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Nueva Zelanda: el país que vende magia

  • Foto del escritor: José Manuel Jiménez Vidal
    José Manuel Jiménez Vidal
  • 5 oct 2025
  • 5 Min. de lectura

Cuando Peter Jackson llevó a la gran pantalla la trilogía de El Señor de los Anillos entre 2001 y 2003, no solo creó un fenómeno cinematográfico sin igual a nivel global, sino que también transformó la identidad y la economía de un país remoto: Nueva Zelanda. Gracias a estas películas, la nación insular pasó de ser un destino poco conocido a convertirse en la representación física de la mítica Comarca, un lugar que millones de personas soñaban con visitar.


Un impulso económico

El rodaje de las películas supuso una inversión muy considerable en infraestructura y talento local. Compañías como Weta Workshop y Weta Digital se consolidaron como referentes mundiales en efectos especiales y diseño de producción, generando empleos y trayendo inversiones extranjeras. Esta industria cinematográfica fortalecida permitió que Nueva Zelanda se posicionase como un destino atractivo para otros grandes rodajes internacionales, desde El Hobbit hasta Avatar, Las Crónicas de Narnia o Mulan. Más allá del cine, el país vio un crecimiento económico directo e indirecto gracias al aumento del turismo y la promoción global de su imagen y empresas.


El auge turístico

Tal vez, el impacto más notable sea el turismo. Miles de personas viajan cada año para recorrer los escenarios que se convirtieron en la Tierra Media: Hobbiton en Matamata, Tongariro como Mordor o Fiordland evocando a los bosques de Fangorn. Hobbiton, reconstruido como un set turístico permanente, se ha convertido en una de las principales atracciones del país y de la región. El gobierno y agencias de turismo supieron capitalizar perfectamente el fenómeno de masas mediante campañas promocionales que vinculaban Nueva Zelanda con la Tierra Media, reforzando así la imagen del país en el imaginario popular.


Se estima que el turismo hacia el país de Oceanía aumentó un 40% debido a la famosa trilogía. En aquel entonces, entre un 15-20% de los turistas mencionaban que la principal razón de su viaje había sido motivada por las películas. El país, pasó de recibir cerca de 1,5 millones de turistas a rápidamente colocarse en los 2,1 millones, los cuales no han dejado de aumentar hasta llegar a los 3,90 millones. En consecuencia, miles de empleos se crearon en sectores como el alojamiento, el transporte, los guías turísticos o la restauración. La industria turística neozelandesa aumentó hasta llegar al 6% del PIB nacional, por un valor de unos 12 mil millones de dólares en ingresos anuales.  Actualmente, el turismo representa un 7,5% del PIB, habiendo mejorado notablemente pese a la caída drástica durante la pandemia de COVID-19.


Durante el rodaje de las películas, se estima que se crearon unos 15,000 empleos directos –en un país de poco más de 5,2 millones de habitantes–. Indirectamente, más allá de técnicos, actores, diseñadores de vestuario, electricistas y otros profesionales del cine, los datos rondan entre los 20,000 y 25,000 empleos indirectos adicionales durante la producción y los años posteriores, dejando un legado laboral que benefició el rodaje de nuevas filmografías. Aproximadamente, un 1% de la población activa neozelandesa, coetánea a las grabaciones –no actual– trabajó directa e indirectamente gracias a El Señor de los Anillos.


Los beneficios turísticos mejoraron: más gasto por parte de los visitantes –actualmente sobre los 12,2 mil millones de dólares anuales–, y se invirtieron sabiamente; construyeron sets permanentes ambientados, mejoraron carreteras y aeropuertos –como el de Auckland–, así como condiciones de rodaje, lo que benefició en gran medida al turismo posterior. La trilogía fue un anuncio no pagado, colocando a Nueva Zelanda en el mapa mundial como destino turístico. 


Transformación cultural y social

Más allá de la economía y el turismo, El Señor de los Anillos generó un profundo impacto en la cultura local. Los neozelandeses comenzaron a sentirse orgullosos de ser los guardianes de los paisajes que inspiraron a Tolkien y a Peter Jackson. Sin embargo, este fenómeno también planteó nuevos debates sobre la comercialización de la naturaleza y la dependencia excesiva de la fama cinematográfica para la identidad nacional. Aun así, es innegable que hoy el nombre de Nueva Zelanda se asocia internacionalmente con magia, aventuras y paisajes naturales impresionantes.


Nueva Zelanda destaca por una extraordinaria belleza y riqueza natural, caracterizada por el cambio paisajístico entre montañas nevadas de los Alpes del Sur, fiordos profundos, bosques subtropicales, playas vírgenes y lagos cristalinos, junto a volcanes, archipiélagos y un vasto Océano Pacífico. Esta biodiversidad única, que combina especies endémicas como el kiwi, el kakapo, la kea, la weka o el tuatara; con ecosistemas marinos y terrestres impresionantes, no sólo sostiene una fuerte identidad cultural y turística, sino que desempeña un papel crucial en la conservación global de la naturaleza. Los parques nacionales –13 en total con carácter de protección oficial– y reservas protegidas –unas 3,000 incluyendo áreas de conservación– del país ofrecen hábitats esenciales para flora y fauna únicas en el mundo –Nueva Zelanda cuenta con unas 80,000 especies nativas, del cual un 80% son endémicas–, al tiempo que atraen a millones de visitantes cada año, posicionando al país como un modelo de armonía entre el desarrollo económico y la preservación ambiental. 


Impacto en la política y las relaciones internacionales

El éxito global de las películas posicionó al Estado insular como destino turístico de primer nivel y como un país moderno, creativo y capaz de producir cine de clase mundial. En consecuencia, se reforzó la “marca país” y permitió proyectar una imagen positiva y atractiva ante gobiernos, inversionistas y turistas, facilitando relaciones diplomáticas y comerciales más favorables.

El fenómeno impulsó al gobierno a crear políticas de apoyo a la industria cinematográfica, incluyendo créditos fiscales, subvenciones y la consolidación de estudios. Esto fortaleció la industria local, mejorando la economía y la imagen creativa internacional, atrayendo a coproducciones y empresas extranjeras.


También se benefició la herramienta de la “diplomacia cultural”, promoviendo la cultura y la naturaleza alrededor de festivales internacionales, premieres y eventos turísticos. La prensa de figuras internacionales asociadas a las películas permitió estrechar vínculos con otros países, especialmente con EEUU –debido a Hollywood– y Reino Unido –se fortaleció posición estatal dentro del Commonwealth para iniciativas educativas y culturales–, y aumentar la visibilidad de Nueva Zelanda ante organismos internacionales de cine, turismo y cultura. Otros países con los que Wellington mejoró las relaciones fueron: Australia –cooperación logística debido al mayor peso de los aeropuertos australianos en la región, puerta de entrada hacia Nueva Zelanda–; Alemania, Francia, Japón y China –programas de intercambios culturales y atracción de empresas cinematográficas y de documentales–.


En términos económicos, las relaciones comerciales aumentaron, especialmente debido a los empleos y a las exportaciones de servicios de efectos especiales, así como al turismo, fortaleciendo el papel del país como socio confiable en la industria. 


Legado duradero

Más de dos décadas después, la influencia de la saga permanece. La serie Los Anillos de Poder y los tours temáticos mantienen vivo el interés de turistas y fans, consolidando a Nueva Zelanda como un referente cultural y turístico global. La trilogía dejó un legado cinematográfico, pero también mejoró la imagen y percepción del país, que ahora se reconoce como un espacio creativo y paisajístico único en el mundo.

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