top of page
  • Instagram
  • X
  • LinkedIn
  • Canal de difusión
  • TikTok
  • Youtube

Zaratustra y el zoroastrismo: la revolución moral que transformó la historia

hace 3 días
14 min de lectura
Así habló Zaratustra: la primera gran revolución moral de la historia

«Escuchad con vuestros oídos las mejores cosas; contempladlas con mente clara y elegid por vosotros mismos, cada hombre para su propia persona, antes del gran evento, para que estéis advertidos de la Verdad. En el principio, existían dos espíritus primordiales, gemelos por su propia naturaleza, uno representa lo Mejor y el otro lo Malo en pensamiento, palabra y acción. Entre estos dos, los sabios eligen correctamente; los ignorantes, no».


Este pasaje literal, extraído del Yasna 30 de los Gathas —los himnos sagrados compuestos por el propio Zaratustra—, constituye el acta de nacimiento de la conciencia ética de la humanidad.


Cuenta la cosmogonía irania que, en el amanecer de los tiempos, el cosmos quedó definido por esta bifurcación original. En lo más alto, morando en la luz infinita, habitaba Ahura Mazda, el Señor Sabio, personificación del orden, la luz y la justicia. En lo más profundo, sumergido en las tinieblas abisales, yacía Angra Mainyu, el Espíritu Destructivo, origen de la corrupción, la muerte y el engaño. Cuando la Sombra vislumbró el resplandor de la creación perfecta, urdió un ejército de demonios con el propósito explícito de horadar y derribar el orden cósmico. Ante la inminencia del asalto, el Señor Sabio no opuso una fuerza bruta ni dictó un decreto tiránico; en su lugar, ofreció a las almas puras de la naturaleza una elección trascendental. Podían permanecer inmóviles y protegidas en el reino incorpóreo del espíritu, a salvo de todo dolor, o encarnarse en la materia del mundo físico para combatir activamente la degradación de la mentira.


Los espíritus, previendo el sufrimiento del combate pero ansiando la victoria definitiva de la justicia, eligieron descender. La existencia material, por tanto, no nació de un capricho divino ni de un castigo primordial, sino de un pacto fundacional de libertad y militancia. El cosmos se convirtió en el gran campo de batalla; el tiempo, en su implacable reloj; y la historia, en el escenario dramático donde cada alma humana debe ratificar, día a día, aquella elección ontológica (rama de la filosofía que estudia el ser, la existencia y las propiedades de las cosas).


Cuando Friedrich Nietzsche publicó entre 1883 y 1885 su célebre Así habló Zaratustra, la intelectualidad europea de su tiempo interpretó el título como una simple concesión al gusto decimonónico por el exotismo oriental. No era una impresión gratuita. Durante el siglo XIX, Persia, la India y el universo islámico ejercían una fascinación sobre filólogos, arqueólogos y filósofos; abundaban los escritores que recurriendo a personajes orientales para revestir de misterio y misticismo sus propias creaciones. Sin embargo, en el caso de Nietzsche la elección del profeta persa respondía a un motivo conceptual mucho más profundo. No buscaba un mero decorado literario, sino un interlocutor histórico; una auténtica némesis filosófica.


Años después, en su obra autobiográfica Ecce Homo, el propio filósofo explicaría con meridiana claridad las razones que lo impulsaron a elegir precisamente al antiguo sabio iranio para vehicular las ideas más radicales de todo su corpus doctrinal (Conjunto de ideas, enseñanzas y teorías de un autor o doctrina). Según la tesis nietzscheana, Zaratustra había sido el primero en comprender el cosmos como un escenario de conflicto perenne entre el bien y el mal, convirtiendo la moral en el principio organizador y en la gran rueda que mueve las cosas humanas. Si alguien debía anunciar la necesidad de superar esa moral tradicional, de invertir todos los valores heredados para dar paso al desierto de la libertad humana, tenía que ser, por estricta justicia histórica, quien había contribuido a formularlos por primera vez. Como sentenciaría el propio Nietzsche, el creador del dualismo moral debía convertirse, por una pirueta del destino, en su propio e inevitable sepulturero.


Influencias y préstamos: una fe invisible

La elección resulta aún más sugerente cuando se advierte que, fuera de los círculos académicos especializados, el zoroastrismo apenas ocupa un lugar relevante en la memoria colectiva de Occidente. A diferencia del judaísmo, el cristianismo o el islam, pocas personas podrían sintetizar hoy sus dogmas fundamentales o situar cronológicamente a su fundador. Sin embargo, los historiadores de las religiones coinciden en señalar que pocas tradiciones espirituales han ejercido una influencia tan profunda y, paradójicamente, tan sutilmente velada en el devenir de la civilización occidental.


Mary Boyce, indiscutiblemente la mayor especialista en la materia durante la pasada centuria, llegó a afirmar con rotundidad que el zoroastrismo constituyó «la religión revelada más antigua del mundo» y que multitud de conceptos que hoy consideramos patrimonio exclusivo de las religiones monoteístas, encontraron en el mazdeísmo una de sus formulaciones más tempranas y mejor elaboradas. En consonancia con esta postura, el célebre iranólogo italiano Gherardo Gnoli, aseveró que la historia de las religiones de salvación no puede entenderse desvinculada de las corrientes de pensamiento nacidas en las estepas iranias, subrayando que las raíces de la escatología (Conjunto de creencias y doctrinas referentes a la vida de ultratumba) occidental se hunden en el suelo del antiguo Irán.


La afirmación puede parecer desmesurada a ojos del profano, pero basta analizar la arquitectura de sus principios teológicos para comprender su veracidad. La noción de un juicio final donde se examina la pesada balanza de las acciones humanas, el concepto de la resurrección de la carne al final de los tiempos —denominado Frashokereti o la restauración definitiva del cosmos—, la división nítida entre el paraíso de luz y el abismo de tinieblas, la figura de un salvador escatológico o Saoshyant que vendrá a redimir la tierra, y la presencia de huestes angélicas como los Amesha Spenta frente a hordas demoníacas, aparecen en el zoroastrismo con una nitidez sorprendente para una religión nacida hace más de dos milenios y medio.


No se trata necesariamente de sostener que el judaísmo, el cristianismo y el islam expropiaran estas ideas de manera mecánica directamente del pensamiento persa, sino de reconocer que el contacto simbiótico entre estas tradiciones se prolongó durante siglos. Y que su convivencia desempeñó un papel de catalizador decisivo en la formación del paisaje religioso y cultural del Próximo Oriente.


Ante este panorama, resulta imperativo responder a una pregunta elemental: ¿quién fue Zaratustra?

La respuesta nos introduce de inmediato en un laberinto cronológico. A diferencia de figuras históricas como Buda, Confucio o Mahoma, la línea temporal del fundador del zoroastrismo sigue siendo objeto de un enconado e inacabable debate académico. Durante largo tiempo, la historiografía clásica situó su existencia en torno al siglo VI a. C., haciéndola coincidir con la eclosión cultural del Imperio aqueménida de Ciro el Grande. Sin embargo, los estudios de lingüística comparada aplicados sobre los Gathas dieron un vuelco a dichas teorías.


Al analizar el arcaísmo de la lengua gáthica, morfológicamente emparentada con el sánscrito védico de la India, investigadoras como Mary Boyce defendieron una datación mucho más remota, situándola entre los siglos XV y XII a. C., en plena Edad del Bronce de las estepas centroasiáticas. Por su parte, especialistas de la talla de Prods Oktor Skjærvø, prefieren adoptar posiciones intermedias, advirtiendo que estamos ante textos de transmisión oral cuya fijación por escrito es muy tardía, lo que convierte la búsqueda del Zaratustra histórico en un hermoso pero inalcanzable espejismo filológico.


Esta discusión continúa abierta debido a la escasez de fuentes primarias y a que la tradición devota entrelazó muy pronto la biografía del maestro con los hilos dorados del mito. Esta amalgama no debe sorprendernos: es el denominador común de las grandes teofanías (manifestación o aparición de una divinidad) de la humanidad, donde la vida del elegido se presenta como el anuncio cósmico de una misión extraordinaria. En el caso de Zaratustra, las leyendas recogidas en los textos pahlavíes narran que, al nacer, el niño no rompió a llorar como los demás neonatos, sino que irrumpió en una luminosa sonrisa. Aquel gesto fue interpretado como el primer eclipse de las fuerzas del mal, la señal inequívoca de que las tinieblas habían encontrado finalmente a su adversario. Los demonios, conscientes del peligro que representaba aquel llanto trocado en risa, intentaron destruir al infante en su cuna; fue arrojado a una pira ardiente, abandonado en la madriguera de lobos hambrientos y colocado bajo los cascos de una estampida de bueyes. De todos los lances sobrevivió indemne gracias al escudo invisible de la protección divina. Estas narraciones funcionan como perfectas radiografías de la psicología zoroastriana: donde habita la muerte, brota la vida; donde impera el llanto, florece la sonrisa.


La revolución de la conciencia: Asha contra Druj

Según la tradición litúrgica, la revelación decisiva aconteció cuando Zaratustra contaba alrededor de treinta años. Mientras se sumergía en las aguas de un río durante un ritual de purificación, emergió ante él una entidad resplandeciente: Vohu Manah, el "Buen Pensamiento". Guiado por este ser, el profeta fue conducido ante la augusta presencia de Ahura Mazda, quien le desveló la arquitectura moral del universo y le encomendó la misión de erradicar los viejos cultos extáticos y sangrientos de las estepas.


Resulta de un profundo calado que el primer intermediario divino no sea un adalid de la guerra ni un ángel exterminador, sino la personificación misma del pensamiento ético. Desde sus orígenes, el zoroastrismo situó la inteligencia moral por encima del automatismo del ritual. La verdadera batalla no se libraba con la sangre en los altares, sino en el fuero interno de la conciencia. Para ponderar la novedad de esta premisa, conviene recordar el mapa religioso de la época. Egipto articulaba su fe en torno a complejas genealogías divinas integradas en los ciclos de la naturaleza y la divinización del monarca; Mesopotamia padecía un panteón caprichoso donde los dioses eran señores feudales de las tormentas, y los hombres, meros siervos para su sustento; los antiguos pueblos iranios practicaban una religión politeísta dominada por cultos guerreros y el sacrificio masivo de ganado. Zaratustra dinamita ese horizonte. Ahura Mazda no es un dios guerrero más; es el Señor Sabio, la fuente del orden cósmico y de la verdad.


Frente a él actúa Angra Mainyu, el principio destructivo asociado a la mentira, la violencia y la corrupción. El eminente filólogo francés Jacques Duchesne-Guillemin destaca en sus investigaciones que el zoroastrismo depura el panteón indoiranio para erigir una teología donde los atributos de Dios son abstracciones morales. Existe, no obstante, una controversia académica sobre la naturaleza de este sistema. En los Gathas, Ahura Mazda aparece como el creador supremo, mientras que el mal surge no como una sustancia primordial, sino como una elección existencial errónea. El dualismo radical y simétrico —donde Dios y el Diablo operan como potencias de igual rango ontológico— sería un desarrollo teológico de la posterior época sasánida.


Lo verdaderamente revolucionario es que este enfrentamiento no es un mero relato mitológico; es una categoría moral que atraviesa la realidad de cabo a rabo. El cosmos entero participa de una lucha entre Asha (la verdad, el orden, la justicia) y Druj (la mentira, el caos, el engaño). Como apunta Bruce Lincoln en sus estudios sobre la ideología real aqueménida, esta división binaria impregnó todas las esferas de la vida: lo que cura pertenece a Asha; lo que pudre, a Druj. El combate cósmico se libra, en última instancia, en el santuario de cada mente humana.


Mientras el mundo antiguo se doblegaba ante el fatalismo del destino, el hado ciego o el humor cambiante de las deidades, Zaratustra deposita el porvenir del universo sobre el yunque de las decisiones personales. Las ceremonias mecánicas pierden su valor; lo único decisivo es la rectitud de la elección. Los Gathas insisten con vehemencia en esta libertad moral: Dios muestra el camino, pero no arrastra al caminante. Karl Jaspers, al acuñar el concepto de la Era Axial —ese milagro histórico en el que la humanidad despertó simultáneamente a la autorreflexión en Grecia, la India, China y Persia—, señaló que esta interiorización de la responsabilidad constituye el parteaguas que separa el pensamiento religioso universal de los antiguos cultos tribales.


Esta dimensión ética cristalizó en la tríada conceptual que todo parsi repite como un mantra cotidiano en su vida: Humata, Hukhta, Hvarshta, términos avésticos que se traducen como buenos pensamientos, buenas palabras y buenas acciones. Más que un catecismo simplista, representa una profunda antropología: el ser humano sostiene el tejido del orden universal mediante la estricta coherencia entre su mente, su verbo y su obra. Pensar el bien es el plano invisible; decir el bien es la palabra fundacional; hacer el bien es la construcción material del orden.


Esta misma exigencia de coherencia explica el simbolismo del fuego, el elemento zoroastriano por excelencia y el más incomprendido de la historia de las religiones. Desde Heródoto hasta los apologistas cristianos medievales, Occidente calificó erróneamente a los persas de "adoradores del fuego". Mary Boyce dedicó gran parte de su obra a demoler este prejuicio secular: el fuego no es el objeto de la adoración, sino el icono de la divinidad; no es Dios, sino el espejo ciego de su luz. El fuego es la manifestación física de Asha, su luz es el conocimiento que disipa la ignorancia; su calor es la pulsión misma de la vida; y su capacidad para consumir la escoria representa la victoria final del orden sobre la entropía.


Esa obsesión por preservar la pureza de la creación impidió que los zoroastrianos contaminaran los elementos sagrados como la tierra, el agua, el aire y el fuego con la corrupción intrínseca de la muerte. De ahí nacieron las célebres Torres del Silencio, o dakhmas, estructuras circulares de piedra donde los cadáveres se exponían a los elementos y a las aves carroñeras. Enterrar un cuerpo era profanar la tierra; incinerarlo era insultar al fuego; arrojarlo al río era envenenar el agua. Lo que a ojos occidentales parecía una práctica bárbara e inhóspita, era en realidad un sofisticado ejercicio de ecología sagrada y coherencia doctrinal.


Del Imperio aqueménida al s.XXI: cronología de un pensamiento vivo

Las ideas, sin embargo, necesitan ejércitos y estructuras estatales para conquistar la geografía de la historia. El zoroastrismo abandonó su ropaje pastoral y nómada cuando se convirtió en el armazón ideológico y teológico del Imperio Aqueménida, la primera gran superpotencia continental de la Antigüedad. Cuando Ciro II el Grande unificó Oriente Próximo hacia el 550 a. C., la escala del mundo conocido saltó por los aires. Las investigaciones contemporáneas de Pierre Briant y Josef Wiesehöfer han desmitificado definitivamente la vieja caricatura helenocéntrica que pintaba a Persia como un despotismo bárbaro y cruel. El Imperio persa funcionó como una complejísima y refinada maquinaria de tolerancia pragmática. En la monumental inscripción de Behistún, Darío I no se presenta como un tirano caprichoso, sino como el lugarteniente de Ahura Mazda encargado de restaurar el Asha allí donde la rebelión, el desorden y la mentira habían sembrado el caos. El rey no gobernaba por mero derecho de sangre o capricho militar; gobernaba como un deber moral de orden frente a la mentira.


Esta matriz conceptual explica su singular política de tolerancia religiosa hacia los pueblos conquistados. El caso más paradigmático es el del pueblo judío; tras conquistar Babilonia en el 539 a. C., Ciro el Grande no solo liberó a los cautivos, sino que financió la reconstrucción del Templo de Jerusalén. Aunque la historiografía romántica vio en esto un milagro de magnanimidad inusitada, autores como Lester L. Grabbe prefieren interpretarlo como una brillante y fría estrategia de poder blando: pacificar las fronteras imperiales mediante el respeto a los cultos locales era infinitamente más eficiente que gobernar sobre las cenizas de la represión.


Fue precisamente durante este largo cautiverio y la posterior convivencia bajo las satrapías persas cuando el pensamiento judío experimentó una mutación decisiva. Si bien John Collins advierte que los préstamos mecánicos son difíciles de aislar con exactitud, resulta innegable que conceptos que apenas asomaban en el judaísmo preexílico florecieron tras el contacto con la teología irania. El suelo intelectual de Oriente Próximo había quedado preñado de la semilla zoroastriana, una herencia que el cristianismo y el islam recogerían, transformarían y universalizarían siglos más tarde.


La historia de la fe de Zaratustra es también un largo calvario de resistencia y supervivencia. La conquista de Alejandro Magno en el siglo IV a. C. y el incendio de Persépolis hirieron de muerte la rica tradición oral del clero mazdeo. Siglos después, la dinastía Sasánida rescataría la fe original para convertirla en una Iglesia de Estado rígida, burocrática y dogmática, el espejo identitario frente a la Roma cristiana. De esta época data el concepto de Eranshahr, el Imperio de los Iranios, una noción de soberanía cultural que, como bien señala el historiador Touraj Daryaee, sobreviviría intacta incluso frente al vendaval islámico del siglo VII.


La caída de la dinastía sasánida ante los ejércitos árabes redujo de forma paulatina el zoroastrismo a una condición de minoría hostigada y dispersa. Unos resistieron con terquedad en las yermas provincias orientales de Yazd y Kermán; otros emprendieron un doloroso éxodo hacia las costas de Gujarat, en la India, donde fundaron la próspera comunidad de los parsis. Aislados pero tenaces, los parsis demostraron una asombrosa capacidad de adaptación y educación, convirtiéndose siglos más tarde en los capitanes de la industrialización y la modernización económica de la India.

Mientras tanto, el Irán islamizado jamás renunció del todo a su sustrato cultural preislámico. Como insiste Richard Foltz, la identidad persa no se disolvió en el califato, sino que lo transformó y refinó desde dentro. El ejemplo más elocuente de esta continuidad es el Nowruz, el año nuevo persa que coincide con el equinoccio de primavera. Esta festividad, que celebra el triunfo de la luz primaveral sobre las tinieblas y la muerte del invierno, sigue siendo el cordón umbilical indestructible que une al Irán chiita con sus remotos ancestros avésticos.


Influencia actual: chiismo, parsis y oriente próximo

En el Irán actual, la herencia de Zaratustra opera como el verdadero código genético de la identidad nacional. Tras la islamización, el sustrato mazdeo colonizó espiritualmente al conquistador, jugando un papel decisivo en el nacimiento del chiismo duodecimano. La escatología chiita es, en gran medida, una traducción de la tensión cósmica zoroastriana: la figura del Mahdi —el Imán Oculto cuyo retorno mesiánico restaurará la justicia en la Tierra— refleja de forma directa al Saoshyant avéstico. Asimismo, la obsesión de la psique iraní por el martirio y la resistencia frente a la opresión se lee bajo la clave de una actualización histórica de la lucha eterna entre Asha y Druj. El régimen teocrático convive con la paradoja de un pueblo que defiende con fervor místico festividades preislámicas como el Nowruz o la Noche de Yalda (el triunfo de la luz sobre la noche más larga del invierno). El ropaje exterior es islámico, pero el cuerpo cultural sigue siendo profundamente persa.


A miles de kilómetros, en la India, la minoría parsi ha dejado una impronta económica e intelectual radicalmente desproporcionada respecto a su tamaño demográfico. Guiados por el mandato ético del Hvarshta (buenas acciones), se convirtieron en los arquitectos ilustrados del subcontinente moderno. Familias dinásticas como los Tata o los Godrej no solo fundaron imperios industriales, sino que introdujeron un modelo pionero de capitalismo filantrópico que financió universidades e instituciones científicas vitales para el Estado indio independiente. Figuras universales que van desde el director de orquesta Zubin Mehta hasta el icónico vocalista de Queen, Freddie Mercury (nacido Farrokh Bulsara), atestiguan cómo la diáspora logró hibridar la fidelidad a sus raíces con una apertura cosmopolita sin parangón.


No obstante, quizás su influencia más determinante y menos evidente resida en la estructura misma de los conflictos globales. Antes, las civilizaciones concebían el tiempo como un ciclo eterno de retornos. El profeta iranio introdujo el tiempo lineal y progresivo, la historia avanza hacia un fin donde el Bien triunfará definitivamente. Esta premisa es el cimiento de la idea occidental de progreso, pero también el combustible de la polarización geopolítica contemporánea. Cuando la retórica política internacional se vuelve apocalíptica y divide el mundo de forma irreconciliable entre "ejes del mal" y "fuerzas de la libertad", se está reactivando de manera secularizada el dualismo radical de las estepas iranias. La preocupante tendencia contemporánea a deshumanizar al adversario, convirtiéndolo en la encarnación absoluta de la mentira, es el reverso oscuro de una moral binaria mal digerida.


Hoy sobreviven apenas doscientos mil zoroastrianos en todo el mapa global, concentrados principalmente en la India, Irán y la diáspora occidental. Demográficamente, representan una sutil nota a pie de página en la historia contemporánea; sin embargo, desde una perspectiva histórica, se erigen como los arquitectos invisibles de nuestra estructura mental y de nuestra noción del tiempo. Aquí reside la profunda paradoja que Nietzsche no alcanzó a vislumbrar del todo en su intento de subvertir los valores tradicionales. Al buscar al Zaratustra histórico para decretar la muerte de Dios y el fin de la moral binarista, el filósofo alemán soslayó la verdadera moraleja implícita en la cita del propio profeta con la que abríamos este texto.


Zaratustra no apela a una sumisión ciega ante los mandatos de un tribunal celestial; apela directamente a la capacidad racional de discernimiento humano. Una moral que exigía la militancia absoluta de la razón a través del libre albedrío.

 

«Contempladlas con mente clara y elegid por vosotros mismos»


La trascendencia histórica y la persistencia geopolítica del zoroastrismo radican en haber transformado el imaginario global en un vector irreversible de responsabilidad humana.

Y ese orgullo tenaz en su psique, es difícil de borrar.


Al final del camino, cuando el ruido de la historia calla, la antigua sonrisa del niño profeta sigue recordándonos que el destino del universo se decide, minuto a minuto, en el discreto santuario de nuestra propia conciencia.

Comentarios


bottom of page