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La cuestión étnica en Fiyi: retos para la cohesión nacional

  • Foto del escritor: José Manuel Jiménez Vidal
    José Manuel Jiménez Vidal
  • 17 nov 2025
  • 5 Min. de lectura

Fiyi, archipiélago del Pacífico Sur, es un Estado pequeño en tamaño pero sorprendentemente amplio en diversidad étnica y cultural. Su población se compone principalmente de los iTaukei, indígenas fiyianos que representan aproximadamente el 57,35% de los habitantes, y los indo-fiyianos, descendientes de inmigrantes indios traídos por los británicos durante la época colonial, que constituyen alrededor del 37,64%. La interacción entre ambos grupos ha sido uno de los ejes que ha definido la historia política, social y económica del país, alternando periodos de cooperación con momentos de tensión y conflicto abierto.


La llegada de los indo-fiyianos se remonta a finales del siglo XIX, respondiendo a las necesidades de mano de obra necesaria para las plantaciones de caña de azúcar fiyianas, bajo la administración colonial. Inicialmente, los trabajos eran contratados por períodos limitados, pero muchos terminaron asentándose de manera permanente, formando comunidades con estructuras sociales, culturales y lingüísticas propias. Esta comunidad ha desarrollado sistemas de educación, comercio y religión independientes: los indo-fiyianos hablan indostaní, profesan mayoritariamente el hinduismo y el islam, y mantienen tradicionesculturales que los diferencian de los iTaukei, que preservan su lengua y religión cristiana, esencialmente metodista. Este mosaico cultural, si bien puede ser enriquecedor en muchos aspectos, también ha sido fuente de fricciones históricas.


Desde el punto de vista económico, las diferencias entre ambos grupos han sido más que notables. Los iTaukei poseen la mayor parte de tierras del país, bajo un sistema comunal basado en la propiedad ancestral y regulado por la ley, mientras que los indo-fiyianos han dominado el sector comercial, financiero y agrícola más moderno, especialmente en las plantaciones de azúcar o el comercio urbano. Esta dicotomía ha generado desigualdades percibidas, resentimientos y, competencia por el control político, alimentado de las tensiones y señalamientos étnicos mutuos.


Tras la independencia en 1970, las tensiones se trasladaron de lo social y económico a lo político. La representación parlamentaria, el acceso a cargos de poder y los derechos sobre la tierra se convirtieron en temas centrales de la agenda nacional. La percepción de que los indo-fiyianos concentraban la riqueza nacional y la educación generó sentimientos de exclusión entre los iTaukei, mientras que los indo-fiyianos se sentían limitados por leyes y prácticas políticas que buscaban proteger las tierras indígenas, creando un ciclo de desconfianza mutua contínua.

 

Estas tensiones han derivado en diversos golpes de Estado a lo largo de la historia reciente en Fiyi. En 1987, un golpe liderado por oficiales iTaukei derrocó al gobierno, en gran parte compuesto por líderes indo-fiyianos, argumentando la necesidad de proteger los intereses de los indígenas. En el año 2000, un grupo extremista tomó el parlamento y mantuvo a líderes secuestrados, nuevamente utilizando argumentos étnicos para justificar sus acciones. El golpe de 2006, aunque con motivos más complejos, también reflejan tensiones étnicas latentes, mostrando que la política fiyiana sigue profundamente marcada por la división entre comunidades.


Además de los conflictos políticos, Fiyi ha enfrentado problemas sociales derivados de esta división étnica. Las tensiones se reflejan en el acceso desigual a educación, empleo y servicios sociales en algunas regiones, especialmente en áreas rurales donde la mayoría de los iTaukei reside. La migración interna hacia las ciudades, donde predominan los indo-fiyianos en el comercio y la industria, ha generado conflictos territoriales y competencia por recursos limitados. Asimismo, las diferencias culturales y religiosas han provocado malentendidos y, en ciertos casos, discriminación sutil o explícita.


La identidad nacional también ha sido un contínuo desafío. A pesar de los esfuerzos de las autoridades para promover una sociedad inclusiva, las memorias históricas de desigualdad y exclusión siguen influyendo en la manera en que ambos grupos se autoperciben. Los indo-fiyianos, aunque económicamente activos, a menudo se sienten políticamente marginados, mientras que muchos iTaukei temen la pérdida de su tierra, cultura y privilegios históricos. Estas percepciones afectan la política, la educación y la vida cotidiana, creando un escenario donde la cooperación requiere de una voluntad constante con medidas estructurales que equilibren las tensiones.


El sistema educativo ha intentado abordar estas divisiones, promoviendo el aprendizaje intercultural y la educación cívica. Sin embargo, aún existen barreras: escuelas predominantemente indo-fiyianas o iTaukei refuerzan diferencias lingüísticas y culturales, mientras que la enseñanza bilingüe y la promoción de la identidad nacional se enfrentan a limitaciones logísticas y presupuestarias. La falta de integración educativa perpetúa estereotipos y refuerza una segregación social motivada por las Partes.


En el plano económico, la dependencia de la caña de azúcar y el turismo también ha generado tensiones. La distribución de beneficios y el acceso a créditos, tierras arrendadas y mercados son percibidos de manera desigual, lo que a veces exacerba los conflictos entre comunidades rurales y urbanas. De tal forma, la emigración de indo-fiyianos hacia Australia, Nueva Zelanda y otros países ha afectado a la composición demográfica, aliviando parcialmente tensiones económicas pero generando preocupación entre los iTaukei por la “fuga” de mano de obra, cerebros y capital humano a nivel nacional.


A pesar de estos desafíos, Fiyi ha dado pasos importantes hacia la reconciliación y la construcción de una identidad nacional más inclusiva. Las reformas constitucionales recientes han buscado garantizar igualdad de derechos para todos los ciudadanos, independientemente de su origen étnico, y promover la participación política sin sesgo. Programas sociales y comunitarios buscan fomentar el diálogo intercultural, la cooperación económica y la comprensión mutua.


No obstante, el camino hacia la armonía étnica es todavía complejo. La historia de tensiones profundas, los golpes de Estado pasados, las desigualdades económicas, las diferencias culturales y los nuevos retos ligados a la globalización requieren un enfoque sostenido de reconciliación, el cual, es difícil de mantener en países de este perfil. La convivencia pacífica no puede darse por sentada; requiere de políticas prácticas e inclusivas, educación intercultural, distribución de recursos de manera equitativa y, sobre todo, voluntad entre las Partes para superar rencores históricos.


Hoy, Fiyi representa un ejemplo de cómo la diversidad étnica y cultural puede coexistir con desafíos. El país sigue construyendo un equilibrio que respete y preserve las tradiciones indígenas, mientras íntegra a todos sus ciudadanos en un proyecto común de desarrollo y cohesión social. La experiencia de Fiyi muestra que la paz y la estabilidad no dependen de acuerdos puntuales, sino de procesos continuos de diálogo, entendimiento y compromiso entre actores.


En suma, Fiyi enfrenta una dualidad: la coexistencia entre iTaukei e indo-fiyianos ha sido fuente de riqueza cultural y económica, pero también de conflictos persistentes. Abordar estos problemas implica reconocer culpas, desigualdades, fomentar la integración y educación, y garantizar que todos los ciudadanos tengan acceso a oportunidades igualitarias y justas. La historia de Fiyi demuestra que los conflictos étnicos pueden mitigarse, pero mediante el respeto y el compromiso firme que derive en la reconciliación.

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