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Guerra Rusia-Ucrania: la escalada de los ataques con drones y la presión diplomática

hace 4 días
10 min de lectura

El pasado 20 de septiembre, Ucrania lanzó contra la región de Moscú el mayor ataque con drones y misiles hasta la fecha. Desde entonces, Rusia y Ucrania han intercambiado una oleada de ataques durante los últimos días después del masivo ataque coincidiendo con la última jornada de las elecciones legislativas rusas. El Gobierno ruso acusó a Kiev de intentar alterar los comicios y anunció que intensificaría sus ataques contra objetivos militares en Ucrania, mientras que el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, defendió las operaciones de largo alcance como una respuesta a los bombardeos rusos.


El Ministerio de Defensa ruso aseguró el domingo que Ucrania había intentado «frustrar la expresión democrática de la voluntad» de los ciudadanos rusos mediante un ataque masivo con drones y misiles de crucero Flamingo durante los días 19 y 20 de septiembre. Moscú afirmó que todos los misiles Flamingo fueron destruidos antes de alcanzar objetivos civiles en la región de la capital.


Por su parte, las autoridades de la región de Moscú informaron de tres muertos y más de una veintena de heridos como consecuencia de los ataques. El alcalde de Moscú, Serguéi Sobianin, afirmó que más de 450 drones fueron derribados en las proximidades de la capital, en lo que describió como el mayor ataque de este tipo contra Moscú desde el comienzo de la guerra (Reuters, 2026).


El volumen de los ataques también provocó importantes alteraciones en el tráfico aéreo. Casi 450 vuelos fueron cancelados o aplazados en los aeropuertos de Moscú, mientras que al menos once localidades de la región registraron daños o consecuencias por la caída de fragmentos de drones. Las autoridades rusas abrieron además una investigación penal por un presunto ataque terrorista, pero no han dado detalles sobre los impactos de este ataque (Interfax Rusia, 2026)


Kiev reivindica ataques contra la industria petrolera rusa

Frente a la versión rusa, Zelenski confirmó que Ucrania había llevado a cabo operaciones de largo alcance contra instalaciones situadas en la región de Moscú. El presidente ucraniano aseguró que uno de los principales centros de la industria petrolera rusa y una instalación logística vinculada a la maquinaria militar habían sido alcanzados.


Zelenski sostuvo que estos ataques supondrían miles de millones de dólares menos para el esfuerzo bélico ruso y enumeró entre los sistemas empleados los drones y misiles FP-1, RZ-100, MICH-2000, Palianytsia, Vendetta, Liutyi, Bars, Flamingo, Sichen y Pelican. Fuentes ucranianas confirmaron asimismo ataques contra instalaciones petroleras y logísticas en la región de Moscú, así como el mismo Zelenski mediante la red social X (Zelenski, 2026).


El mandatario ucraniano había anunciado previamente la aprobación de nuevas operaciones de largo alcance contra Rusia como respuesta a los últimos ataques rusos sobre territorio ucraniano. Kiev presenta estas acciones como parte de su estrategia para reducir la capacidad rusa de sostener la guerra mediante ataques contra infraestructuras militares, logísticas y energéticas.


Elecciones legislativas en Rusia

Las elecciones legislativas son las primeras celebradas desde el inicio de la invasión a gran escala de Ucrania y se desarrollan en un contexto muy diferente al de anteriores comicios. Los ciudadanos rusos eligen a los 450 miembros de la Duma Estatal, la Cámara Baja del Parlamento, mediante un sistema mixto: 225 diputados son elegidos a través de listas de partidos y los otros 225 en circunscripciones uninominales. Este modelo permite que los partidos concurran a escala nacional, pero también que las formaciones con una implantación territorial más fuerte puedan obtener representación directamente en sus respectivas circunscripciones.


La principal característica de estos comicios, sin embargo, no es únicamente su sistema electoral, sino el contexto político en el que se celebran. La guerra de Ucrania condiciona la campaña y la propia posibilidad de competir. Las autoridades rusas han endurecido durante los últimos años las restricciones contra quienes cuestionan la ofensiva militar. Criticar públicamente al Ejército o difundir informaciones que las autoridades consideren falsas puede acarrear penas de prisión, mientras numerosos candidatos y organizaciones opositoras han quedado excluidos del proceso.


Moscú responde con ataques contra Kiev y Odesa

La respuesta rusa llegó durante la madrugada del 21 de septiembre. El Ministerio de Defensa de Rusia informó de ataques contra centros logísticos, almacenes, instalaciones energéticas y puertos ucranianos en las regiones de Kiev y Odesa.


Según la versión del Ministerio, las fuerzas rusas atacaron el centro BDU Logistic, en Shchastlive, destinado al almacenamiento y distribución de material militar, además de una distribuidora de gas situada en Boyarka. En Odesa, Rusia afirmó haber atacado un buque de carga seca con suministros militares y diferentes infraestructuras portuarias, así como otro barco que navegaba hacia el puerto con material destinado al Ejército ucraniano (EFE, 2026).


Al mismo tiempo, las defensas antiaéreas rusas afirmaron haber derribado 244 drones ucranianos durante esa noche en 19 regiones y sobre el mar Negro. La cifra fue considerablemente inferior a la comunicada por Moscú durante la jornada electoral, cuando Rusia aseguró haber destruido más de 1.600 drones, unos 450 de ellos en las inmediaciones de la capital.


El intercambio de ataques continuó el 21 de septiembre. Zelenski denunció ataques rusos contra diez regiones ucranianas y afirmó que en Zaporiyia resultaron dañados edificios residenciales de nueve plantas, una instalación universitaria, un centro comercial y una infraestructura de calefacción. También informó de la muerte de una mujer en Lozova, en la región de Járkov, además de varios heridos.


Estado de la guerra en Ucrania

Más de cuatro años después del inicio de la invasión rusa a gran escala de Ucrania, la guerra continúa sin una resolución militar o diplomática definitiva. En el frente terrestre, los cambios territoriales siguen siendo relativamente limitados en comparación con la dimensión del conflicto. Durante 2026, las fuerzas ucranianas han conseguido disputar a Rusia la iniciativa en distintos sectores, mientras las fuerzas rusas mantienen operaciones ofensivas en el este del país. El Institute for the Study of War (2026) ha señalado que Ucrania ha logrado recuperar capacidad de maniobra táctica en algunas zonas, como el eje de Lyman, mientras que la ofensiva rusa de primavera y verano no ha conseguido traducirse en una ruptura operacional del frente.


Este relativo estancamiento de las líneas terrestres no implica, sin embargo, una reducción de la intensidad de la guerra. Por el contrario, durante los últimos meses se ha producido una creciente intensificación de los ataques a larga distancia, especialmente mediante drones y misiles. Rusia continúa atacando ciudades, infraestructuras energéticas, ferroviarias, industriales y logísticas ucranianas, mientras Ucrania ha incrementado sus ataques contra objetivos situados en territorio ruso, particularmente instalaciones relacionadas con la producción y distribución de combustible y con la industria militar. El intercambio de ataques se ha mantenido incluso mientras las posiciones en el frente permanecen en buena medida estables.


En este contexto, los drones se han convertido en uno de los elementos centrales de la guerra contemporánea entre Rusia y Ucrania. Su utilización no se limita ya a pequeñas aeronaves destinadas a obtener información sobre las posiciones enemigas o a realizar ataques tácticos en las proximidades del frente. Los dos contendientes han desarrollado y empleado sistemas capaces de recorrer cientos de kilómetros y alcanzar objetivos situados muy lejos de la línea de contacto. De este modo, la distancia respecto al frente ha dejado de constituir una garantía de seguridad para ciudades e infraestructuras situadas en el interior de ambos países.


La evolución tecnológica de estos sistemas resulta especialmente significativa. Uno de los ejemplos más recientes es la incorporación por parte rusa de drones Shahed propulsados mediante motores a reacción, una evolución respecto a las versiones anteriores propulsadas por hélices. Según un análisis de Reuters publicado el 22 de septiembre, estos nuevos aparatos pueden volar a alturas de entre cuatro y siete kilómetros y a una velocidad considerablemente superior, lo que dificulta su interceptación mediante determinados sistemas de defensa aérea móviles. Las autoridades militares ucranianas estimaban que estaban interceptando aproximadamente el 60 % de estos drones propulsados a reacción, frente a más del 90 % de los modelos anteriores.


La evolución resulta relevante porque modifica la relación entre coste, volumen de ataque y capacidad defensiva. Rusia puede emplear grandes cantidades de drones para saturar las defensas aéreas ucranianas, obligando a Kiev a utilizar sistemas de interceptación que pueden ser mucho más costosos que los propios drones. Al mismo tiempo, los nuevos modelos reducen el tiempo disponible para reaccionar y amplían el número de objetivos que pueden ser amenazados. Reuters informó de que durante las tres primeras semanas de septiembre Rusia había lanzado, según datos proporcionados por las autoridades ucranianas, unos 2.100 drones de ataque propulsados a reacción y 136 misiles, con 288 personas fallecidas, incluidos cuatro niños. Estas cifras proceden de las autoridades ucranianas y, por tanto, deben entenderse como una estimación de una de las partes del conflicto (Reuters, 2026).


Pero la transformación no se limita a la tecnología utilizada. También está cambiando la escala y la frecuencia de los ataques. Los drones están siendo empleados de manera prácticamente continua, y no exclusivamente durante la noche, lo que incrementa la presión sobre los sistemas de defensa aérea y sobre la población civil. Además, los objetivos se han ampliado. Según Reuters, los ataques rusos recientes han afectado a sectores económicos estratégicos de Ucrania, entre ellos los puertos de exportación de grano, el sistema ferroviario, las instalaciones siderúrgicas y las infraestructuras logísticas. Paralelamente, Ucrania ha intensificado sus ataques contra refinerías y otras instalaciones energéticas rusas.


Esta dinámica ha convertido los drones en una herramienta no solo militar, sino también económica y estratégica. Los ataques contra refinerías, depósitos de combustible, redes ferroviarias o instalaciones industriales buscan reducir la capacidad del adversario para mantener el esfuerzo bélico y generar costes económicos. Por ejemplo, varios ataques con drones ucranianos obligaron durante septiembre a las refinerías rusas de Syzran y Saratov a detener temporalmente su actividad, según fuentes del sector citadas por Reuters. Las interrupciones podrían prolongarse durante semanas y contribuir a las dificultades de abastecimiento de combustible existentes en Rusia.


Ucrania, por su parte, ha desarrollado progresivamente una capacidad de ataque de largo alcance destinada a golpear objetivos situados dentro del territorio ruso. El objetivo declarado de estas operaciones incluye instalaciones energéticas, militares e industriales vinculadas al esfuerzo de guerra ruso. Esta estrategia ha aumentado la vulnerabilidad de regiones que hasta hace unos años se encontraban muy alejadas de las zonas de combate. En agosto, Zelenski anunció su intención de aumentar significativamente la producción y utilización de drones de largo alcance, mientras Kiev continúa desarrollando sistemas capaces de alcanzar objetivos a gran distancia (Al Jazeera, 2026).

El resultado es una transformación de la geografía del conflicto. La guerra ya no se desarrolla únicamente en las proximidades del frente, sino que también alcanza centros urbanos y económicos situados a cientos de kilómetros de las zonas de combate.


El fenómeno tampoco es exclusivamente ucraniano. Rusia continúa empleando grandes cantidades de drones y misiles contra territorio ucraniano. El propio 28 de septiembre, las autoridades ucranianas informaron de nuevos ataques rusos con drones que causaron víctimas y daños en edificios residenciales, oficinas y otras infraestructuras, mientras Ucrania afirma haber obtenido avances en determinados sectores del frente. Esto muestra que la guerra aérea y la guerra terrestre están evolucionando de manera simultánea: aunque las líneas del frente no experimenten cambios territoriales de gran magnitud, ambos contendientes pueden seguir incrementando la intensidad de sus ataques contra la retaguardia (Ukrinform, 2026).


Por tanto, el fenómeno de los drones permite entender una de las principales transformaciones experimentadas por la guerra ruso-ucraniana. La ausencia de grandes avances territoriales no equivale a una ausencia de evolución militar. La competición se está desplazando parcialmente hacia la capacidad de producir drones en grandes cantidades, mejorar su alcance y velocidad, superar las defensas aéreas del adversario y seleccionar objetivos cuya destrucción pueda generar efectos militares o económicos. Al mismo tiempo, la necesidad de defender territorios cada vez más extensos está obligando a ambos países a desarrollar nuevas tecnologías de interceptación y a buscar sistemas de defensa aérea más numerosos y eficaces.


La guerra de drones se convierte así en un elemento central de la estrategia de desgaste de ambos contendientes y en uno de los principales factores que explican por qué la intensidad del conflicto continúa aumentando incluso cuando el frente terrestre permanece relativamente estable.


Una escalada que llega en plena Asamblea General de la ONU

La intensificación de los ataques aéreos se produce, además, en un momento especialmente relevante para la diplomacia internacional. La 81.ª Asamblea General de Naciones Unidas se ha celebrado entre el 22 y el 28 de septiembre en Nueva York, coincidiendo con una nueva escalada de los ataques rusos y ucranianos. Durante la semana de alto nivel, la guerra de Ucrania volvió a ocupar un lugar destacado en los debates internacionales, tanto por el aumento de las víctimas civiles como por los esfuerzos diplomáticos orientados a alcanzar algún tipo de alto el fuego. El secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, volvió a reclamar un cese de las hostilidades y subrayó que la invasión rusa constituye una violación de la Carta de Naciones Unidas. Asimismo, la subsecretaria general para Asuntos Políticos y de Consolidación de la Paz, Rosemary DiCarlo, advirtió de que el conflicto se encuentra en una nueva fase de intensificación, caracterizada por el aumento de los ataques, de las víctimas civiles y del riesgo de expansión regional (ONU, 2026).


La celebración de la Asamblea General no significa, sin embargo, que Naciones Unidas disponga de capacidad para detener directamente los combates. Su importancia en este contexto es fundamentalmente diplomática y política: constituye un espacio en el que los Estados pueden fijar públicamente sus posiciones, construir apoyos y ejercer presión internacional. Durante esta 81.ª sesión, 51 Estados miembros reclamaron a Rusia un alto el fuego inmediato, completo e incondicional y el inicio de negociaciones significativas. La cuestión ucraniana también fue abordada en el Consejo de Seguridad, donde se puso especial atención en el incremento de las víctimas civiles y en los ataques contra ciudades alejadas del frente (ONU, 2026).


Al mismo tiempo, la semana diplomática permitió mantener abiertos algunos canales de negociación. Estados Unidos ha impulsado la reanudación de las conversaciones entre Rusia y Ucrania y ha planteado medidas parciales de desescalada, entre ellas un posible cese de los ataques contra infraestructuras energéticas, la recuperación de la navegación segura en el mar Negro y una eventual reunión trilateral entre Estados Unidos, Rusia y Ucrania. Zelenski también ha defendido públicamente una fórmula de este tipo, vinculando la suspensión de los ataques contra las infraestructuras energéticas ucranianas a medidas equivalentes por parte de Kiev (Reuters, 2026).


En este sentido, la 81.ª Asamblea General ha funcionado más como escenario de una disputa diplomática paralela al conflicto militar que como un punto de inflexión de la guerra. La ONU permite visibilizar el coste humanitario del conflicto, mantener la cuestión ucraniana dentro de la agenda internacional y ofrecer un espacio para el diálogo entre los Estados, pero no dispone por sí sola de los mecanismos necesarios para imponer un alto el fuego. La ausencia de un acuerdo inmediato durante esta semana confirma la distancia existente entre los esfuerzos diplomáticos y la realidad sobre el terreno. 


La coincidencia entre esta intensificación militar y la semana de alto nivel de Naciones Unidas pone de manifiesto una de las principales contradicciones del conflicto actual: mientras la comunidad internacional incrementa sus esfuerzos para abrir vías de negociación y promover una desescalada, Rusia y Ucrania continúan utilizando ataques de largo alcance para mejorar su posición militar y ejercer presión sobre el adversario. El futuro del conflicto dependerá, por tanto, no solo de la evolución del frente terrestre, sino también de la capacidad de ambos contendientes para sostener esta guerra de desgaste y de la disposición de sus principales socios internacionales a mantener o modificar el apoyo político, económico y militar que reciben.

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