Venezuela e Irán: cómo la alianza estratégica desafía sanciones y redefine la geopolítica global
- Nicolás Morago Palazón

- hace 1 día
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Actualizado: hace 5 horas
Introducción
Desde septiembre de este año, Estados Unidos ha llevado a cabo una serie de operaciones en el mar Caribe, en el marco de la denominada “Operación Lanza del Sur”, dirigidas contra el narcotráfico y la flota petrolera fantasma venezolana, sumadas a los bombardeos Venezuela y la detención del presidente Nicolás Maduro, lo que supone el mayor despliegue marítimo de Estados Unidos desde la guerra del Golfo. Entre los objetivos fijados con dicha operación se encuentra, principalmente, la presión sobre el Gobierno de Venezuela, con la finalidad de recuperar los activos petroleros expropiados por Hugo Chávez en 2004 y asfixiar su economía, buscando forzar un cambio de régimen en el país.
Detrás de los intereses económicos y políticos, propios de la doctrina Monroe, se esconde un importante trasfondo geopolítico, marcado por la contención a China, importadora del 68% del petróleo producido en Venezuela, y a Rusia, que tiene una presencia militar significativa en el país, en especial en Valencia y Manzanares. Sin embargo, esta acción se encuentra marcada, de una forma más directa, por los intereses en Oriente Medio, particularmente con el estrangulamiento a la economía iraní, tanto a nivel petrolero como agrícola, sin olvidar su programa nuclear.
A nivel histórico, las relaciones entre Irán y Venezuela datan de los años sesenta, aunque se fortalecieron en 1999, con la llegada de Hugo Chávez al poder, en un intento de crear un contrapeso a la hegemonía estadounidense en la región. Posteriormente, en 2007, Nicolás Maduro mantuvo una reunión en Damasco con Hassan Nasrallah, difunto líder de Hezbolá, donde pactaron facilidades para que el grupo operase en Venezuela, usando al país como base logística para el tráfico de armas hacia el Líbano y la obtención de pasaportes falsos.
El programa nuclear iraní y sus vínculos con Venezuela
El programa nuclear es uno de los activos de disuasión más importantes del Gobierno de Irán, ya que garantiza su posición como potencia regional. Su desarrollo se inicia en los años cincuenta de la mano de EE.UU., mediante el programa “Átomos para la Paz”, con la creación de un centro de investigación nuclear en Teherán. Tras el parón que supuso la Revolución Islámica, el proyecto se reactivó entre los años ochenta y noventa con la ayuda de Rusia, aunque el punto de inflexión aconteció en 2002, cuando se revelaron las plantas de enriquecimiento de Natanz y de aguas pesadas de Arak, lo que dio lugar a una importante crisis diplomática.
Entre 2006 y 2015 tuvo lugar una época marcada por las sanciones hacia Irán debido a su programa nuclear, las cuales se aliviaron en 2015, tras la firma de un acuerdo nuclear, que limitó dicho proyecto. No obstante, tras la salida de EE.UU. del pacto en 2018, Irán comenzó la construcción de cuatro nuevas centrales nucleares en 2024, y arrancó el enriquecimiento al 60%, situándose cerca del umbral de enriquecimiento necesario para la producción de armas atómicas. Aunque durante la Guerra de los doce días, las instalaciones y el personal científico iraní fueron fuertemente golpeados, el programa continúa, al no destruirse las reservas de uranio enriquecido al 60%, pudiendo Irán recuperarse del golpe asestado.
A pesar de que el país cuenta con minas de uranio, lo cierto es que, en la actualidad, posee más material del que estas pueden producir, lo cual levanta sospechas de que pueda estar adquiriéndolo en el extranjero. Desde el año 2009, Israel ha afirmado que Bolivia y Venezuela suplen a Irán de este mineral, acusación que ha sido negada por ambos Gobiernos. Se sospecha que para el transporte del uranio y de otros recursos estratégicos se utilizaba una línea aérea directa entre Caracas y Teherán. Esta ruta fue operada por Conviasa entre 2007-2010, con vuelos esporádicos hasta el 2019, cuando reestableció formalmente, funcionando en la actualidad bajo Mahan Air, compañía vinculada a la Guardia Revolucionaria, en alianza con Conviasa y su filial de carga, Emtrasur.
En relación con este punto, la cuenca de Roraima es la zona de Venezuela con mayores reservas de uranio, y cuenta con una gran presencia de ciudadanos iraníes. Se sospecha que su Gobierno ha iniciado prospecciones y labores de explotación mediante empresas fachada que poseen concesiones mineras desde la época de Hugo Chávez. Es importante señalar que dicha zona está denominada por el Gobierno venezolano como zona de exclusión aérea. Además, según una investigación de ABC, Venezuela ha contribuido, junto con China, a la financiación del programa nuclear iraní mediante fondos canalizados como falsos préstamos.
La influencia de grupos afines a Irán en Venezuela y el poder blando cultural: más allá de la sospecha
La operartividad de Venezuela como base logística, tanto histórica como actualmente, para los grupos afines a Irán, como Hezbolá o Hamás, supone una amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos y para su interés de mantenerse como potencia hegemónica en Sudamérica. Según fuentes de inteligencia estadounidenses y denuncias recientes del Gobierno israelí, Venezuela es el centro de operaciones de Hezbolá en la región, donde se facilita refugio, asistencia logística, y la emisión de pasaportes falsos. Asimismo, se ha documentado su implicación en el tráfico de drogas a escala continental para financiar a la organización en el Líbano.
Por lo que respecta a Hamás, su influencia en Venezuela ha trascendido del plano del apoyo diplomático, al considerarlo un movimiento de liberación nacional, para convertirse en una auténtica base operativa en América Latina. Informes de seguridad nacional de EE.UU. destacan que el país caribeño es un verdadero nexo logístico, tanto para Hamás como para los hutíes, desde donde pueden coordinar movimientos financieros y de propaganda. Todo esto se sustenta en acuerdos de cooperación mutua que blindan a estos operativos frente a órdenes de captura internacional, permitiéndoles usar el suelo venezolano como zona de retaguardia y tránsito.
Esta relación, sin embargo, no se limita a los niveles logísticos y operativos, sino que abarca la hegemonía cultural y la difusión del relato de dichos grupos. Un ejemplo de ello es la presencia en Venezuela de HispanTV, cadena financiada por Irán, que funciona como su centro de emisión para América Latina. A través de este medio de comunicación, se propaga una narrativa alineada con los intereses geopolíticos de Teherán, normalizando la presencia de sus grupos aliados y justificando el programa nuclear iraní, al tiempo que se debilita la influencia de la prensa occidental en la región.
A esta estrategia se suma la diplomacia cultural y educativa, mediante la oferta de becas a estudiantes venezolanos y de otros países, como Perú. La finalidad de Irán es formar cuadros políticos y técnicos, con una estrecha afinidad ideológica. Estas becas abarcan desde estudios sobre ciencias básicas y tecnología a literatura persa y estudios religiosos, con un especial foco en ciudades como Qom, en un esfuerzo por tejer una red de influencia a largo plazo en las instituciones de los países latinoamericanos. Para arraigarse en el tejido social y profesional de la zona, esta iniciativa académica se complementa con la cooperación en materia económica, militar y energética.
Escasez de agua en Irán y relevancia de las importaciones provenientes de Venezuela
Debido a su situación geográfica y sus condiciones climáticas, Irán padece de una escasez crónica de agua que se ha agravado en los últimos años. En la actualidad, se ha llegado a plantear la posibilidad de evacuar la capital, Teherán, a causa de la sequía. Resulta fundamental subrayar la dependencia hídrica de la agricultura de iraní, lo que pone su soberanía alimentaria en juego. Por este motivo, el país depende fuertemente de las importaciones de comida, en un contexto internacional marcado por severas sanciones que le impiden comerciar con normalidad. En este escenario, Venezuela desempeña un papel clave en la garantía de su seguridad alimentaria, proveyéndole productos agrícolas y ganaderos a pesar del embargo.
En el año 2018, Venezuela cedió un millón de hectáreas de cultivo a Irán, aunque la nación persa necesita hasta siete millones de hectáreas para cubrir sus necesidades, capoyándose también en otros socios como Rusia. Por otro lado, a finales de 2024 se firmó un acuerdo para la exportación de 11.000 cabezas de ganado mensuales hacia territorio iraní. Todo esto demuestra la importancia estratégica de Caracas como proveedor de un Estado fuertemente sancionado y con acceso limitado a los mercados internacionales. A cambio, Venezuela recibe fertilizantes y productos de nanotecnología agrícola, los cuales le permiten aumentar la productividad de sus plantaciones mediante microorganismos y semillas modificadas genéticamente, fortaleciendo así el eje comercial entre bilateral. A su vez, el país sudamericano se beneficia del intercambio de tecnología nuclear con fines pacíficos y de las innovaciones iraníes en la industria petrolera.
Esta crisis hídrica en Irán responde a lo que los expertos denominan como “bancarrota hídrica”, causada por la sobreexplotación de los acuíferos y la falta de inversión en infraestructura, así como por la política de autosuficiencia agrícola que, durante décadas, priorizó el riego intensivo en zonas desérticas. Como consecuencia, el suelo de Teherán sufre un hundimiento progresivo de hasta 25 centímetros anuales en algunas áreas, lo cual compromete redes de transporte y edificios, al tiempo que aviva el debate sobre el traslado de la capital hacia regiones con mayor disponibilidad de recursos.
Ante el mencionado colapso interno, el modelo de cultivos extraterritoriales en Venezuela adquiere una importancia existencial para Irán, ya que le permite utilizar el agua y las tierras caribeñas para producir los suministros que su propio ecosistema es incapaz de sostener. Mientras que el 90% del agua que consume Irán se destina a una agricultura local ineficiente, la alianza con Venezuela le da acceso a tierras en regiones como los Llanos o el estado de Bolívar, caracterizadas por sus abundantes precipitaciones. Por tanto, este intercambio no es meramente comercial, sino que responde a una necesidad vital de Teherán para asegurar el flujo de alimentos a su población.
Esta sinergia operativa se sustenta en la transferencia de nanobiotecnología iraní, sector donde el país es un referente global, para optimizar la producción en suelo venezolano. La implementación de fertilizantes nanoquelatados y bioplaguicidas no solo maximiza el rendimiento agrícola, sino que permite la adaptación de semillas de alta resistencia a las condiciones del trópico. En última instancia, este flujo de alimentos impulsado por la vanguardia tecnológica trasciende el ámbito comercial y consolida un bloque de resistencia técnica capaz de mitigar el impacto de las sanciones occidentales y asegurar la resiliencia de ambos Estados.
La evasión conjunta de las sanciones: petróleo y finanzas
De esta manera, ambos países, mediante la firma de un acuerdo de cooperación a veinte años, consolidan una economía basada en la resistencia frente a Occidente, eludiendo mecanismos como el sistema SWIFT y los embargos al crudo. Respecto a este último punto, resulta clave el uso de la conocida como “flota fantasma”, la cual recurre a transferencias de petróleo en alta mar desde embarcaciones sancionadas a otras legales, el empleo de banderas falsas, la navegación sin el sistema de identificación automática (AIS) o la suplantación de identidad con barcos desguazados, entre otros métodos.
Este sistema de evasión no solo garantiza el flujo de hidrocarburos, sino que se apoya en una arquitectura financiera paralela, la cual utiliza criptomonedas o redes de mensajería interbancaria no occidentales para liquidar pagos, fuera del alcance del Tesoro de EE.UU. La triangulación de capitales a través de paraísos fiscales y empresas de fachada permite que los ingresos por la venta de crudo financien tanto el programa nuclear iraní como el sostenimiento operativo de sus grupos delegados (proxies) en Oriente Medio, además de consolidar la presencia de actores como Hezbolá en suelo sudamericano. Esta infraestructura representa un desafío directo a la hegemonía estadounidense, al facilitar redes ilícitas de narcotráfico y lavado de dinero bajo la permisividad de regímenes aliados.
Esta “economía del asedio” ha creado una simbiosis técnica, en la que ingenieros iraníes aplican las lecciones aprendidas tras décadas de embargo a las refinerías venezolanas, logrando mantener activa una maquinaria que, bajo estándares normales, habría colapsado. Este modelo de resiliencia industrial no solo ha frenado la caída de la producción de gasolina en Venezuela, sino que ha convertido el complejo refinador de Paraguaná en un laboratorio de pruebas para las tecnologías de contingencia que Irán planea exportar a otros paísessometidos a regímenes punitivos similares.
Asimismo, el uso de la flota fantasma ha evolucionado hacia una red logística altamente sofisticada que incluye el spoofing o falsificación de la señal GPS. Esta técnica hace que un barco petrolero parezca estar en aguas internacionales cuando, en realidad, está cargando crudo en terminales venezolanas. Dicha táctica, perfeccionada por Irán, ha sido transferida a PDVSA como parte de los acuerdos de defensa mutua, convirtiendo el comercio de petróleo en una auténtica operación de inteligencia militar.
Es importante advertir que la falta de transparencia en estas rutas marítimas incrementa la probabilidad de vertidos y colisiones accidentales, puesto que las embarcaciones de la flota fantasma operan, a menudo, con estándares deficientes de mantenimiento y seguros de dudosa procedencia. Al realizar las transferencias de carga a oscuras, y en zonas no autorizadas, evaden los protocolos de respuesta ante emergencias, dejando a las naciones costeras del Caribe y del golfo Pérsico vulnerables ante desastres ecológicos. A esto se suma la sofisticación en el uso de señuelos digitales y la coordinación de movimientos basándose en los puntos ciegos satelitales, lo que obliga a las potencias occidentales a invertir una mayor cantidad de recursos en vigilancia de alta resolución.
Finalmente, el acuerdo bilateral a veinte años se traduce en una alianza casi irreversible, en la que Venezuela se afianza como el principal socio de Irán en el hemisferio occidental para adquirir divisas y recursos básicos. Para Caracas, esta relación representa un seguro frente al aislamiento diplomático y comercial de Occidente, mientras que para Teherán supone una ruptura del cerco económico impuesto por Estados Unidos. La consolidación de este bloque de resistencia demuestra que la interconexión entre potencias sancionadas puede generar un mercado alternativo con capacidad para desafiar el control normativo del comercio global y la hegemonía del dólar.
Venezuela, clave geopolítica en Oriente Medio
Los acontecimientos en Oriente Medio durante los últimos años, marcados por los conflictos en Gaza y el Líbano, sumados al enfrentamiento directo entre Israel e Irán en la Guerra de los Doce Días, videncian un cambio en equilibrio de poder. Se observa un Israel belicista, que busca el fin del régimen de los ayatolás, con el objetivo final es conquistar la hegemonía regional y eliminar a su gran rival.
En vista de este panorama, Venezuela cobra una enorme importancia sobre los acontecimientos en Oriente Medio. Por un lado, gracias a sus exportaciones agrícolas, juega un papel primordial en el mantenimiento de la seguridad alimentaria y, por ende, de la paz social, dentro de un Irán ya de por sí convulso. Por otro lado, es una pieza fundamental en su infraestructura logística contra el bloque occidental, al proveerle del material necesario para mantener su programa nuclear, eje de su disuasión frente a Israel, y dotarle de capacidades para financiarse y hacer frente a las sanciones.
La caída del Gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela, ansiada por Donald Trump, y cristalizada tras su detención, puede formar parte de una estrategia más amplia en Oriente Medio. Este movimiento dejaría a Irán sin los recursos necesarios para sostener a sus actores proxy, como Hezbolá, y su programa atómico. Además, podría como generar una crisis interna en el país persa debido a la escasez de alimentos o la falta de ingresos públicos, facilitando así un cambio de régimen favorable a los intereses de Washington.
En sus recientes declaraciones junto al primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, Donald Trump insinuó la posibilidad de una ataque inminente contra Irán, si este insiste en continuar con su desarrollo nuclear, algo que Teherán mantendrá, por ser el pilar de su defensa. A esto se unen la inmensa movilización militar de Estados Unidos hacia el golfo Pérsico y los preparativos de israelíes para una eventual ofensiva. Si este ataque llega a producirse, y Venezuela sigue asediada por la Operación Lanza del Sur, Irán podría verse en una situación muy complicada para recibir el apoyo necesario para responder, más aún si se tienen en cuenta las recientes protestas internas que sacuden al país.
Este escenario de máxima presión podría forzar una derrota estratégica iraní, y derivar en un cambio de régimen auspiciado por Estados Unidos e Israel, desequilibrando la distribución del poder en favor de este último. Todo esto tendría fuertes consecuencias, no solo para ambos países, sino para otros actores y conflictos en la región, como la guerra civil en Yemen (especialmente para los hutíes), así como la estabilidad en Irak y el Líbano, o el afianzamiento del poder en Siria por parte de Al-Sharaa.







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