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Siria tras la caída de Assad: fin de la guerra civil, nuevo régimen y desafíos geopolíticos en Oriente Medio

  • Foto del escritor: Paula Pellico de la Mata
    Paula Pellico de la Mata
  • 26 feb
  • 7 Min. de lectura

Actualizado: 27 feb

Un nuevo color en la primera franja de la bandera y una estrella más parecen haber anunciado el cierre de unos de los conflictos más crueles de las últimas décadas en Oriente Medio. Donde hace poco más de un año se amanecía frente a frente con una de las guerras civiles más extensas y complicadas de toda la geografía regional parece ahora haber un nuevo tablero de juego, más manso, más maduro. Sin embargo, el verde esperanza que ahora ondea y la promesa de un cielo más despejado no parecen hacer olvidar el dolor, que se cuenta en millones: más de 6,8 millones de desplazados internos y otros 5 millones de refugiados observaron durante años el calvario que se vivía allá en sus fronteras. Hoy en Naciones En Ruinas, hablamos de Siria.


La herencia del hierro: de la Primavera Árabe al abismo sectario

Tras catorce años de conflicto, la Guerra Civil Siria llegó a su fin mediante una ofensiva relámpago del Organismo para la Liberación del Levante, conocido por sus siglas en árabe como HTS, en diciembre de 2024. La caída del gobierno de los Assad abrió un nuevo horizonte de posibilidades, donde el complejo ecosistema religioso que caracteriza el país puso de manifiesto la existencia de una sociedad fracturada que se enfrentaba ahora al reto de la reconstrucción desde una óptica, cuanto menos, escéptica.


La Guerra Civil comenzó en los albores de la Primavera Árabe, el movimiento de rupturismo ideológico iniciado en 2010 que se extendió por Medio Oriente y el Magreb persiguiendo una mayor apertura y democratización entre los países de la zona. Al igual que en otros países como Yemen, el gobierno apostó por una fuerte represión que, lejos de instaurar el miedo entre los ciudadanos, derivó en un cruento conflicto civil.


La dinastía Assad había consolidado desde los años 70 y hasta la fecha un mandato altamente sectario y autoritarista. Aprovechando la altísima atomización socio-religiosa, y a pesar de su supuesta laicidad, el aparato gubernamental se apoyó principalmente en la rama alauita, así como en otras minorías, que permitieron al país funcionar de facto como una monarquía hereditaria. 


A nivel militar, y si bien el ejército ordinario pronto desertó contra el gobierno de Assad, las fuerzas fueron prontamente sustituidas por milicias paramilitares tanto sirias como provenientes de países vecinos. Destacaron así el grupo libanés Hezbollah, integrado en el conflicto a partir de 2012, así como las milicias iraquíes. A nivel internacional, el gobierno alauita contó con el apoyo tanto de Irán como de Rusia. 


Por otro lado, la oposición al régimen quedó dividida entre organizaciones civiles y militares, que se fragmentaron a su vez de acuerdo con la propia división ideológico-religiosa del país. A nivel social aparecieron importantes agrupaciones ya desde 2011, que contaron con el apoyo de potencias regionales como Turquía o Catar, así como también se vieron influenciadas por ideologías mayoritarias dentro de Medio Oriente como los “Hermanos Musulmanes”. A nivel militar quedaron de un lado el Ejército Libre Sirio, de corte moderado y nacionalista, y las Fuerzas Democráticas Sirias, nacidas en 2015 de base kurda, y por otro los grupos yihadistas como DAESH o Al-Nusra — facción siria de Al-Qaeda —, que se enfrentaron no solamente contra los Assad, sino también entre sí.


El laberinto de intereses y el laboratorio de Idlib

Con este escenario, el conflicto tuvo en un primer momento un carácter más bicéfalo, con la oposición al régimen aglutinada en las ramas expuestas. Sin embargo, con la declaración del autodenominado Estado Islámico en Raqqa a partir de 2014 por parte del DAESH, el enfrentamiento civil escaló a nivel tanto nacional como internacional, apareciendo nuevos actores. 


El tablero sirio pasó entonces a entenderse como una estructura multifactorial de intereses cruzados, donde el propio régimen de Assad quedó supeditado a un segundo plano y las confrontaciones adquirieron un matiz más individualista. Así, el DAESH quedó bajo el paraguas de las fuerzas rusas y, en menor medida, iraníes. En el eje opuesto y contrarios al autodenominado Estado Islámico se encontró Estados Unidos, quien además se estableció como el principal promotor de las fuerzas kurdas situadas al noroeste del país. Por otro lado, Turquía, que buscaba establecerse como potencia regional, apoyó la creación del Ejército Nacional Sirio, intentando también posicionarse en contra del desarrollo de Rojava.


Es importante entender que durante esta segunda etapa el auge del yihadismo se sintió a nivel internacional. Así, destacaron entre 2014 y 2017 una gran cantidad de ataques terroristas por todo el mundo, paralelos a un DAESH cada vez más empoderado que consiguió controlar, además de Raqqa, Alepo y Damasco. La lucha contra el autodenominado Estado Islámico ayudó asimismo a un blanqueamiento de la figura de Assad, que pasó a concebirse como el “mal menor” frente a la ideología salafista que amenazaba con instaurarse en el país. 


Así, llegamos al último periodo del conflicto, destacado por ser una etapa de mayor estancamiento, así como por el refuerzo de Assad en el plano internacional y la reorganización demográfica de la oposición en la zona del Idlib, al norte del país y junto a la frontera con Turquía. Sin embargo, y a pesar de los grandes intentos de re-normalización de las relaciones diplomáticas con el gobierno — donde podemos destacar las Rondas de Ginebra o el Proceso Astana del 2017 —, serían justamente una conjunción entre la debilidad de los apoyos internacionales al régimen junto con un un control poblacional bastante disuadido lo que debilitó a los Assad. 


Desde comienzos de la segunda década del siglo XXI, y especialmente a partir de 2022, tanto Rusia como Irán quedaron evidentemente debilitados por sus conflictos regionales. Así, tanto la guerra con Ucrania como el constante enfrentamiento iraní con Israel crearon un “efecto contagio” que debilitó sus capacidades de apoyo internacional. Por otra parte, en Idlib habría nacido ya el Gobierno de Salvación Sirio, encabezado por el HTS y su líder, Abu Mohammad al-Jolani, que se consolidaba como un “laboratorio de gobernanza”. Este caldo de cultivo permitió la victoria de los ataques relámpagos permitió su exportación al ecosistema nacional. 


Entre la pólvora de Al-Jolani y el traje de Al-Shara

La salida de los Assad inundó las calles de Siria de emoción, ante la promesa de un futuro mejor. Sin embargo, el positivismo inicial dio paso a una reticencia posterior, mayoritariamente gestada en torno a la figura del nuevo gobernante, Ahmed al-Sharaa. Anteriormente conocido como Abu Mohammad al-Jolani, el desde entonces líder del HTS resulta ser también el fundador de Al Nusra, la facción siria de Al-Qaeda. La comunidad internacional apostó desde un primer momento por la normalización de las relaciones diplomáticas, así como el propio Al-Sharaa intentó suavizar su imagen, abandonando el nombre utilizado durante sus años en la agrupación terrorista y regenerando toda vinculación a ésta en un pasado; sin embargo, el recuerdo de lo que él mismo llegó a calificar como un “error de juventud” no ha abandonado del todo el ideario social del país. Y, sin duda, tampoco sus políticas.


Bien se ha dejado claro que a pesar del intento de reconstrucción, las cicatrices del conflicto siguen presentes, y los factores para que se dé una nueva escalada son aún palpables en un país que continúa en ruinas. La justicia funciona de forma lenta, lo que genera un importante malestar social y un gran desequilibrio en relación a la rendición de cuentas. Las masacres contra grupos alauitas acontecidas en marzo del 2025 por parte de las fuerzas del Estado, que han llegado a ser calificadas como “crímenes de guerra” por grupos como Amnistía Internacional son sólo uno de los muchos reflejos de este desequilibrio.


Del mismo modo, el periodo de adaptación del nuevo régimen se calcula entre los dos y tres años, con la postergación de la consolidación constitucional a ese horizonte y la ausencia de comicios hasta entonces, lo que alimenta la sombra del autoritarismo. Por otro lado, a nivel intencional la nueva figura de Al-Sharaa parece legitimada en pos de favorecer un clima de desescalada y ausencia de la violencia.


La arquitectura financiera de la nueva Siria

Como hemos comentado, el inicio de la reconstrucción siria se ha cimentado sobre un cambio del posicionamiento internacional en relación a la nación. De esta forma, el nuevo gobierno ha contado con nuevos apoyos como Estados Unidos, Turquía e incluso Francia. 


Económicamente, el levantamiento definitivo de la Ley César por parte de los Estados Unidos en diciembre de 2025 supuso un punto de inflexión en relación a la recuperación bancaria siria. La Ley César, adoptada inicialmente en 2019, mantuvo el sistema bancario internacional totalmente bloqueado para el país árabe, cancelando todas las inversiones internacionales en territorio nacional, así como eliminando la posibilidad de ninguna transacción. 


Por otro lado, lo que durante la dictadura Assad se conformó como un narcoestado de manual con el hermano del presidente como el máximo beneficiario del mismo se ha convertido ahora en un Estado de intolerancia severa contra las drogas. Las campañas de desmantelamiento de producción de Captagon  han sido relativamente famosas desde la caída de los Assad, dando una nueva imágen del régimen. 


Las cicatrices de la diáspora: la geometría de una nueva Siria

Analizar la idiosincrasia social de Siria sigue siendo todo un laberinto. Así, poco más de un año después de la caída de los Assad, el país sigue consolidado como una nación en ruinas que presenta un ecosistema desconectado e incluso enfrentado entre sí. Por una parte, el sur del país está mayoritariamente dominado por los drusos, quienes en cierta medida mantienen aspiraciones nacionalistas y además cuentan con el apoyo de Israel. Por otro lado, la costa, de mayoría alauita, destaca por las masacres de marzo de 2025, llevadas a cabo por las fuerzas gubernamentales so pretexto de acallar sus intentos revolucionarios. Si bien ha derivado en sanciones por parte de algunas potencias occidentales como Gran Bretaña, la tibieza de la mayoría de países como Estados Unidos o la Unión Europea ha hecho que todo pase, tal vez, “demasiado” desapercibido.


Por otro lado, la cuestión kurda continúa siendo un elemento disruptivo. Con el lema de “uno, uno, uno, el pueblo sirio es uno” nacido del conflicto civil, el gobierno de Al-Sharaa tuvo siempre el objetivo de reunificar todo el territorio nacional. Los intentos de autonomía kurdos se han visto recientemente apaciguados por un plan de conquista del territorio y acuerdos de integración. La idea del Rojava kurdo se ha desvanecido, perdiendo asimismo el apoyo de los Estados Unidos. 


Por último, cabe mencionar la complicación derivada de la diáspora. La cuestión de los refugiados ha pasado de ser una crisis humanitaria a convertirse en una moneda de cambio geopolítica, especialmente en la frontera norte. Turquía, que durante años albergó a millones de sirios, ha ejecutado tras la caída del régimen una política de repatriación forzosa hacia las denominadas "zonas seguras", un movimiento que muchos organismos internacionales califican de limpieza demográfica encubierta. Este retorno forzado a un país donde la infraestructura es inexistente y el nuevo autoritarismo de Al-Sharaa es la norma, ha creado un ecosistema de exclusión y miseria. Así, Siria se enfrenta a su reconstrucción no solo con el territorio fracturado y las instituciones paralizadas, sino con una identidad nacional desterrada que, entre el rechazo de Ankara y la desidia de Bruselas, ha perdido incluso el derecho a llamar hogar a sus propias ruinas.

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