La esfera de influencia de Rusia tras la URSS: del espacio postsoviético a la guerra de Ucrania
- Octavio Jesús Lorenzo Hernández
- hace 3 días
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El 25 de diciembre de 1991, Mijaíl Gorbachov firmó su renuncia como presidente de la Unión Soviética y, la bandera roja con hoz y martillo, fue eliminada para siempre del cielo del Kremlin. Lo que durante casi setenta años había sido la segunda potencia del mundo se disolvía en quince repúblicas independientes, dejando un vacío de poder en gran parte del mundo y consolidando así, el éxito de las democracias liberales, que Francis Fukuyama denominaría como "el fin de la historia".
Para muchos en Moscú, fue el mayor desastre geopolítico del siglo XX. Para Washington, la caída de la URSS, consolidó la hegemonía estadounidense en el mundo. Hasta la llegada de Vladimir Putin al poder, la política rusa se mantuvo en un perfil bajo y en una reestructuración constante del discurso, debido a los problemas internos y la crisis económica que llevaba años arrastrando el país. Putin, en su primer discurso de investidura en el año 2000 dijo que “Rusia fue fundada como un Estado supercentralizado desde el principio, esto es inherente a nuestro código genético, a nuestras tradiciones y a la mentalidad de la gente”. Con estas palabras dejaba clara su postura sobre la unión de la Federación Rusa, su rechazo a cualquier tipo de separatismo y la forma en la que quería gobernar la nación.
El fin de la historia: la URSS y su colapso
La URSS, que surgió en 1922, era una construcción formalmente federal que agrupaba bajo un solo Estado a decenas de pueblos, lenguas y culturas diferentes, desde los países bálticos hasta Asia Central, desde el Cáucaso hasta Siberia. En la práctica, la federación era una fachada que ocultaba el control centralizado del Partido Comunista desde Moscú, pero la estructura formal, con repúblicas que tenían sus propias constituciones, sus propios parlamentos nominales y sus propias identidades nacionales reconocidas, fue la que proporcionó el cauce jurídico para la disolución cuando el sistema entró en crisis.
Esa crisis llegó de la mano de Gorbachov, quien en la segunda mitad de los años ochenta lanzó dos reformas que acabaron por resultar incompatibles entre sí, la “glasnost” (transparencia), que abría el sistema político soviético a la crítica y al debate público, y la “perestroika” (reestructuración), que pretendía modernizar la economía sin abandonar las políticas socialistas. Lo que Gorbachov no anticipó fue que la transparencia y la crítica, una vez que se abre, no se puede cerrar a voluntad, esto ocasionó que la liberación de décadas de memorias reprimidas, agravios nacionales, críticas al partido y reivindicaciones identitarias no pudieran ser absorbidas rápidamente por el estado.
Las repúblicas del Báltico fueron las primeras en proclamar su independencia en 1990, invocando la continuidad legal de sus Estados independientes de entreguerras. El resto siguió en cadena, y cuando en agosto de 1991 un golpe de Estado fallido de los sectores más conservadores del partido aceleró el desmoronamiento, la URSS ya no tenía forma de sostenerse. El 21 de diciembre de 1991, once de las quince repúblicas firmaron en Alma-Ata el acta de defunción de la Unión Soviética y fundaron la Comunidad de Estados Independientes.
La Rusia que emergió de ese proceso era un país en estado de shock, entre 1991 y 1999, bajo la presidencia de Boris Yeltsin, atravesó una de las transiciones económicas más traumáticas de la historia moderna. El PIB se contrajo entre un 40 y un 50%, la esperanza de vida de los hombres cayó casi una década, la mortalidad infantil aumentó, y el proceso de privatizaciones, diseñado por economistas neoliberales rusos y asesores occidentales, transfirió la mayor parte de los activos del Estado a un grupo reducido de oligarcas. Así, el Estado ruso se desintegraba, su ejército era humillado en Chechenia, y su influencia sobre las antiguas repúblicas soviéticas se reducía a medida que estas buscaban anclarse en nuevas alianzas.
Putin y el proyecto de la "Gran Rusia"
Putin llegó a la presidencia en el año 2000 con la promesa de restablecer el orden, recuperar el peso de Rusia en el mundo y reafirmar la presencia del Estado allí donde Yeltsin lo había dejado retroceder. Los precios del petróleo, que se dispararon durante la primera década del siglo XXI gracias, en parte a la demanda china, proporcionaron los recursos financieros para financiar ese proyecto. La estabilización macroeconómica y el crecimiento del PIB durante los años 2000 le dieron a Putin un apoyo popular genuino, al margen de los mecanismos de control que progresivamente fue instalando sobre la política, los medios de comunicación y la sociedad.
En política exterior, la prioridad estratégica de Putin fue siempre el "exterior próximo", es decir, el espacio de las antiguas repúblicas soviético. En este sentido, para Moscú los países que forman ese espacio no son Estados completamente soberanos, sino que pertenecen a una esfera de influencia legítima de Rusia, en la que Occidente, la UE y la OTAN no tienen derecho a interferir.
Este principio, que Alexander Duguin articuló en su obra “Los fundamentos de la geopolítica”, publicada en 1997, fue el telón de fondo de prácticamente todas las decisiones de política exterior rusa de los últimos veinticinco años. Según la CESEDEN (Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional) este libro se sigue estudiando en la Academia rusa del Estado Mayor y otras universidades militares del país como teoría básica para entender las lógicas detrás de la política exterior del país.
En este sentido, para mantener esa influencia, Rusia desarrolló un conjunto de instrumentos que funcionaban simultáneamente en distintos planos, siendo uno de estos el plano energético. Antes de la guerra de Ucrania, Rusia suministraba aproximadamente el 40% del gas importado que consumía la Unión Europea, y para muchos países del espacio postsoviético, la dependencia era prácticamente total.
Cuando Ucrania o Bielorrusia intentaban moverse demasiado lejos de la órbita de Moscú, aparecían "disputas técnicas" con Gazprom que derivaban en cortes de suministro o incrementos bruscos de precios. La crisis del gas entre Rusia y Ucrania de 2006 y 2009, que dejó sin suministro a dieciocho países europeos en pleno invierno, fue el recordatorio más explícito de que el gas ruso no era solo un combustible sino una herramienta de presión geopolítica.
Otro de estos instrumentos, por el lado militar, es la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, fundada en 1992 y que agrupa a Rusia, Bielorrusia, Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán y Armenia. La OTSC se presentaba como la respuesta a la OTAN pero, en la práctica, ha funcionado durante años como un mecanismo de legitimación de la influencia militar rusa en el espacio postsoviético. Ejemplos de esto es visible en las intervenciones rusas en Kazajistán en enero de 2022, con el objetivo de apoyar al presidente Tokáyev frente a las protestas ciudadanas, o las tropas rusas en Nagorno Karabaj, que respondieron en la práctica a los intereses estratégicos de Moscú más que a ningún principio de defensa colectiva genuina.
En este sentido, Rusia también ha jugado una estrategia de interferencia política directa en forma de apoyo a partidos, candidatos y medios de comunicación favorables a sus intereses en los países de su órbita. Esta interferencia ha ido cambiando con los años, pero principalmente se ha basado en la financiación opaca de partidos prorrusos en los países bálticos y en Europa central, así como oriental, apoyo mediático a través de RT (Russia Today) y la cadena de radio Sputnik, junto a operaciones de desinformación activa para influir en procesos electorales.
Por ejemplo, el año pasado, el gobierno de Letonia lanzó una alarma a su población por la detención de espías rusos disfrazados como mochileros en el país. Otro caso a destacar son las recientes investigaciones que el Washington Post ha realizado al anterior primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, que confirman que su gobierno compartio contenido de las cumbres de la Unión Europea durante años con su homólogo ruso Sergei Lavrov.
Los satélites de Moscú: Bielorrusia, Georgia y Kazajistán
El caso más evidente de dependencia total de Rusia es el de Bielorrusia bajo Aleksandr Lukashenko, que gobierna el país desde 1994. Durante años, Lukashenko intentó mantener una posición de cierto equilibrio entre Moscú y Occidente, obteniendo ventajas de ambos lados, pero ese juego se acabó en agosto de 2020, cuando las elecciones presidenciales en las que se declaró ganador con un 80% de los votos desencadenaron las protestas más grandes de la historia del país, con cientos de miles de personas en las calles de Minsk durante semanas.
Putin ofreció apoyo político a Lukashenko y amenazó con una intervención militar si el movimiento de protesta llegaba demasiado lejos. Además, los préstamos rusos permitieron al régimen sobrevivir a las sanciones occidentales, que siguieron a la brutal represión de las manifestaciones. El precio que Lukashenko pagó por esa salvación fue convertir a Bielorrusia, de facto, en parte del espacio militar ruso, cediendo el territorio para el despliegue de tropas rusas en la fase inicial de la invasión de Ucrania en febrero de 2022, siendo desde entonces ha sido prácticamente indistinguible de un Estado vasallo de Moscú, con armas nucleares tácticas rusas desplegadas en su suelo.
Georgia es otro de los ejemplos donde podemos apreciar las acciones que toma Rusia cuando ve que está perdiendo un país de su órbita. La Revolución de las Rosas de 2003, que trajo al poder al pro occidental Mijeíl Saakashvili, marcó el inicio de una deriva hacia la UE y la OTAN que Moscú no estaba dispuesto a tolerar. La respuesta de Rusia llegó en agosto de 2008, cuando el ejército ruso invadió Georgia, reconoció como "repúblicas independientes" a Osetia del Sur y Abjasia, dos territorios separatistas que, desde la independencia georgiana, habían estado bajo tutela de facto de Moscú, dejando a las tropas rusas a cuarenta kilómetros de Tbilisi, la capital, en lo que muchos analistas interpretaron como un ensayo general de lo que ocurriría años después en Ucrania.
Las protestas que sacudieron Georgia a finales de 2024 mostraron que, décadas después, la sociedad georgiana sigue dividida entre tener una mejor relación con Europa y la presión de Moscú. El partido gobernante Sueño Georgiano, acusado por la oposición y la presidenta de haber amañado las elecciones de octubre de 2024 con apoyo ruso, suspendió las negociaciones de adhesión a la UE, lo que desencadenó protestas masivas en Tbilisi, con manifestantes que agitaban banderas europeas frente a cañones de agua.
Si analizamos el caso de Kazajistán, el país estuvo durante décadas bajo la presidencia de Nursultán Nazarbáyev (1991-2019), practicando una política de equilibrio entre Rusia, China y Occidente. El país forma parte de la OTSC y de la Unión Económica Euroasiática (UEE), los dos principales proyectos de integración regional liderados por Rusia, pero al mismo tiempo, ha mantenido relaciones comerciales y de inversión con China, exportando su petróleo y evitando, en la medida de lo posible, la dependencia exclusiva de las rutas rusas.
Las protestas de enero de 2022, que amenazaron brevemente con desestabilizar al régimen del presidente Tokáyev y que fueron aplastadas con ayuda de la OTSC, mostraron que Kazajistán sigue necesitando a Rusia para su seguridad interna, pero la posterior negativa de Tokáyev a apoyar públicamente la invasión de Ucrania, expresada con cierta claridad en junio de 2022 durante el Foro Económico de San Petersburgo y ante la cara de Putin, mostró también que Astaná no tiene intención de convertirse en otro Minsk.
La influencia rusa más allá del espacio postsoviético y la penetración en la UE: Hungría y Eslovaquia
Moscú desde hace años lleva trabajando una estrategia de influencia y manipulación dentro de la UE y, consecuentemente, dentro de la OTAN. El caso más llamativo es el de Viktor Orbán en Hungría, el primer ministro húngaro, que gobernaba el país desde 2010 con creciente concentración de poder, ha mantenido desde el principio de su mandato una relación privilegiada con Rusia que va mucho más allá de lo que puede explicarse en términos puramente económicos. Hungría recibe gas ruso a través del gasoducto TurkStream, y Orbán se negó durante años a apoyar las sanciones europeas más duras contra Rusia, bloqueando en múltiples ocasiones en el Consejo Europeo decisiones que requerían unanimidad.
El banco estatal ruso VTB financió proyectos en Hungría, y la empresa estatal Gazprom llegó incluso, en un gesto que tiene más de simbólico que de económico, a patrocinar al Fútbol Club Ferencváros de Budapest. La construcción de la central nuclear de Paks 2, financiada con créditos rusos y ejecutada por la empresa estatal Rosatom, es quizás el ejemplo más concreto de hasta qué punto Orbán aceptó atar su país a Moscú de forma estructural y a largo plazo. En la víspera de las elecciones legislativas húngaras de abril de 2026, los servicios de inteligencia de varios países europeos alertaron sobre una injerencia activa rusa para apuntalar a Orbán en el poder, estrategia que, para malestar de Putin, fracasó, debido a que el partido del candidato Péter Magyar logró obtener una mayoría holgada, logrando un giro pro occidental en Hungría después de 16 años en el poder.
Robert Fico en Eslovaquia, que también ha mostrado una posición de abierta simpatía hacia Rusia desde que regresó al poder en 2023, es otro ejemplo de cómo Moscú ha cultivado la extrema derecha y los partidos populistas europeos como palanca para debilitar la cohesión de la respuesta occidental ante la guerra de Ucrania. El patrón es similar al de Hungría, financiación opaca, contactos con los partidos antes de que lleguen al poder, y una narrativa de "soberanismo" frente a Bruselas que encaja perfectamente con el discurso antiglobalización de esas formaciones, a la par que beneficia los intereses de Moscú al dividir la Unión Europea desde dentro.
Ucrania, el gas y la pérdida de Armenia
La invasión a gran escala de Ucrania, que Putin esperaba resolver en días o semanas, se convirtió en un conflicto prolongado que ha consumido recursos materiales y humanos rusos en una escala que nadie, ni dentro ni fuera del Kremlin, había previsto. Pero más allá del coste directo de la guerra, las consecuencias sobre la posición de Rusia en su propia esfera de influencia han sido devastadoras.
El gas llevaba veinte años siendo el principal instrumento de presión económica de Moscú sobre Europa, y sobre buena parte del espacio postsoviético, sin embargo, la dependencia económica sobre este ha sido uno de los mayores lastres en las cuentas rusas en los últimos años. Europa, que antes de la guerra dependía del gas ruso para casi el 40% de su consumo, inició un proceso de diversificación acelerado que, en menos de dos años, redujo esa dependencia a niveles marginales, con importaciones de gas natural licuado (GNL) de Estados Unidos, Noruega y Qatar, interconexiones eléctricas con países vecinos, aceleración de renovables y, en algunos casos, la decisión de reactivar el carbón y la energía nuclear.
El gasoducto Nord Stream 1, saboteado en septiembre de 2022 en circunstancias que todavía no han sido completamente esclarecidas, ya no existe, y el tránsito de gas ruso por Ucrania, que continuó incluso durante los tres primeros años de guerra en virtud de un acuerdo previo, terminó definitivamente el 1 de enero de 2025, cuando Kiev se negó a renovar el contrato de tránsito con Gazprom. En 2025, Rusia prácticamente había perdido el mercado europeo del gas, su mayor cliente durante décadas, y lo había sustituido en parte por exportaciones hacia China, aunque a precios mucho menos favorables y sin recuperar el volumen de ingresos previos, perdiendo de esta manera el arma energética que durante años mantuvo usó el país contra Europa.
La pérdida más simbólica, y más reveladora de la situación actual de Rusia es, sin embargo, la de Armenia, ya que este país fue uno de los aliados más leales de Moscú en el Cáucaso durante años, dependiente del gas ruso, con una base militar rusa en su territorio y con guardias fronterizos rusos custodiando incluso el aeropuerto internacional de Ereván. La relación se sostenia sobre la garantía de que Moscú protegería a Armenia frente a Azerbaiyán en el conflicto por Nagorno Karabaj, un enclave de población mayoritariamente armenia que, tras la disolución de la URSS, quedó dentro de las fronteras azerbaiyanas, pero bajo control armenio de facto.
Esa garantía se evaporó primero en 2020, cuando Azerbaiyán lanzó una ofensiva militar que recuperó en cuarenta y cuatro días buena parte del territorio que había perdido en los años noventa. Durante esta ofensiva, Rusia apenas intervino más allá de negociar un alto el fuego, que dejó a los armenios en una posición debilitada. Asi, definitivamente en septiembre de 2023, Azerbaiyán lanzó una operación militar relámpago de apenas veinticuatro horas que tomó el control total de Nagorno Karabaj, forzando el éxodo de más de 100.000 armenios que, en cuestión de días, abandonaron sus hogares cruzando hacia Armenia.
Los soldados rusos de mantenimiento de la paz, que llevaban tres años desplegados en la región, se quedaron, y Rusia, metida de lleno en su guerra en Ucrania, no tenía ni la voluntad ni los recursos para dar la batalla en otro frente del Cáucaso, retirando en abril de 2024 definitivamente sus fuerzas de paz de Nagorno Karabaj. A lo largo de 2024, Armenia suspendió su participación activa en la OTSC y comenzó a acercarse a la Unión Europea y a Francia, con el cual firmó acuerdos de cooperación en materia de defensa. Para Moscú, perder a Armenia es perder el eslabón clave de su presencia en el Cáucaso del Sur, la región donde durante dos siglos los imperios han competido por el control de las rutas entre el Mar Negro y el Mar Caspio.
El declive de una esfera de influencia
La imagen que emerge es la de una esfera de influencia que siempre fue más frágil de lo que parecía desde fuera, y cuya fragilidad se ha hecho definitivamente visible a partir de 2022. Rusia ha perdido de distintas formas y en grados distintos la capacidad de proyectar poder sobre prácticamente todos los países que configuraban su órbita tradicional. Ucrania, que fue siempre el país más importante de ese espacio, sin el cual Putin consideraba inconcebible una "Gran Rusia", lleva más de cuatro años resistiendo una invasión a gran escala y, lejos de ceder, ha avanzado en su candidatura a la Unión Europea y ha profundizado su integración con las instituciones occidentales.
Por su parte, Georgia está dividida, pero su sociedad sigue mirando hacia Europa. Armenia se está desvinculando activamente de las estructuras de seguridad rusas, Kazajistán mantiene sus distancias y no condena la invasión, pero tampoco la apoya explícitamente y sigue cultivando sus relaciones con China y Occidente. Incluso dentro de la UE, donde Rusia había cultivado durante años a Orbán como su principal aliado, las acusaciones de espionaje y filtración de información clasificada a Moscú han alcanzado un nivel que difícilmente puede sostenerse sin consecuencias.
El único aliado que Rusia ha consolidado sin ambigüedad en este período es Bielorrusia, pero a un precio que ilustra perfectamente el callejón sin salida al que conduce esa relación. Lukashenko se ha convertido en un socio tan dependiente, tan atado a la supervivencia política que Moscú le garantizó, que ha cedido la soberanía efectiva de su país sin haber obtenido casi nada a cambio.
La gran paradoja de la estrategia postsoviética rusa es que el intento de recuperar por la fuerza lo que la historia ya se había llevado ha acelerado lo que Moscú quería evitar, la reorientación de los países de su esfera hacia otros polos de poder. En este sentido, la invasión de Georgia en 2008 no evitó que los georgianos siguieran mirando a Europa, el abandono de Armenia en el Karabaj no evitó que el país buscara nuevos aliados y la dependencia energética, que durante veinte años mantuvo a Europa parcialmente atada a Moscú, terminó por acelerarse cuando dejó de ser una opción política.
La esfera de influencia rusa se está contrayendo, no de forma definitiva, porque las relaciones históricas, económicas y culturales que vinculan a esas sociedades con Rusia son reales y profundas, y no desaparecerán de un día para otro. Pero el modelo sobre el que se sostuvo durante treinta años, la combinación de dependencia energética, alianzas militares, interferencia política y amenaza latente de fuerza, ha mostrado sus límites de forma tan contundente que ya no puede restaurarse simplemente con más de lo mismo.
Rusia sigue siendo una potencia nuclear, sigue teniendo el mayor ejército de Europa y sigue siendo capaz de proyectar fuerza militar en sus fronteras, pero el poder blando, la capacidad de atraer, de convencer, de hacer que los países de su entorno prefieran voluntariamente su órbita, se ha evaporado, y sin él, lo único que queda es la fuerza militar, que como Ucrania está demostrando, no siempre es suficiente para imponerse.
