Malí: los mercenarios de Putin
- nacionesenruinas
- 10 jun 2025
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Actualizado: 2 jul 2025
El grupo mercenario Wagner ha dado por concluida formalmente su misión en Malí, país donde han colaborado durante algo más de tres años con la junta militar en la lucha contra el terrorismo islámico radical. Sin embargo, ¿Qué repercusión tendrá éste acontecimiento para Bamako? y ¿Realmente Rusia y Malí se están distanciando?
Malí se encuentra inmersa en una severa crisis de seguridad desde 2012, año en el que la rebelión tuareg tomó el control de la zona norte del país, desembocando un posterior golpe de Estado. En consecuencia, diversos grupos y guerrilleros paramilitares y terroristas ligados a Al Qaeda —Jama'at Nusrat al-Islam wal-Muslimin—(JNIM) y al Estado Islámico ISIS-Sahel (EIGSS) aprovecharon los vacíos de poder en el ámbito civil, logrando controlar territorios y derrocar instituciones de forma autónoma en favor de sus propios intereses.
Así pues, durante los años 2020 y 2021, las Fuerzas Armadas malienses —FAMa— dieron dos golpes de Estado que finalizaron con la colocación del coronel Assimi Goita al frente del país. Goita ha ilegalizado y disuelto todos los partidos políticos, prohibido sus reuniones y acusado a los mismos de “desorden público” al son de un nacionalismo exacerbado que ha cautivado a una gran parte de la población local, en uno de los cuatro peores países en cuanto a tasas de alfabetización . Asimismo, Occidente, especialmente Francia, retiró y cortó la cooperación debido a las violaciones de derechos humanos y la falta de legitimidad democrática, abandonando el país o siendo expulsados del mismo.
A pesar de las intervenciones internacionales, la violencia no ha conseguido cesar, especialmente en las áreas más septentrionales y centrales del país. Como resultado, tanto la misión de la ONU (MINUSMA), la European Union Training Mission (en la cual participaba España), o la operación Barkhane, liderada por Francia, fracasaron en un fallido intento por derrocar a los mencionados grupos del poder, dando como finalizado el Acuerdo de Argel firmado en 2015 —acuerdo donde se firmaron diversos compromisos para poner fin al conflicto armado en el norte de Malí entre el gobierno y los tuaregs—.
En consecuencia, la junta militar entrante, aislada por Occidente, recurrió a Rusia, quien envió al Grupo Wagner, fuerza mercenaria ligada al Kremlin. Wagner desplegó en torno a unos 2000 combatientes para apoyar, entrenar y combatir junto con la FAMa, especialmente en aquellas zonas más azotadas por el extremismo islámico. La Junta buscaba ganar la legitimidad perdida, obtener poder militar de forma rápida y sin condiciones democráticas, a la vez que quería garantizar su propia supervivencia política, anclada en discursos populistas y anticorrupción.
Durante los siguientes años, Wagner ha participado en operaciones y ofensivas brutales contra los yihadistas, frecuentemente implicados en masacres de civiles, como sucedió en Moura en marzo de 2022, cobrándose la vida de 500 personas o las masacres en el círculo de Niono y la zona de Ségou entre 2022 y 2023, atacando indiscriminadamente a aldeas sospechosas de apoyar a yihadistas, sin pruebas y en su mayoría de la etnia fulani —grupo étnico estigmatizado como colaborador de insurgentes—.
Además, Wagner cumplió con tareas en zonas clave, como Mopti, Ségou o Tombuctú y protegió los intereses mineros rusos en el país. No obstante, Wagner y la junta militar gobernante no han mejorado la vida o seguridad de la población. Las condiciones de vida no han cambiado, la corrupción no ha cesado, pese a que Goita prometió destruirla, y de hecho, se sigue plasmando entre los líderes actuales, quienes viven a costa del sufrimiento y las condiciones deplorables de millones de inocentes. Goita primero retrasó las elecciones alegando “problemas técnicos” y ahora no se esperan hasta mínimo 2030, lo que plasma el autoritarismo de un nuevo Jefe de la Guerra en el país.
Malí cuenta con grandes reservas de oro y uranio, las cuales son consideradas como áreas estratégicas para Rusia. De hecho, la explotación de los recursos de Malí están directamente relacionados con la financiación de la guerra en Ucrania y es una estrategia que Moscú está expandiendo mediante la narrativa de ser un “protector contra el neocolonialismo occidental” para obtener recursos y establecer bases militares estratégicas, como ha hecho en Sudán. Pero ello no significa que la economía se desarrolle, de hecho, Malí ostenta el puesto 188 de 193 en el Índice de Desarrollo Humano, concentrando el crecimiento a penas en ciertas áreas urbanas y llevando a millones a sobrevivir en la penuria.
Sin embargo, en el año 2023, Wagner colapsó tras un intento fallido de motín en Rusia contra el Kremlin. Su líder, Yevgeny Prigozhin, murió en agosto de 2023 en un supuesto “accidente” aéreo. Rusia disolvió Wagner como estructura independiente, aunque muchos de sus operarios siguieron operando en África y otros lugares bajo otro nombre.
Mediante estos hechos, es más sencillo comprender por qué Wagner anunció su retirada el pasado 6 de junio del país africano. Realmente, no es una retirada completa, sino un renombre a una misma situación. Las fuerzas de Wagner van a ser integradas en una nueva fuerza oficial rusa: el Afrika Korps, dependiente del Ministerio de Defensa de Rusia. La ubicación de sus desplegados sigue siendo en la práctica la misma, Tombuctú, Gao, Mopti… aunque su papel ahora ha pasado a ser algo más técnico, focalizándose en la logística, entrenamiento e inteligencia, más que en actividades “de campo”.
Desde la llegada de Wagner, la violencia no ha cesado en Malí, de hecho se ha multiplicado. Los grupos yihadistas han ganado más apoyo en comunidades locales rurales y marginadas en búsqueda de seguridad y, el conflicto, se ha regionalizado a países vecinos, como Burkina Faso y Níger.
Asimismo, Malí abandonó la CEDEAO el 29 de enero de 2025, junto a Burkina Faso y Níger, acusando a la organización africana de estar influenciada por potencias como Francia y EEUU. Además, Bamako ha cesado sus relaciones con diversos países africanos y occidentales, lo que ha debilitado su economía y lazos diplomáticos tradicionales, llevando a que el vacío de seguridad incremente a medida que las misiones internacionales abandonan el país.
No obstante, también ha estrechado sus lazos con sus vecinos Burkina Faso y Níger, creando la Alianza de Estados del Sahel (AES) en septiembre de 2023, alianza político-militar que tiene por objetivo proteger la defensa mutua en caso de agresión externa, la lucha contra el terrorismo yihadista y la coordinación política, económica y de seguridad sin depender de actores externos —irónico teniendo en cuenta la presencia de Moscú en los tres territorios y la curiosa visita del Ministro Lavrov a los tres países antes de formalizar la alianza—. Asimismo, Rusia ha firmado acuerdos de defensa con Níger y enviado contingentes para apoyar al nuevo régimen proclamado tras el golpe de Estado en 2023, al mismo tiempo que ha fortalecido sus lazos con el gobierno del capitán Ibrahim Traoré en Burkina Faso, consiguiendo la expulsión de las tropas francesas y estadounidenses de la región.
Pese a que Rusia parece haber ganado esta batalla, se enfrenta a un entorno cada vez más inestable, el cual puede poner en riesgo sus intereses más primarios, poniendo en peligro a sus tropas y aliados africanos en un escenario plagado de crímenes de guerra y rencores étnicos a flor de piel. No obstante, haber estatizado el control de las tropas dota a Moscú de mayor legitimidad, control y acceso a información, objetivos y actividades.
El desenlace todavía es desconocido, pero por el momento seguirá incrementando la violencia en la región del Sahel, dividiendo a la junta, apoyada por Rusia, de los yihadistas. Además, es probable que la falta de liderazgo de Goita desemboque en una nueva guerra civil o conflicto étnico, donde los grupos terroristas tendrán un gran papel.
Actualmente, el descontento con la junta militar está en aumento, mientras que los grupos insurgentes poseen cada vez más acceso a redes satelitales y móviles con las que captar a cada vez más gente en lugares más remotos. Bamako lleva años sin control total en el país, mientras que los terroristas reclaman territorios y generan una sensación de seguridad que hoy en día se encuentra vacía, especialmente para poblaciones rurales ganaderas y nómadas menos desarrolladas, poco representadas en la política nacional o apoyados por países terceros —como ya sucedió con Gadafi (Libia), quién armó a los Tuareg en 2011, lo que les llevó a declarar la independencia de la región norte de Azawad—.
De tal forma, la presencia en nuevas plataformas, el acceso más extendido a Internet —facilitado por tecnologías como Starlink en zonas remotas— y un reclutamiento alimentado por la crispación política y social, han creado un terreno fértil para la expansión de los conflictos en Malí. El país se encuentra cada día más lejos de Occidente. En este contexto, el gobierno maliense ha estrechado sus vínculos con Rusia o Marruecos —quien ve en la alianza entre Moscú y Bamako un acercamiento a Argel y un peligro para sus intereses propios en el Sahel o el Sáhara, lo que le dotará de importancia respecto a países como EEUU o Francia—, en un intento de definir sus estrategías. Sin embargo, el ejército nacional, con capacidades limitadas enfrenta serias dificultades para contener la inseguridad creciente y garantizar el control territorial efectivo.
Moscú no debe ser subestimado, pero la junta de Malí tampoco debería pretender recurrir a un nuevo “aliado estratégico” que se encuentra en su territorio explotando sus recursos en favor de tareas que no le pertenecen. Tal vez el discurso neocolonialista se caiga por sí sólo en un futuro, pero el tiempo y los resultados sobre el país nos dirán si la apuesta por el Kremlin da frutos o profundiza todavía más la gigantesca crisis en Malí, al igual que lo hará en Níger, Burkina Faso, República Centroafricana y Sudán, donde el terror también contínua.







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