Groenlandia en disputa: Trump, el Ártico y la nueva geopolítica del poder global
- Javier Angulo Perojil

- hace 4 días
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Groenlandia no está en venta, ni un negocio privado. Sin embargo, volvió a ser mencionada como si se tratase de un activo disponible, una oportunidad estratégica esperando quien gane su subasta. Bastaron unas declaraciones de Washington para que la isla más grande del mundo regresase al centro del debate internacional, el cual ya de por sí se encuentra en plena convulsión tras la detención y encarcelamiento de Nicolás Maduro, y el señalamiento del presidente Trump de sus próximos objetivos: Cuba, Colombia, México… y Groenlandia, tornándose de nuevo en un objeto de deseo geopolítico.
Lo que durante décadas fue sinónimo de hielo, distancia, silencio diplomático e incluso podríamos decir aislamiento de los conflictos e intereses internacionales, hoy es un territorio disputado a viva voz. El deshielo abre rutas marítimas, los minerales despiertan apetitos y las potencias afinan su presencia militar en el extremo norte del planeta. En ese escenario, la insistencia de Donald Trump por el control de Groenlandia no cayó en el vacío: sus declaraciones resonaron en las capitales europeas, activaron reflejos diplomáticos y obligaron a líderes a cerrar filas en defensa de un territorio que se ha vuelto central, si bien esto puede sonar irónico por su recóndita ubicación.
El episodio dejó imágenes elocuentes: aliados acordándose mutuamente los límites de la soberanía, gobiernos europeos reafirmando principios básicos del orden internacional y Groenlandia reivindicando su derecho a decidir su propio futuro. Más allá de la retórica, el debate reveló una verdad incómoda: el Ártico ya no es un espacio marginal, sino uno de los escenarios donde se redefine el equilibrio global de poder.

Groenlandia: una gran tundra con importancia creciente
Cuando hay que describir Groenlandia, no debemos olvidar que se trata de la isla más grande del planeta, un vasto territorio de hielo y tundra con apenas 57 000 personas que ha ido ganando peso geopolítico exponencialmente en los últimos años. Aunque hoy parezca un nombre distante en los mapas, su historia se encuentra profundamente ligada a la colonización europea, pues, si bien no encontramos reconocimientos de soberanía danesa hasta el siglo XVIII, sí se intentó colonizar la isla, tanto por ellos como por los portugueses debido a su teórica pertenencia en el tratado de Tordesillas, aunque todos estos intentos fueron fallidos. Sí estuvo poblada y dominada por los Inuit desde 1300 aproximadamente, momento en el que una expedición llegó a la isla.
Desde las décadas centrales del siglo XVIII, Groenlandia forma parte del Reino de Dinamarca, primero colonia, luego como condado, como región autónoma desde el 1 de mayo de 1979, y recibió el autogobierno en 2009., momento en el que se aprobó la Ley de Autogobierno, que reconoce a Groenlandia como entidad con competencias propias, aunque la soberanía internacional, la moneda y la defensa continúan en manos danesas. Geográficamente, los territorios más próximos son Canadá (con quien colinda), Islandia y las noruegas Islas Svalbard, con quienes siempre han mantenido una relación cordial y respetuosa.
Este estatus dual (autogobierno en lo interno y soberanía danesa en lo externo) ha generado tensiones y debates sobre el camino hacia una posible independencia plena, aunque ese proceso sería largo y complejo. Pese a ello, la identidad político-cultural inuit y la aspiración de mayor autodeterminación han sido temas constantes en la política groenlandesa.
En las últimas semanas, tras la insistencia del presidente estadounidense Donald Trump en que los Estados Unidos deberían “hacerse con” Groenlandia por motivos de seguridad nacional, Copenhague ha defendido con firmeza la integridad territorial del Reino y el derecho de Groenlandia a decidir su propio futuro. La primera ministra danesa ha dejado claro que Groenlandia no está a la venta y que cualquier intento de anexión sería rechazado con todas las herramientas diplomáticas disponibles
Además, Dinamarca ha aprovechado la crisis para reforzar su compromiso con la defensa de la isla, mediante aumentos significativos en gasto militar y presencia aliada en la región ártica, así como con la cooperación más estrecha con la OTAN y otros socios europeos.
La geopolítica del Ártico y el papel de Groenlandia
Groenlandia ocupa una posición geográfica singular entre América del Norte y Europa, situada en el eje que conecta el Atlántico Norte con el océano Ártico. Esta localización la convierte en un territorio de alto valor estratégico, especialmente desde el punto de vista de la seguridad militar y del control de los accesos septentrionales al espacio euroatlántico. Para Estados Unidos, Groenlandia ha sido históricamente un enclave clave: desde 1951 mantiene en la isla la base aérea de Thule —actualmente denominada Pituffik—, integrada en el sistema de alerta temprana y defensa antimisiles estadounidense. Esta infraestructura ha desempeñado un papel central desde la Guerra Fría y sigue siendo un elemento esencial en la arquitectura de seguridad norteamericana.
En el contexto actual de rivalidad creciente entre Estados Unidos, Rusia y China, el valor estratégico de Groenlandia se ha intensificado de forma notable. El Ártico ha dejado de ser un espacio periférico para convertirse en un escenario central de competencia geopolítica, donde convergen intereses militares, tecnológicos y económicos. En este marco, Groenlandia actúa como un punto de apoyo fundamental para la proyección de poder en el norte del Atlántico y como plataforma de vigilancia sobre posibles movimientos de actores rivales.
Uno de los principales factores que explica esta transformación es el cambio climático. El Ártico se calienta a un ritmo significativamente superior al promedio global, lo que ha provocado una reducción sostenida del hielo marino y ha ampliado las ventanas temporales de navegación. Este fenómeno ha reactivado el interés por rutas marítimas como el Paso del Noreste y el Paso del Noroeste, que acortan considerablemente las distancias entre Europa y Asia. Aunque Groenlandia no ejerce control directo sobre estas rutas, su proximidad a los accesos atlánticos las convierte en un enclave logístico y militar de primer orden. Al mismo tiempo, el retroceso del hielo facilita el acceso a recursos naturales hasta ahora inaccesibles, intensificando la competencia por su explotación.
En este sentido, Groenlandia posee importantes reservas de minerales críticos, entre ellos tierras raras, uranio, zinc y hierro, así como un potencial significativo en hidrocarburos y recursos pesqueros. Estos materiales resultan esenciales para industrias estratégicas vinculadas a la transición energética, la defensa y las tecnologías avanzadas. En un contexto internacional marcado por la fragilidad de las cadenas de suministro y la rivalidad tecnológica, el control o la influencia sobre estos recursos adquiere una dimensión claramente geopolítica. No es casual, por tanto, que actores externos como China hayan manifestado un interés creciente en invertir en proyectos mineros e infraestructuras portuarias en la isla.
Este interés chino, sumado al interés territorial ruso que por cuestiones geográficas se convierte en una amenaza para la zona, han generado tensiones diplomáticas significativas. Tanto Estados Unidos como Dinamarca han expresado preocupación ante la posibilidad de que inversiones económicas se traduzcan en una mayor influencia política o estratégica de Pekín en un territorio considerado sensible para la seguridad occidental. La disputa en torno a Groenlandia refleja, así, una dinámica más amplia de competencia global por el control de recursos estratégicos y de nodos geográficos clave, en la que la economía, la seguridad y la diplomacia aparecen estrechamente entrelazadas.
En este escenario, el papel de Dinamarca resulta particularmente complejo. Aunque formalmente responsable de la política exterior y la defensa de Groenlandia, Copenhague debe equilibrar múltiples dimensiones: sus compromisos con la OTAN, la relación estratégica con Estados Unidos, las aspiraciones de autogobierno —y eventualmente independencia— de la sociedad groenlandesa, y la presión creciente de actores externos. La relación entre Dinamarca y el gobierno autónomo de Nuuk ha adquirido una relevancia estratégica inédita, ya que la capacidad del Reino de Dinamarca para actuar como actor ártico depende en gran medida de la estabilidad política, económica y social de Groenlandia.
El interés de Trump por Groenlandia: estrategia y marco jurídico
Una vez explicado todo lo anterior, podemos entender qué significa tanto interés depositado y reiterado por parte del presidente estadounidense por Groenlandia, mostrándose como un caso que, lejos de ser aislado, se inscribe en la continuidad de la percepción sobre la política exterior estadounidense. La primera manifestación pública de esta idea se produjo en 2019, durante su primer mandato, cuando trascendió que la Casa Blanca había explorado informalmente la posibilidad de adquirir la isla. Aunque aquella iniciativa fue rápidamente rechazada por Dinamarca y recibida con escepticismo por la comunidad internacional, estableció un precedente relevante al introducir abiertamente la cuestión de la soberanía territorial en un marco contemporáneo.
Desde una perspectiva analítica, el planteamiento de Trump responde a una visión transaccional del poder internacional, en la que el territorio, la soberanía y las alianzas son concebidos como activos negociables en función de intereses estratégicos inmediatos. A diferencia del enfoque tradicional estadounidense, más inclinado al multilateralismo y a la gestión institucional de alianzas, Trump ha privilegiado históricamente métodos bilaterales, directos y, en ocasiones, abiertamente disruptivos e incluso chantajistas en cierta parte (cabe recordar las controversias generadas por los aranceles a productos que impuso el pasado verano a una gran cantidad de países en el mundo, con el objetivo de obtener beneficios y ejercer presiones). Groenlandia emerge en este esquema como un elemento particularmente atractivo por su ubicación geográfica, su valor militar y su proyección en el Ártico.
Justo después de la captura del ya expresidente Nicolás Maduro en enero de 2026, Trump volvió a referirse explícitamente a Groenlandia, afirmando que Estados Unidos “necesita” el territorio por razones de seguridad nacional. Aunque estas declaraciones no se acompañaron de una propuesta formal ni de un procedimiento jurídico definido, ni tan siquiera se tornó en iniciativas legislativas concretas o procesos diplomáticos formales, sí recurrieron a un lenguaje de fuerte carga soberanista. Implícitamente, se cuestionaba la capacidad de Dinamarca para garantizar la seguridad de la isla y se sugería una legitimidad superior de los intereses estratégicos estadounidenses.
El argumento central volvió a girar en torno a la necesidad de contrarrestar la presencia de Rusia y China en el Ártico y de preservar la superioridad estratégica de Estados Unidos en el hemisferio norte. Por ello, no era de esperar que su impacto fuese considerable. En primer lugar, por provenir del presidente de Estados Unidos, lo que les confirió una capacidad real de alterar percepciones estratégicas entre aliados. En segundo lugar, porque reactivaron un debate altamente sensible sobre soberanía territorial dentro del espacio euroatlántico, algo excepcional entre Estados miembros de la OTAN y potencialmente desestabilizador para la arquitectura de seguridad colectiva.
Conviene subrayar que el discurso de Trump no se limita al caso específico de Groenlandia. Forma parte de una narrativa más amplia orientada a redefinir el liderazgo estadounidense, cuestionar compromisos tradicionales y priorizar una interpretación estricta del interés nacional, conceptos que por otro lado en su campaña electoral dejó entrever. En este sentido, Groenlandia funciona tanto como objeto concreto de interés estratégico como símbolo de una política exterior menos constreñida por normas multilaterales y más orientada a la maximización directa del poder.
¿Por qué Groenlandia? Aparte de lo previamente expuesto sobre intereses relativos a materiales raros y estrategia, la geopolítica del Ártico resulta incomprensible sin considerar el papel central de Groenlandia. Su ubicación estratégica, la creciente accesibilidad de sus recursos naturales y su particular estatus político la convierten en un territorio clave en la competencia global del siglo XXI. A medida que el Ártico se transforma en un espacio de rivalidad estructural, Groenlandia se sitúa en la intersección de intereses militares, económicos y diplomáticos de alcance global. El desafío para la isla y para el Reino de Dinamarca será gestionar estas presiones externas de forma que permita aprovechar las oportunidades emergentes sin perder el control sobre su propio futuro político.
Respecto al marco jurídico, desde la perspectiva del Derecho Internacional Público, la anexión de Groenlandia por parte de Estados Unidos carece de viabilidad jurídica en el contexto normativo vigente en 2026, pues forma parte del Reino de Dinamarca, y cualquier modificación de su estatus estaría sujeta a los principios fundamentales del derecho internacional, como el de integridad territorial de los Estados, recogido en la Carta de las Naciones Unidas, que prohíbe taxativamente la adquisición de un territorio mediante la amenaza o el uso de la fuerza; o el de autodeterminación de los pueblos, que reconoce a la población de Groenlandia el derecho a decidir su futuro político, que no implica la posibilidad de transferencia soberana a un tercer Estado sin un proceso claro, democrático y legalmente reconocido. A diferencia de precedentes históricos como la compra de Alaska en 1867, el contexto contemporáneo es radicalmente distinto, pues la soberanía territorial no se concibe como una mercancía transferible entre Estados por acuerdo bilateral sin la participación activa de la población afectada y sin supervisión internacional. Además, Groenlandia dispone desde 2009 de un régimen de autogobierno que reconoce explícitamente su derecho a avanzar hacia la independencia si así lo decide su población, lo que refuerza su condición de sujeto político diferenciado dentro del Reino de Dinamarca.
Europa, plantada ante Trump por Groenlandia
El pasado 6 de enero, los líderes de Francia, Alemania, Italia, Polonia, España, Reino Unido y Dinamarca firmaron una declaración en la que defienden que el futuro de Groenlandia y Dinamarca sólo puede ser determinado por sus propios ciudadanos y que la seguridad en el Ártico debe buscarse de forma colectiva por todos los aliados de la OTAN, incluido Estados Unidos. El texto, firmado por los jefes de Estado o Gobierno de los países previamente mencionados, subraya que la Alianza Atlántica debe tener la región ártica como prioridad clave, y que los aliados europeos están intensificando los esfuerzos, incrementando su presencia, actividades e inversiones para mantener el Ártico seguro y disuadir adversarios.
En la declaración, se invocaron los principios de inviolabilidad de fronteras, integridad territorial y soberana, incidiendo en que la seguridad del Ártico debe lograrse “de manera colectiva, en coordinación con los aliados de la OTAN, respetando los principios de la Carta de las Naciones Unidas”, finalizando con la siguiente sentencia: “Estos son principios universales y no dejaremos de defenderlos”, añadiendo que, para este cometido, “Estados Unidos es un socio esencial”.
La reacción del gobierno de Groenlandia no tardó en llegar, siendo el primer ministro, Jens Frederik Nielsen, quien en su perfil personal de Facebook diera las gracias a los firmantes y repetido a grandes rasgos la respuesta que dio al reclamo de Trump el día anterior a la declaración, pidiendo respeto a Estados Unidos en el diálogo, el discurso y la soberanía de este territorio autónomo, abriéndose la puerta a un diálogo respetuoso fuera de las amenazas de Trump, y a través de los canales diplomáticos y políticos existentes, basados en los acuerdos vigentes con Estados Unidos.
La declaración de los países europeos ha sido acertada, firme y acorde a las circunstancias a las que ha llevado el presidente Trump la situación, tornada hacia la tensión y la amenaza como arma diplomática. Por el otro lado, es cierto que no es un comunicado rupturista, teniendo en cuenta las ocasiones en las que se recalca repetidamente que Estados Unidos sigue siendo un socio esencial en seguridad transatlántica. Este balance deja claro que Europa busca reforzar las normas multilaterales y las alianzas estratégicas en un momento en el que la desconfianza es la norma, y en el que el sistema internacional se ubica plagado de propuestas y acciones unilaterales, por ello el tono de la declaración hacia Estados Unidos, buscando incluso con Washington y su entendimiento de la política exterior actual cooperación y alianza.
Groenlandia ¿y ahora qué?
El episodio controversial en torno a Groenlandia en el inicio de éste año 2026 no es un hecho aislado, sino que se encuentra enmarcado dentro del escenario de tensiones estructurales en el que se articula la actualidad transatlántica. Aunque las declaraciones del presidente estadounidense no derivaron en iniciativas formales, sí provocaron una reacción coordinada de aliados europeos.
En el corto plazo, probablemente la respuesta a la pregunta previamente formulada sería el de una contención diplomática que reafirme el status quo. Dinamarca, Groenlandia y sus socios europeos han clarificado que cualquier cambio del estatus debe estar enmarcado en el derecho internacional y la voluntad de su población, mientras que los intereses estratégicos estadounidenses deben canalizarse a través de la OTAN preferentemente y de acuerdos de cooperación mutua ya existentes. No obstante, la presión geopolítica sobre el territorio tenderá a intensificarse indudablemente. El aumento de la presencia militar, las inversiones estratégicas y la competencia por recursos críticos convierten a la isla en un espacio cada vez más disputado, donde la frontera entre la cooperación y rivalidad resulta difusa. En este contexto, la capacidad de Dinamarca y del gobierno autónomo groenlandés para gestionar influencias externas será un factor clave.
A más largo plazo, el caso de Groenlandia plantea una cuestión de fondo: si el Ártico evolucionará como un espacio gobernado por normas compartidas o como un nuevo escenario de competencia abierta entre grandes potencias. La respuesta no solo definirá el futuro de la isla, sino también la credibilidad del orden internacional en una de las regiones más estratégicas del siglo XXI.







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