top of page
  • Instagram
  • X
  • Threads

Haití: la nación en ruinas

  • Foto del escritor: nacionesenruinas
    nacionesenruinas
  • 7 ago 2025
  • 8 Min. de lectura

Cuando se nos vienen a la cabeza algunas “naciones en ruinas”, una de las primeras puede que sea para muchos la República de Haití. Este país lleva enfrentando situaciones convulsas prácticamente desde su independencia, exacerbadas especialmente desde inicios de la década de los 90´s. En este artículo haremos un repaso al cómo y por qué un supuesto paraíso tropical se ha convertido en uno de los peores lugares de la faz de la Tierra.


En primer lugar, comencemos con un breve repaso a la historia del país. Este país, ubicado en la isla de La Española, junto a la República Dominicana, previamente a la llegada de los europeos, pertenecía al pueblo taíno. No fue hasta la llegada de Cristóbal Colón en nombre de los Reyes Católicos que el territorio cambió de dueños en 1492. Sin embargo, los españoles exploramos principalmente la parte actualmente dominicana. En consecuencia, piratas y colonos franceses aprovecharon para ubicarse en la parte occidental de la isla, que hoy conocemos como Haití.


Con la llegada de los franceses, junto al estallido de la Guerra de los Nueve Años en la Europa continental, las potencias entraron en conflicto. Como resultado, se firmó el Tratado de Rijswijk de 1697, en el cual, se le otorgaba oficialmente a Francia la mitad occidental de la isla de La Española. Francia denominó al territorio Saint-Domingue y lo convirtió en la colonia más rica del Caribe, a base de esclavos traídos de África que cultivaban el azúcar, producto inmensamente preciado en la época.


Ante la cantidad ingente de abusos perpetrados por los colonizadores franceses, conocidos por la crueldad y los comportamientos sádicos llevados a cabo hacia los esclavos y locales, el pueblo acabó levantándose en armas. En 1791 estalló la revolución de los esclavos, liderados por Toussaint Louverture y Jean-Jacques Dessalines que, tras más de una década de lucha, consiguieron vencer al ejército francés de Napoleón. En consecuencia, Haití declaraba su independencia el 1 de enero de 1804, declarándose como la primera república negra libre del mundo y el primer país en abolir la esclavitud.


Sin embargo, el pequeño país no conocía lo que el futuro le deparaba. Sus ansías de libertad, ejemplo para muchos movimientos futuros en el continente, le hicieron pagar un alto precio. Estados Unidos y Francia frenaron su desarrollo, esencialmente por la indemnización de 150 millones de francos que reclamó Francia tras reconocer su independencia en 1825 –luego reducida a 90 millones–, la cual endeudó al país durante un siglo. Ello condujo al descontento social, golpes de Estado, incertidumbre política y a la represión.


Ante la situación inestable de la nación, los Estados Unidos ocuparon el país entre 1915 y 1934, justificándose en la protección de sus intereses económicos y políticos en el Caribe. Empresas y bancos estadounidenses tenían inversiones en Haití, por lo que Washington consideró la intervención como una manera de reconducir e imponer orden en un territorio clave, amenazado por una posible intervención francesa o alemana que pusiera en riesgo la hegemonía norteamericana en la región, especialmente en el contexto de la Primera Guerra Mundial y la reciente inauguración del Canal de Panamá en 1914, vital para los EEUU.


En 1934, Roosevelt manda retirar sus tropas bajo la política del “Buen Vecino”, pero mantendrá su dominio financiero hasta 1947. Esta ocupación, se tradujo en una falta de base democrática, puesto que las decisiones las tomaban desde Washington. Los gobiernos formados eran rápidamente depuestos, controlados por élites mulatas, generando crispación entre las clases bajas negras. A ello se le sumaron los conflictos con el dictador dominicano Rafael Trujillo, quien ordenó la masacre de miles de haitianos en la frontera –Masacre del Perejil–. En cuanto a la economía, no se lograron grandes avances, condenando al país a subsistir de las exportaciones agrarias, especialmente cafeteras. En virtud a todo ello, un médico populista negro fue cogiendo poder, prometiendo representar a los pobres, llegaba el nacimiento y ascenso de François  Duvalier –Papa Doc–, elegido presidente en 1957, dando inicio a una larga y severa dictadura.


Entre 1957 y 1986, Haití quedó en manos de la Dinastía de los Duvalier, dos de las dictaduras más largas y represivas de América, formada por los mandatos de François –Papa Doc– y su hijo Jean-Claude Duvalier –Baby Doc–. En primer lugar, Papa Doc estableció una dictadura autoritaria, proclamándose presidente vitalicio en 1964. El dictador utilizó el miedo como arma, especialmente a través de los Tonton Macoutes, milicia paramilitar que se encargaba de reprimir cualquier oposición. Asimismo, creó un culto a su personalidad, utilizando elementos de la religión vudú, que él mismo seguía para inspirar temor y lealtad.


Tras la muerte de Papa Doc en 1971, Jean-Claude tomó el poder con tan solo 19 años, convirtiéndose en el mandatario más jóven de la historia contemporánea. Continuó con el autoritarismo, pero con una imagen más moderada, optando hacia el apoyo internacional, lo cual, le llevó a recibir ayuda extranjera de EEUU, principalmente robada o mal administrada. Su régimen se caracterizó por la corrupción, represión, desempleo y la pobreza extrema que, durante los 80´s acabó por convertirse en una grave crisis económica y social que estalló en manifestaciones masivas en el 86. Baby-Doc huyó del país, exiliándose a Francia el 7 de febrero de 1986, terminando con una dictadura de casi 30 años que había mermado el país, devastado su economía, socavado las instituciones democráticas y dividido a su población.


Tras la caída de los Duvalier, Haití entró en una etapa de transición muy inestable, marcada por breves gobiernos, golpes de Estado, intervenciones y desastres naturales. Durante los primeros años tras la dictadura, los gobiernos eran en esencia juntas militares represivas y violentas. No sería hasta 1990 cuando se celebrarían las primeras elecciones democráticas, donde un sacerdote popular y defensor de los pobres ganó los comicios, Jean-Bertrand Aristide, depuesto por golpe militar ocho meses después por el general Raoul Cedrás, ya que la élite militar y económica vió en sus reformas sociales un peligro autoritario para aquellos que habían perdido privilegios.


Cedrás se convirtió en el dictador del país, nuevamente, entrando en un régimen militar dictatorial hasta 1994. El régimen se caracterizó por la violencia y la migración masiva de ciudadanos. En consecuencia, EEUU y la ONU impusieron sanciones económicas e intervinieron militarmente mediante la Operación Uphold Democracy con el objetivo de devolver el poder a Aristide. La operación contó con dos fases, una diplomática, liderada por Jimy Carter,Colin Powell y Sam Nunn, quienes acordaron evitar el conflicto y que Cedrás se exiliara. Seguidamente, la fase militar contó con el despliegue de más de 20,000 efectivos estadounidenses en 1994, acompañadas por fuerzas de otros países de forma multilateral, contando con el apoyo de la ONU, aprobada por el Consejo de Seguridad, con 12 votos a favor, 2 abstenciones –Rusia y China– y un voto en contra –Jamaica–.


Aristide volvió al poder, disminuyó la violencia, convocó elecciones para el 95 y acabó con la dictadura. Sin embargo, se le acusó de aceptar las condiciones neoliberales en materia económica impuestas por los EEUU y el FMI. Además, disolvió las fuerzas armadas haitianas, pero no construyó una fuerza de seguridad efectiva en su lugar, contribuyendo a una falta de poder y a la inestabilidad. En 1996, Aristide abandonó el cargo a favor de René Préval, aliado de Aristide, gobernando con una moderada coherencia y estabilidad, siendo el primer presidente haitiano en acabar su mandato democráticamente y traspasar el poder a otro presidente electo.


En el año 2000, volvió a ganar las elecciones Aristide, quien tuvo un mandato convulso, lleno de casos de corrupción, fraude y violencia. Finalmente, en 2004 fue revocado por golpe militar, motivado por el descontento social y la presión internacional. La ONU envió entonces a la misión MINUSTAH para estabilizar el país. Su objetivo principal era restaurar la seguridad, apoyar el proceso político y fortalecer las instituciones haitianas. Aunque ayudó en cierta parte y apoyó las elecciones, la misión fue muy polémica debido a la introducción accidental de cólera. La enfermedad causó miles de muertes, y denuncias de abusos sexuales cometidos por cascos azules, inclusive algunos infectados con la enfermedad. La misión se extendió hasta 2017, no habiendo conseguido su cometido, quedando más como una ocupación internacional del país que como una misión de paz.


Durante la duración de la MINUSTAH, Haití fue gobernado por interinos débiles que no lograron revertir ni mucho menos la situación nacional. A ello, se le sumó un devastador terremoto ocurrido en 2010, de magnitud 7.0, el cual destruyó la mayor parte de la capital, Puerto Príncipe, causando más de 200,000 muertes. A la vez, el cólera se extendía por la introducción involuntaria de unas tropas nepalíes que se encontraban en la misión de las Naciones Unidas, lo cual, sumado a las malas condiciones, devastó el país.


En 2011, llegaba al poder el Presidente Michel Martelly, con apoyo internacional. Nuevamente, los casos de corrupción, la falta de libertad de expresión, la oposición a elecciones legislativas y la represión de protestas caracterizaron al haitiano. ¿Resultado?: una crisis institucional estallada en 2015. Al año siguiente, bajo sospechas de fraude y por vacío de poder, se imponía Jovenel Moise, quien también siguió sufriendo las protestas contra la mala gestión y la corrupción. A su vez, su llegada coincidió con el Huracán Matthew, matando a 500 personas y arrasando los servicios, viviendas y la producción agrícola nacional. En consecuencia estalló una grave crisis: escasez de combustible, inflación al alza, encarecimiento de los alimentos… La inseguridad aumentó a la vez que los robos. Así pues, las bandas armadas comenzaron a tomar poder, especialmente en los barrios de la capital.


Moise se aferró al poder, alegando que le correspondía hasta 2022, mientras sus opositores demandaban su derrocamiento en 2021. En julio de 2021, finalmente, Moise fue brutalmente asesinado en su residencia, conmocionando a la comunidad internacional. Se desató entonces una disputa por el vacío de poder, con disputas entre líderes políticos y las pandillas. Desde 2022, el país está sumergido en una violencia extrema, secuestros masivos y una crisis de gobernabilidad.


La pobreza extrema sigue todavía en auge, el hambre se extiende por el país caribeño y los desastres naturales constantes socavan cualquier nefasta ayuda aportada por la comunidad internacional. Tras el asesinato de Moise, Airel Henry tomó el poder, pero sin elecciones celebradas, por lo que Haití no tiene instituciones legítimas o democráticas. Asimismo, las pandillas hacen el papel del Estado en algunas zonas del país, especialmente urbanas, asesinando, extorsionando y secuestrando con total impunidad, son a día de hoy una autoridad de facto.


La policía no tiene equipos ni medios, la población no tiene alimento, educación, sistema sanitario, financiero ni político; además, la justicia no funciona y el apoyo internacional es limitado. Pese a la propuesta de Kenia entre 2023 y 2024 para mandar 1,000 agentes de policía en una misión respaldada por la ONU –no bajo mandato directo de la misma– y apoyada por EEUU financieramente y otros países como Bahamas o Jamaica, no se pudo realizar. En 2024, la Corte Suprema de Kenia emitió un fallo que frenó el despliegue, argumentando falta de autorización legal, pese a que luego se volvería a retomar, pero nunca como fue inicialmente, logrando enviar tan solo a 400 efectivos.


Las pandillas hacen de Estado en Haití porque el Estado formal ha fallado totalmente. Ellas llenan el vacío de poder, ofreciendo servicios, control territorial y ejerciendo violencia, lo que les da poder de facto sobre la población. Esto no es solo un problema de seguridad, sino de un colapso institucional completo y una exclusión social histórica. Haití es el ejemplo de que todo es susceptible de empeorar, que pese a tener una historia reveladora puedes caer en la desgracia sin cuidarla. Haití es un Estado fallido por excelencia, una de nuestras “Naciones en Ruinas” que, tal vez, algún día, podamos ver con otros ojos.




Comentarios


Blog internacional

© 2025 Naciones en Ruinas. Todos los derechos reservados

bottom of page