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¿Quién será el próximo Secretario General de la ONU? Claves, candidatos y desafíos para las Naciones Unidas

  • Foto del escritor: Francesca Beretta Jerez
    Francesca Beretta Jerez
  • 24 may
  • 11 min de lectura

El asiento con mayor importancia para la Comunidad Internacional está por decidirse. Una silla cuyo ocupante no tiene el poder de obligar a nadie, no comanda ejércitos y, según la Carta de las Naciones Unidas, es formalmente un “máximo funcionario administrativo” como se estipula en el Artículo 97. Sin embargo, el Secretario General es mucho más que eso. En la actualidad, su rol debe trascender la gestión burocrática para convertirse en un contrapunto político en un mundo que parece haber olvidado sus principios fundacionales. Ante un desorden global que se acelera, el próximo Secretario tendrá que aprender a decir “no” a las presiones de las potencias, y a defender la legalidad internacional con fervor, pues hoy brilla por su ausencia. 


Las funciones de esta máxima autoridad están ancladas a la carta fundacional de las Naciones Unidas, que además de ser el responsable de que el sistema funcione, su real poder emana del Artículo 99, que le otorga la facultad politica de llamar la atención del Consejo de Seguridad sobre situaciones que puedan amenazar la paz y la seguridad internacionales. A ellos se le suma el uso de los “buenos oficios”, es decir, la intervención discreta o pública para evitar que las controversias escalen o se propaguen . Asimismo, a esta labor, el mandato del Artículo 98 le obliga a actuar como secretario en todas las reuniones de los órganos principales y a cumplir las funciones que estos le encomienden, lo que le refuerza su presencia en la administración interna (Naciones Unidas, 2016).


No obstante, el verdadero reto que se avecina para las Naciones Unidas es interno. El Secretario General heredará una organización con presupuestos ajustados y una creciente crisis de legitimidad. No solo tendrá que restaurar la confianza institucional y volver a garantizar la eficiencia del organismo, demostrando que la ONU sigue siendo un foro crítico para la seguridad internacional, sino también tendrá que afrontar la fragmentación geopolítica actual y las pruebas de la nueva década entrante.


¿Cómo se lleva a cabo el proceso de votación?

Siguiendo el protocolo formal, el procedimiento de selección se activó el 25 de noviembre de 2025 mediante el envío de una carta conjunta de parte de la presidenta de la Asamblea General Annalena Baerbock y el presidente del Consejo de Seguridad, a los 193 Estados Miembros para que presenten a sus candidatos preferenciales marcando el inicio de la búsqueda del próximo líder para el periodo 2027-2031. De conformidad a la Resolución A/RES/69/321, posteriormente los nombres de los candidatos se distribuyen de manera oficial al público y se invita a cada aspirante a presentar su declaración mediante los diálogos interactivos ante los Estados Miembros interesado que tuvo lugar el 21 y 22 de abril del 2026 (Naciones Unidas, s.f.)


El núcleo político del proceso entrará en fase entre mayo y junio del actual año, cuando los candidatos mantengan reuniones informales con los miembros del Consejo de Seguridad. Aunque la Asamblea General es la encargada del nombramiento final, su decisión depende por norma constitutiva de la recomendación previa del Consejo, que actúa como filtro decisivo (Security Council Report, 2026). El peso del derecho a veto en estos casos implica que ningún candidato prosperará si se enfrenta a la oposición de Estados Unidos, Rusia, China, Francia o el Reino Unido. Bajo muchas críticas debido a esta lógica de poder, el perfil idóneo no se mide sólo en términos de competencia, experiencia o integridad, sino en la capacidad del candidato para ser aceptado simultáneamente por potencias con intereses contrapuestos. 


Una vez que concluyen las deliberaciones a puerta cerrada, la recomendación se traslada al escenario público. El Consejo envía el nombre de un único candidato, eliminando cualquier posibilidad de debate , y aunque el reglamento indique realizar una votación formal por mayoría simple, es decir la mitad +1, la tradición diplomática dicta que el nombramiento se realice por aclamación. Esta práctica, que se traduce en un aplauso unánime de todos los Estados Miembros para celebrar el nuevo Secretario General, tiene su propio significado. Si se registrase los votos de forma numérica, se podría poner en evidencia oficialmente cuáles países no apoyaban al candidato o cuales se abstuvieron, por lo que se busca legitimar la figura del Secretario como un verdadero representante de la Sociedad Internacional al blindar su autoridad con un consenso desde el primer dia.  


Entendiendo lo anterior, los meses por venir serán claves para el futuro de las Naciones Unidas. Este proceso deja en evidencia una gran contradicción: a pesar de que los Estados permanentes no pueden presentar sus propios candidatos, la cual es más una cortesía institucional y no una ley escrita, la decisión final sigue bloqueada por el derecho al veto. En un mundo donde se supone que las reglas internacionales nos afectan a todos por igual, y donde cualquier actuación fuera de las normas debería acarrear consecuencias, este mecanismo ha quedado obsoleto. Si bien es comprensible que una organización de esta magnitud requiere de jerarquías y burocracias, en un momento tan crítico se debería al menos, renunciar al derecho a veto para esta selección. Permitir que la recomendación avance por mayoría cualificada, es decir con el voto favorable de 9 de los 15 miembros del Consejo de Seguridad, democratizar verdaderamente un proceso que hoy carece de transparencia. Bajo estas reglas del juego, complejas y desiguales varios líderes ya han dado el paso frente, por lo que analizaremos aquellos candidatos actuales que aspiran a asumir el timón. 


¿Quiénes son los candidatos para el asiento más complejo del momento?

Hasta la fase de los diálogos oficiosos, los nombres que concentran la atención en la carrera son los de Michelle Bachelet (Chile, nominada por Brasil y México), Rafael Grossi (Argentina), Rebeca Grynspan (Costa Rica) y Macky Sall (Senegal, nominado por Burundi). Sorpresivamente, tras estos diálogos, el 11 de mayo hemos tenido una nueva postulación por parte de Antigua y Barbuda, llamando a Maria Fernanda Espinosa Garces a unirse a la contienda.


Tradicionalmente, la elección sigue un principio no escrito de rotación geográfica para garantizar que todas las regiones del mundo tengan voz. Tras el mandato actual de Europa Occidental, representado por el portugues Antonio Guterrez, el turno correspondiente pertenecería a la región de América Latina y el Caribe. En este escenario, además, el mundo espera por primera vez en la historia que el puesto sea ocupado por una mujer. Sin embargo, el panorama actual en este 2026 desafía las expectativas porque la lista final no solo rompe con esa linealidad al incluir dos hombres y un representante del continente africano, sino que además refleja una participación inusualmente baja. Apenas 5 candidatos llegaron a la fase definitiva, una cifra menor en comparación a los nueve que competían con fuerza en esta misma etapa en 2016.


Michelle Bachelet Jeria llega a la contienda con una trayectoria singular y con el perfil más completo de la carrera, al integrar de forma integral la gestión estatal y el liderazgo dentro del sistema de las Naciones Unidas. Su experiencia como presidenta de Chile en dos periodos (2006-2010 y 2014-2018), sumada a cargos de enorme visibilidad internacional como directora ejecutiva de ONU Mujeres y alta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos (ACNUDH) entre 2018 y 2022, le otorga un conocimiento profundo de cómo funciona la organización y la política doméstica. En su diálogo público, nos traduce esa experiencia en una propuesta centrada en la “necesidad urgente de esperanza” y la “recuperación del diálogo”, comprometiéndose a revitalizar las discusiones sobre la cooperación multilateral mediante una profunda   “modernización” de las Naciones Unidas (El Dinamo, 2026). Con iniciativas concretas, planteó la reforma urgente de la arquitectura financiera global para hacerla más equitativa con los países en desarrollo y propuso mecanismos más vinculantes para la justicia climática. Cerró su intervención evocando el último discurso de Nelson Mandela sobre la construcción de “un sueño viable”, y citando a la cantautora Violeta Parra “es un sueño que encuentra su voz en bocas ajenas convirtiéndose en una palabra, y en última instancia, en una canción compartida. No debemos rendirnos frente a la desesperanza”.


Sin embargo, su principal ventaja, la amplia visibilidad internacional, también representa la fuente de sus mayores fragilidades políticas ante el Consejo de Seguridad. Aunque inicialmente fue respaldada por una coalición regional de peso, como Brasil, México y Chile; la carrera se complicó cuando el gobierno actual de Chile, bajo la administración de José Antonio Kast, retiró su nominación antes del inicio de los diálogos interactivos (El País, 2026). Por otro lado, a este revés, se suman resistencias ideológicas, como la de los congresistas en Estados Unidos que han estado presionando para impulsar un veto de Washington debido a sus posturas respecto a los derechos reproductivos. También, China mantuvo un veto latente al no olvidar el incómodo informe sobre la situación en Xinjiang que Bachelet publicó al cierre de su mandato en ACNUDH (Emol, 2026). Su ambicioso perfil podría terminar siendo un arma de doble filo. Lo que para la sociedad civil es su mayor virtud, para las potencias es su mayor amenaza. 


Rafael Grossi aporta un perfil más técnico forjado en la primera línea de los conflictos más letales del planeta. Como director general del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) desde 2019, el diplomático argentino ha estado en el epicentro de disputas como el supuesto programa nuclear iraní y la seguridad de la central de Zaporiyia en plena guerra de Ucrania. Esta trayectoria le ha beneficiado para proyectarse como un gestor experto y mediados, habituado a operar bajo situaciones de extrema tensión. En su presentación, Grossi trae a la mesa la promesa de una ONU más pragmática, ejecutiva y orientada a resultados, buscando alejarse de la parálisis burocrática. El candidato defendió “un diálogo constante ante el Secretario General y el Consejo de Seguridad” y que el contacto debe de ser permanente porque es responsabilidad de la ONU estar presente en todas formas para abordar problemas, ya sea la guerra, el cambio climático o las necesidades humanitarias. Grossi enfatizó su liderazgo en el terreno con la frase de “Espero inspirar a mi equipo para que me sigan, incluso en los campos de batalla. Las palabras amables no son suficientes”, mientras que también subrayó que para reconstruir la credibilidad de la institución depende de un líder visible (EFE, 2026).


Es precisamente este rol al frente del OIEA el que convierte su candidatura en un terreno minado de controversias. Primero, a diferencia de otros competidores como Rebeca Grynspanw, Grossi se ha negado a pedir una licencia en su cargo actual ejecutando su campaña mediática al tiempo que ejerce la presidencia, lo que ha generado muchas preocupaciones éticas sobre la neutralidad de su diplomacia. En el plano geopolítico, su informe publicado para evitar una catástrofe en la central nuclear de Zaporiyia en plena guerra de Ucrania ha sido destacado negativamente por el director de la agencia nuclear rusa Rosatom (EFE, 2026). Irán, por ejemplo, ha mostrado su descontento acusándolo de “preparar el terreno” para las intervenciones en su contra, señalando que los informes del OIEA bajo su mando sirvieron para que Israel y Estados Unidos justificaran los bombardeos del 13 de junio de 2025 (Europa Press, 2025). Asimismo, su principal reto es demostrar que un especialista en seguridad nuclear tiene la visión transversal necesaria para gobernar la agenda universal de la ONU.


La economista costarricense Rebeca Grynspan entra a la carrera después de haber transitado por los pasillos de la política nacional y la alta gestión económica internacional. Luego de haber servido como vicepresidenta segunda de Costa Rica (1994-1998), empezó liderando la Secretaría General Iberoamericana en 2014, hasta que fue electa por Antonio Gutierrez (actual Secretario General) como Secretaria General de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Comercio y Desarrollo (UNCTAD) desde el 13 septiembre de 2021, siendo la primera mujer y ciudadana centroamericana en ocupar el cargo. Su trayectoria le permite especializarse en temas de desarrollo, comercio, desigualdad y cooperación internacional, cuyas áreas resultan esenciales para una ONU que requiere urgentemente reconectar con las demandas del Sur Global y abordar la crisis económica y social. Un ejemplo clave de que su capacidad resolutiva ha sido más que solo teoría, se trata de la Iniciativa del Grano del Mar Negro, logrando mantener el corredor de exportación de cereales ucranianos en plena guerra (UNCTAD, 2023).


Su propuesta de reforma para la organización se estructura en tres ejes fundamentales: agilizar la burocracia institucional para convertirla en un proceso más rápido y flexible, en buscar más alianzas con el sector privado y la restauración de la confianza con el Sur Global. Grynspan busca generar un punto más dinámico entre la financiación privada y los Objetivos de Desarrollo Sostenibles (ODS). Uno de los puntos más innovadores y audaces de su programa ha sido su postura sobre una posible modificación de los procedimientos de mediación de la ONU, apostando por una resolución preventiva de conflictos con el fin de reducir la dependencia de un Consejo de Seguridad, que a pesar de que ha tratado de mostrarse más neutral acerca del tema, a diferencia de su contrincante Michelle Bachelet, señala que el peso y la legitimidad del Consejo depende de su capacidad de reflejar la realidad actual (La Nación, s.f.).


Durante su presentacion ante el publico, Rebeca Grynspan se definio como “hija de la paz y de las Naciones Unidas”, haciendo referencia a que es hija de inmigrantes de origen polaco que sobrevivieron al Holocausto y huyeron de Europa como refugiados hacia Costa Rica (Teletica, 2026). Pero a pesar de ser tan simpatizante con la fundación de la ONU, el camino de la economista hacia la Secretaria General enfrenta dos importantes obstáculos. El primero, es sobre su cercanía con la gestión de Antonio Guterres, pues si bien posee un conocimiento interno incuestionable del tablero de Nueva York, también carga con el desgaste de la reputación de una administración criticada por su silencio ante las crisis de Gaza y Ucrania. Debido a esto, varias potencias de la Asamblea General leen su postulación como un símbolo de continuismo antes que como una verdadera renovación. Y el segundo, es que a pesar de ser un perfil ideal para el turno de América Latina y el Caribe, deberá de demostrar que puede reunir el suficiente apoyo fuera de su área de origen en una competencia que sigue condicionado por los fríos cálculos y preferencias geopoliticas. 


El senegalés Macky Sall llega con el argumento más intrépido de este proceso: es hora de que el continente africano asuma un rol central de liderazgo global; desafiando así la tradición de la rotación regional. Como presidente de Senegal durante los años 2012 hasta el 2024, y expresidente de la Unión Africana culminando en el 2023, Sall posee un indudable experiencia en foros multilaterales aportando una visión más realista de las relaciones de poder, alejado del perfil puramente burocrático de la ONU. Sus contribuciones a la mesa se han basado en la consigna de “racionalizar, simplificar y optimizar” el funcionamiento de la organización, lo que incluye reformar el Consejo de Seguridad sobre una base consensuada (Unitel, 2026). Segundo, la necesidad de atraer inversión para la financiación para el desarrollo, argumentando que los fondos públicos son insuficientes y difíciles de movilizar, especialmente ante el ahogo de la deuda externa que limita el accionar del llamado Sur Global. Y tercero, Sall promueve una mediación más activa y audaz acerca de los conflictos en tendencia, impulsando a la ONU como negociador de gran magnitud (Infobae, 2026). 


Las posibilidades de ganar de Sall en este 2026 se enfrentan a serias contradicciones. Por un lado, su historial doméstico como presidente arrastra sombras difíciles de ignorar para quien aspira a ser el guardián de la Carta de la ONU, incluyendo varios intentos de postergar las elecciones nacionales para extender su mandato y la represión de protestas opositoras (Swissinfo, s.f.). Además de que no posee el apoyo de Senegal ni de la Unión Africana, su respaldo como candidato de consenso se ve fragmentado. A esto se le suma que su postura tan audaz también lleva consigo que la Secretaria General no se gane solo con un programa convincente, sino que pesa mucho más la relación que tenga con los miembros permanentes. Los prospectos de su candidatura se encuentran bastante condicionados a la hipótesis de que las candidaturas latinoamericanas se destruyan mutuamente en un juego de vetos cruzados, lo cual no se ve en un futuro cercano. 


Por último, pero no menos importante, Maria Fernanda Espinosa acumula más de tres décadas de experiencia en los foros multilaterales. Como ministra de Relaciones Exteriores y de Defensa en Ecuador, embajadora ante la  ONU en Nueva York y antigua presidenta de la Asamblea General en los años 2018 y 2019, nos trae a la mesa una propuesta para la organización con un enfoque más preventivo, cercano a las crisis emergentes y capaz de acompañar procesos de paz ante de que los conflictos se profundicen. Debido a que su postulación llegó bastante tarde con respecto al calendario, se presenta como una candidata en cierto modo más misteriosa, cuya capacidad real de competir con otros aspirantes ya consolidados se percibe como una incógnita. 


El nuevo capítulo de las Naciones Unidas

A pesar de todo esto, el próximo Secretario General no será únicamente el más preparado en términos técnicos o diplomáticos, sino el que consiga articular una promesa de liderazgo suficientemente amplia como para ser aceptada por una ONU quebrada y por unas potencias cada vez más desconfiadas entre sí. Nos espera, sin duda, un verano movido en los pasillos de Nueva York, donde se tejerán los verdaderos hilos de la política internacional. Lo único certero ante este escenario es que la elección en este 2026 del sucesor de Antonio Guterres no es un simple relevo, sino el punto final para una era de las Naciones Unidas que se ha visto puesta a prueba por las exigencias del siglo XXI. La comunidad internacional se prepara para decirle adiós a una etapa inédita y dar bienvenida a un nuevo capítulo en la gobernanza global.


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