Los Estados Unidos: una nación “elegida” del mito fundacional del Destino Manifiesto al excepcionalismo contemporáneo
- Diego Caballero Ullán

- hace 5 días
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«Es nuestro deber civilizar al mundo, extender las bendiciones de las instituciones anglosajonas y llevar la ley y el orden a las razas no civilizadas.»
La sentencia del teólogo y reformista Josiah Strong no constituye una mera declaración propia de su contexto histórico, sino la condensación de una tradición ideológica profundamente arraigada en la evolución de Estados Unidos. Bajo diversas formulaciones, esa tradición ha servido para legitimar la expansión territorial, estructurar proyectos políticos y justificar la proyección internacional del país. Su expresión más conocida —el denominado Destino Manifiesto— no debe entenderse como una doctrina aislada o circunscrita al siglo XIX, sino como el resultado de una genealogía intelectual más amplia que articula religión, política y cultura en torno a una idea central: la convicción de que Estados Unidos ocupa un lugar singular en la historia y está investido de una misión que trasciende lo racional.
Aunque el término “Manifest Destiny” fue acuñado en 1845, sus raíces se remontan a la cosmovisión puritana de los colonos ingleses del siglo XVII. En este sentido, el sermón pronunciado en 1630 por John Winthrop, gobernador de la colonia de la Bahía de Massachusetts, constituye un punto de partida esencial. En su discurso “A Model of Christian Charity", Winthrop formuló la empresa colonial como una alianza con Dios, un pacto moral que confería a la comunidad un carácter excepcional.
«Dios Todopoderoso, en su santa y sabia providencia, ha dispuesto la condición de la humanidad de tal manera que, en todo tiempo, algunos deben ser ricos, otros pobres; algunos elevados y eminentes en poder y dignidad, otros humildes y sometidos.
Una lectura al respecto de esto es, en primer lugar, que Él podría mostrar la gloria de su sabiduría en la variedad y diferencia de las criaturas; y, en segundo lugar, que cada hombre pudiera tener necesidad de otros, y de este modo todos pudieran estar más estrechamente unidos en los lazos de afecto fraternal.
«Debemos deleitarnos unos en otros; hacernos nuestras las condiciones de los demás; alegrarnos juntos, sufrir juntos, trabajar y padecer juntos, teniendo siempre ante nuestros ojos nuestra comunidad como miembros del mismo cuerpo.
El Señor será nuestro Dios y se deleitará en habitar entre nosotros como su propio pueblo, y nos bendecirá en todos nuestros caminos, de modo que veremos mucho más de su sabiduría, poder, bondad y verdad de lo que antes conocíamos.
Seremos como una ciudad asentada sobre un monte; los ojos de todos los pueblos están sobre nosotros.
De tal manera que, si obramos falsamente con nuestro Dios en esta obra que hemos emprendido, y hacemos que Él retire su ayuda presente, seremos hechos ejemplo y objeto de burla en todo el mundo.
Pero si escuchamos su voz y nos aferramos a Él, Él será nuestro Dios y nosotros seremos su pueblo, y nos hará una alabanza y una gloria, de modo que los hombres dirán en tierras posteriores: “El Señor la haga como la de Nueva Inglaterra”.»
La metáfora de la “city upon a hill" introduce una noción fundamental: la ejemplaridad. Aunque no implica una doctrina expansionista territorial, sí establece dos pilares conceptuales que resultan decisivos: la idea de elección divina y la existencia de una misión moral universal. Durante los siglos XVII y XVIII, estos elementos se entrelazaron con el desarrollo de una identidad política diferenciada respecto a Europa. La experiencia colonial generó una cultura política basada en el protestantismo, el individualismo agrario y el autogobierno local, que acabaría cristalizando en una concepción singular del poder y la comunidad.
Tras la independencia (1775–1783), esta herencia se integró en un marco republicano que, aunque centrado inicialmente en la consolidación institucional, contenía ya una lógica expansiva implícita. El crecimiento demográfico acelerado —de aproximadamente 2,5 millones de habitantes en 1776 a más de 5 millones en 1800—, unido a la disponibilidad de tierras al oeste de los Apalaches, impulsó una dinámica de movilidad constante. La economía agraria extensiva, dependiente de la incorporación continua de nuevas tierras fértiles, convirtió la expansión en una necesidad estructural incluso antes de ser formulada como doctrina.
El primer gran hito en la consolidación territorial fue la Compra de Luisiana en 1803. Mediante este acuerdo con Francia, Estados Unidos adquirió más de dos millones de kilómetros cuadrados, duplicando su extensión y estableciendo un precedente estratégico: la expansión territorial no solo era viable, sino necesaria. La expedición de Lewis y Clark (1804–1806) reforzó esta lógica al convertir la exploración científica en un instrumento de apropiación política, proporcionando conocimiento geográfico y etnográfico que facilitó la integración de los territorios occidentales.
En las décadas posteriores, la expansión se articuló a través de una combinación de diplomacia, presión geopolítica y violencia estructural. El Tratado Adams-Onís de 1819 permitió la adquisición de Florida y consolidó la retirada europea del área. Sin embargo, la expansión también implicó procesos de exclusión sistemática. La Indian Removal Act de 1830, impulsada por la administración de Andrew Jackson, institucionalizó el desplazamiento forzoso de poblaciones indígenas hacia el oeste del Misisipi. Episodios como el Trail of Tears (1838–1839) evidencian que la construcción territorial de Estados Unidos estuvo marcada por dinámicas de violencia y jerarquización racial.
«El imperio de la libertad… debe ser extendido» (Thomas Jefferson, 1816)
La formulación explícita del Destino Manifiesto llegó en 1845, cuando el periodista John L. O’Sullivan defendió la anexión de Texas argumentando que Estados Unidos tenía el derecho —y la obligación— de expandirse por el continente. Su planteamiento sintetizaba tres dimensiones fundamentales: el providencialismo (la expansión como voluntad divina), el excepcionalismo (la superioridad del modelo estadounidense) y el universalismo político (la expansión como difusión de la libertad).
«Nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que la Providencia nos ha asignado…»
Esta construcción discursiva resultó extraordinariamente eficaz precisamente por su ambigüedad, que permitía integrar intereses económicos, ambiciones estratégicas y justificaciones morales en una misma narrativa. Su aplicación fue inmediata: la anexión de Texas en 1845 y la guerra con México (1846–1848) culminaron en el Tratado de Guadalupe Hidalgo, mediante el cual Estados Unidos adquirió vastos territorios que hoy constituyen gran parte del oeste del país.
Sin embargo, este proceso generó tensiones internas profundas. La incorporación de nuevos territorios reactivó el conflicto en torno a la esclavitud, evidenciando que la expansión territorial no solo transformaba el mapa, sino también la estructura política del Estado. Durante la década de 1850, nuevas adquisiciones como la Compra de La Mesilla (1853) continuaron ampliando el territorio, pero el impacto más significativo fue la intensificación de la polarización entre el norte y el sur. Los intentos legislativos de conciliación fracasaron, y la Guerra Civil (1861–1865) puede interpretarse, en parte, como una consecuencia indirecta del proceso expansionista.
«Salvaremos noblemente, o perderemos de forma miserable, la última y mejor esperanza de la Tierra.» (Abraham Lincoln, 1862)
Tras la Guerra Civil, la expansión continental quedó prácticamente completada, pero el impulso expansionista no desapareció. Se transformó. La compra de Alaska en 1867 marcó el inicio de una nueva fase en la que la expansión dejaba de estar limitada por la continuidad territorial. A finales del siglo XIX, en un contexto de imperialismo global, Estados Unidos proyectó su poder más allá del continente. La guerra hispano-estadounidense de 1898 constituyó un punto de inflexión: el país adquirió territorios como Filipinas, Puerto Rico y Guam, además de establecer su influencia sobre Cuba y anexionar Hawái. El Destino Manifiesto se redefinió así como una narrativa de proyección global, en la que la expansión ya no respondía únicamente a necesidades demográficas o económicas, sino a una concepción más amplia de misión civilizadora y liderazgo internacional.
«Es nuestro deber llevar la civilización a los lugares oscuros del mundo.» (Theodore Roosevelt, 1901).
Esta reformulación no supuso una ruptura, sino una ampliación del marco ideológico existente. La lógica providencialista y el excepcionalismo estadounidense facilitaron de este modo, que la transición hacia el siglo XX no implicase el abandono del impulso expansionista, sino su reconfiguración.
En este nuevo contexto, especialmente tras la Segunda Guerra Mundial y la emergencia de la Unión Soviética como potencia rival, esta tradición fue reinterpretada en una forma clave geopolítica. La confrontación ya no se articulaba en torno a territorios concretos, sino en torno a modelos de organización política y social a escala mundial. En este marco, la formulación de la Doctrina Truman en 1947 constituye un punto de inflexión decisivo. Lejos de ser una simple respuesta coyuntural a la crisis en Grecia y Turquía, esta doctrina representó la articulación explícita de una visión del mundo en la que Estados Unidos asumía un papel estructural como garante del orden internacional.
En su discurso ante el Congreso, el presidente Harry S. Truman estableció una dicotomía fundamental entre dos formas de organización política: una basada en la libertad, la representatividad y el pluralismo; otra sustentada en la coerción, el control y la imposición ideológica. Esta formulación no solo definía al adversario, sino que reafirmaba la identidad propia en términos normativos, proyectando el excepcionalismo estadounidense como fundamento de su acción exterior.
«Estados Unidos debe cumplir con sus obligaciones como líder del mundo libre.» (Harry S. Truman, 1947).
Es en este marco donde se articula la política de contención, conceptualizada inicialmente por George F. Kennan, como desarrollo operativo de una lógica histórica mucho más profunda. Si la Doctrina Truman había reformulado el excepcionalismo estadounidense en términos de liderazgo global, la contención representaba la adaptación estratégica del antiguo impulso del Destino Manifiesto a un mundo ya plenamente interconectado y bipolar. La frontera, que en el siglo XIX había sido geográfica, se convirtió en ideológica.
La contención no implicaba necesariamente la confrontación directa, sino una estrategia prolongada destinada a limitar la expansión del comunismo mediante instrumentos económicos, militares, diplomáticos y culturales. Sin embargo, su significado trasciende lo puramente táctico: al igual que el Destino Manifiesto justificó la expansión continental como una necesidad histórica y moral, la contención legitimaba la intervención global como una responsabilidad inherente a la identidad estadounidense. No se trataba únicamente de frenar a un adversario, sino de preservar —y extender— un orden considerado universalmente válido.
En este sentido, la contención puede entenderse como una forma de Destino Manifiesto desmaterializado. La expansión ya no se realiza mediante la anexión de territorios, sino mediante la estructuración de sistemas. La lógica permanece: existe un modelo superior, una misión implícita y una legitimidad que trasciende las fronteras nacionales. Lo que cambia es el medio a través del cual esa misión se despliega.
A través de iniciativas como el Plan Marshall, Estados Unidos no solo impulsó la reconstrucción de Europa occidental, sino que reprodujo, en clave sistémica, el mismo patrón histórico que había acompañado su expansión interna: integración económica, reorganización del espacio político y consolidación de una esfera de influencia. Si en el siglo XIX la incorporación de nuevos territorios implicaba su alineación con el modelo estadounidense, en el siglo XX la ayuda financiera operaba como mecanismo de alineación estructural. La prosperidad material actuaba, así, como vehículo de adhesión ideológica, reforzando la idea de que el modelo estadounidense no solo era viable, sino deseable.
De forma paralela, la creación de alianzas como la OTAN puede interpretarse como la institucionalización de esta expansión sin territorio. Allí donde antes existía la frontera física, ahora emergía una frontera política y militar que delimitaba el espacio del “mundo libre”. Esta línea, aunque invisible, cumplía una función análoga a la del pasado: separar el espacio civilizado del espacio a transformar o contener. La pertenencia al bloque occidental implicaba, en este sentido, la incorporación a una comunidad definida no solo por intereses estratégicos, sino por una identidad compartida que remite directamente al excepcionalismo estadounidense.
No obstante, es en el ámbito cultural donde esta continuidad con el Destino Manifiesto se revela con mayor claridad. La proyección global de valores, estilos de vida y narrativas convirtió la expansión en un fenómeno interiorizado. A través del cine, los medios de comunicación y la producción intelectual, Estados Unidos difundió una imagen de sí mismo como culminación del progreso histórico. Esta dimensión simbólica reproduce, en clave moderna, la antigua idea de ejemplaridad: la “city upon a hill" ya no se limita a ser observada, sino que se convierte en referencia aspiracional global.
Esta forma de expansión cultural preparó el terreno para la fase posterior al final de la Guerra Fría. Con la disolución de la Unión Soviética en 1991, Estados Unidos emergió como potencia hegemónica en un sistema unipolar. En este nuevo contexto, la idea de universalización del modelo liberal-democrático adquirió centralidad, reflejada en tesis como la del “fin de la historia”.
«La democracia liberal puede constituir el punto final de la evolución ideológica de la humanidad.» (Francis Fukuyama, 1989).
En el siglo XXI, la llegada de Donald Trump no ha supuesto una ruptura radical con esta tradición histórica, sino una reescritura de sus mecanismos de expresión. Su discurso político, articulado en torno al lema “America First”, es interpretado inicialmente como un repliegue estratégico, una aparente renuncia al papel de garante del orden internacional. No obstante, esta lectura resulta insuficiente si se analiza la coherencia estructural de su política.
«El pueblo estadounidense siempre estará en el centro de nuestras decisiones, pero nuestro liderazgo se hará sentir en todo el mundo.» (Discurso en la toma de posesión).
Lejos de abandonar el excepcionalismo, el enfoque trumpista lo reconfigura. La dimensión universalista que había caracterizado etapas anteriores es sustituida por una lógica de primacía pragmática. Estados Unidos no se presenta ya como portador de una misión moral universal, sino como actor central cuya hegemonía se justifica por su capacidad material y estratégica.
Este desplazamiento implica una transformación significativa. En primer lugar, redefine la relación entre valores e intereses: los primeros dejan de constituir el fundamento legitimador principal, mientras que los segundos pasan a ocupar una posición central. En segundo lugar, introduce una forma de intervencionismo selectivo, orientado a objetivos concretos —económicos, tecnológicos o geopolíticos— en lugar de proyectos de transformación sistémica. En tercer lugar, reconstruye el espacio de expansión: comercio global, cadenas de suministro, tecnología o influencia estructural sobre el sistema internacional.
En este sentido, el trumpismo no rompe con el Destino Manifiesto, sino que lo adapta a un contexto caracterizado por la multipolaridad emergente y la interdependencia global. La misión providencial se transforma en una lógica de competencia estratégica, donde la excepcionalidad estadounidense se afirma mediante la capacidad de imponer condiciones en un entorno cada vez más disputado.
Frente a esta reformulación, las administraciones como la de Barack Obama o Joe Biden han tendido a mantener el excepcionalismo en clave multilateral. A diferencia del enfoque unilateral y pragmático, este modelo enfatiza la cooperación internacional, el fortalecimiento de alianzas y la defensa de un orden basado en normas.
Esta estrategia se manifiesta en iniciativas como el fortalecimiento de alianzas tradicionales, la articulación de nuevos espacios de cooperación geopolítica y la promoción de estándares internacionales en ámbitos tecnológicos y económicos. La expansión, en este contexto, es puramente normativa: se trata de extender reglas, valores y estructuras institucionales que configuren el entorno internacional de manera favorable. Así, el excepcionalismo reaparece como un proyecto en disputa, más que como una certeza histórica incuestionable.
En conjunto, el recorrido histórico del Destino Manifiesto permite comprenderlo no como una doctrina estática, sino como una auténtica “gramática de poder”. En el siglo XIX, se expresó como expansión territorial; en el XX, como liderazgo global; en el XXI, como competencia sistémica en un entorno multipolar.
Lejos de haber desaparecido, esta lógica sigue operando como un marco interpretativo fundamental para entender la política estadounidense contemporánea. Tanto en el pragmatismo estratégico asociado a Donald Trump como en el multilateralismo de Barack Obama y Joe Biden, persisten elementos que remiten a esta tradición.
«Es nuestro deber civilizar al mundo…» Una afirmación que, aunque transformada y adaptada a cada contexto histórico, continúa resonando en las distintas formas que adopta el poder estadounidense, confirmando la vigencia de una idea que, más que un concepto aislado del pasado, constituye una estructura persistente en el presente.




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