cumbre de los BRICS en Rusia (2024) que desescalaron la tensión mediante el restablecimiento de vuelos directos y la facilitación de visas. Aun así, las soluciones planteadas no resuelven los problemas estructurales a los que Delhi se enfrenta si quiere plantarle cara a Pekín en la región.
La caída libre de las relaciones entre India y Estados Unidos: tensiones y desconfianza
Las relaciones de Delhi con Washington han gozado siempre de un apoyo excepcional y bipartidista, llegando a abarcar cinco presidencias de distinto signo que señalaban a la India como un socio fiable a largo plazo. La preocupación compartida por las actividades de la envalentonada Pekín unió a ambos países en su deseo de equilibrar la balanza de poder en el Indo-Pacífico.
Tanto es así que bilateralmente destacan iniciativas críticas como la Iniciativa sobre Tecnología Crítica y Emergente (iCET) y el EE. UU. (INDUS-X), además de la cooperación en inteligencia artificial y aeroespacial. También, India se ha posicionado como una alternativa a China, relevarla como “fábrica del mundo”, queriéndose beneficiar de la tendencia de las compañías norteamericanas a trasladar la producción a estados aliados—se conoce como “friendshoring”—que Apple está sabiendo aprovechar.
A la cooperación bilateral se le ha de añadir la arquitectura institucional que ambas capitales pretenden desarrollar con mayor profundidad en la región, pues ejemplos como el Diálogo de Seguridad Cuadrilateral (QUAD en inglés) junto con Japón y Australia son claves para mejorar la coordinación tecnológica y la cooperación militar con el fin de lograr un Indo-Pacífico libre de la sombra de Pekín.
A pesar de los fuertes vínculos aparentes entre ambas naciones, la política de Vishwamitra no gusta en la Casa Blanca de Donald Trump, que, por un lado, impuso un arancel del 25% a productos indios en el fatídico Liberation Day y, por otro, impuso un 25% extra de carga arancelaria como sanción por la compra de petróleo ruso.
Analistas geopolíticos sugieren que, contrario a las declaraciones que el primer ministro Narendra Modi realiza considerando a la India como un país “indispensable en el sistema internacional”, la India aún no ha logrado ser vista como un “socio indispensable” para las cadenas de suministro globales mostrándose vulnerable ante la ira arancelaria de Trump, la dependencia de la industria petrolífera y armamentística rusa y la competencia geopolítica de China.
Conexión Moscú-Nueva Delhi: un ejemplo de pragmatismo y autonomía estratégica
Las relaciones entre la India y Rusia se pueden considerar como la declaración definitiva de multipolaridad que Delhi quiere mostrar al mundo. Por un lado, Moscú demuestra que no está aislada diplomáticamente pese a su invasión de Ucrania desde 2022 y, por otro, para la India de Modi, es una prueba más de su Vishwamitra en su intento de desarrollar la deseada autonomía estratégica.
Los principales lazos de asociación se relacionan con la cooperación en defensa y tecnología avanzada, donde Rusia continúa proporcionando armamento sofisticado—como cazas Sukhoi-57 o sistemas de misiles S-500—al ejército indio. No sólo con eso, la India se convirtió en un comprador masivo de petróleo crudo ruso, beneficiándose de sus precios competitivos y generando un mayor beneficio mediante la refinería y reventa de los productos petrolíferos a otros mercados. Además, se discutió la posibilidad de crear un corredor marítimo entre Chennai (India) y Vladivostok (Rusia) con el fin de fortalecer los lazos comerciales.
Ahora bien, la conexión Moscú-Delhi no está exenta de desafíos y riesgos que amenazan la estabilidad de los acuerdos alcanzados. En primer lugar, los aranceles impuestos por Washington a la India por la compra de petróleo ruso son uno de los mayores obstáculos geopolíticos para Modi en la actualidad. Seguidamente, el esfuerzo de guerra ruso en el frente está haciendo que se produzcan retrasos en la entrega de armas y suministros, tal y como ocurrió con el portaviones Admiral Gorshkov, aumentando la desconfianza en Rusia como proveedor armamentístico.
Sin duda, pese a mostrarse como una “declaración de multipolaridad” como así lo avala el ministro de exteriores indio S. Jaishankar, corre peligro de volverse puramente instrumental ante la amenaza de la superioridad económica y militar de China y la incertidumbre que generan las políticas provenientes de la Casa Blanca.
El tren que la India debe de coger para convertirse en una gran potencia
Tal y como se ha observado, la India todavía no ha alcanzado ese estatus de gran potencia que le permite sentarse en la misma mesa que Estados Unidos, China, Europa o Rusia. Expertos señalan que todavía el país asiático carece de una indispensabilidad estratégica suficiente en el sistema internacional que le permita ser fundamental para las cadenas de suministro globales y no depender de los vaivenes geopolíticos de sus socios y/o rivales.
Esta autonomía estratégica que se reclama debe ser de carácter proactivo; esto quiere decir que Delhi debe aprovechar su flexibilidad geopolítica para liderar iniciativas globales, aprovechando el vacío de poder o la desestabilización de ciertos países, para asumir una mayor posición de liderazgo. Para ello, debe de apostar por dejar a un lado su miedo endémico al libre comercio mediante la firma del pendiente acuerdo comercial con la UE, mientras se abordan las reformas estructurales necesarias en aquellas áreas pendientes de industrialización con el fin de aumentar la productividad, generar más trabajos e integrar a la India en las cadenas de suministro globales.
Con el fin de alcanzar las aspiraciones de la gran India o “Bhavya Bharat”, las políticas partidistas del BJP deben dejarse a un lado y apostar por una estrategia nacional a largo plazo. El fortalecimiento de la justicia social y el desarrollo de regiones estratégicas como el noreste y el sur del país para generar empleo local y estabilidad son medidas domésticas aclamadas por expertos y población local. Por último, para poder respaldar su reclamación de liderazgo, la India debe consolidar su poder militar y su crecimiento económico, combinándolo con un mayor desarrollo en innovación en tecnología avanzada (semiconductores, inteligencia artificial o ciberseguridad), como así lo reconoció su ministro de tecnología Ashwini Vaishnaw en una entrevista con Bloomberg.







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