Canadá como miembro asociado de la UE: claves de una nueva relación con Europa
«(...) por lo que, me gustaría trabajar con usted en abrir la puerta para que Canadá sea el primer miembro asociado de la Unión Europea» (Comisión Europea, 2026). Con esta frase, Ursula von der Leyen dejó una de las propuestas más disruptivas, a la par que llamativas, de su discurso anual sobre el Estado de la Unión en 2026, ya tratado en Naciones en Ruinas por Izquierdo Ríos. A este respecto, Canadá podría convertirse en el primer miembro asociado de la Unión Europea. No en un Estado miembro más, ni tampoco en otro socio preferente, sino en algo que, por ahora, ni siquiera es categorizable dentro de la arquitectura comunitaria.
Igualmente, la propuesta tampoco apareció de la nada. Unos segundos antes de plantear la membresía asociada, también von der Leyen anunció una nueva “Alianza para el Futuro” entre Canadá y la UE, con la intención de crear un espacio común de seguridad económica y prosperidad, con el objetivo de llevar las relaciones bilaterales cada vez más lejos. Lo extraño es que Bruselas no ha explicado todavía qué es ese nivel y, además, no existe un modelo previo que pueda utilizarse como plantilla, ni tampoco está claro qué derechos u obligaciones tendría Canadá en caso de concederle el estatus. De momento, esta expresión funciona más como una declaración de voluntad política, más que como una figura jurídica per se. (Fisayo-Bambi, 2026).
El acercamiento no es algo nuevo
Reducir el estrechamiento de lazos entre Canadá y la Unión Europea a, simplemente, la situación de las relaciones bilaterales entre Canadá y Estados Unidos, o entre éste y la Unión Europea, sería un análisis incompleto. La UE y Canadá llevan años estrechando relaciones, por ejemplo, con la aplicación provisional desde 2017 del CETA, el acuerdo comercial entre ambas partes que ha provocado un aumento del comercio mutuo de bienes un 75%, según Ursula von der Leyen (Comisión Europea, 2026).
Durante los últimos meses la relación ha dejado de quedarse en el terreno estrictamente comercial. Canadá se incorporó recientemente al SAFE, el instrumento europeo destinado a impulsar adquisiciones e inversiones conjuntas en materia de defensa, mientras Ottawa y Bruselas han empezado a explorar nuevas formas de cooperación en energía, tecnología o materias primas críticas (Adler, 2026).
Sin embargo, dejar a Estados Unidos fuera de la ecuación también sería impreciso. Continúan siendo, de lejos, el principal socio comercial canadiense, con alrededor del 70% de las exportaciones de Canadá destinadas al mercado estadounidense (Adler, 2026). El deterioro de las relaciones entre Trump y Carney ha acelerado sensiblemente el proceso, debido a las disputas arancelarias, el fracaso de las últimas negociaciones comerciales y las reiteradas referencias de Trump a Canadá como un posible «estado número 51» que, como es lógico, han sentado bastante mal en Ottawa. Probablemente, tarde o temprano, la conversación entre Canadá y la UE hubiera llegado, pero, sin atisbo de dudas, el interés en reducir esa dependencia ha generado que el proceso se acelere considerablemente.
Carney llevaba meses insistiendo en esa idea. Su Gobierno quiere duplicar en la próxima década el comercio canadiense independiente de Estados Unidos y Europa aparece como una de las alternativas más factibles que, si bien no sustituye a Washington, sí hace que no todos los caminos lleven al mismo sitio.
¿Qué sería realmente un miembro asociado?
Este es quizá el punto más controversial, haberle puesto un nombre a algo que todavía no se sabe exactamente qué es. Los Tratados distinguen con bastante claridad entre quienes están dentro y quienes están fuera. El artículo 49 del Tratado de la Unión Europea establece que cualquier «Estado europeo» que respete los valores de la Unión puede solicitar su adhesión (Unión Europea, 2016, art. 49). Canadá difícilmente encaja en la lógica territorial de ese procedimiento, porque no está en Europa, de modo que la vía planteada por Bruselas tendría que ser otra.
Sí existe, sin embargo, cierto margen jurídico para desarrollar una relación mucho más estrecha con un tercer Estado. El artículo 217 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea permite celebrar acuerdos de asociación que incluyan derechos y obligaciones recíprocos, acciones comunes y procedimientos particulares (Unión Europea, 2016, art. 217). La acción exterior de la Unión contempla además los acuerdos y las relaciones con países no pertenecientes a la UE (EUR-Lex, 2017).
La controversia es que la membresía asociada no es lo que contempla lo previamente comentado. Habría que decidir en qué podría participar, qué normativa europea tendría que asumir, qué aportaciones realizaría y qué capacidad de influencia tendría para cuestiones que le influyeran. Ottawa tampoco parece interesada en una adhesión plena. Su representante ante la Unión Europea ha señalado que Canadá quiere acercarse «todo lo posible» al bloque, pero de una manera que fortalezca su soberanía en lugar de reducirla (Fisayo-Bambi, 2026).
Canadá podría acceder a una cooperación mucho más profunda sin convertirse en un Estado miembro y la Unión podría estrechar lazos con uno de sus socios más próximos sin abrir formalmente otro proceso de ampliación. Además, la propuesta va bastante más allá de rebautizar el CETA. Von der Leyen habló de integrar las bases industriales de defensa, reforzar la cooperación en el Ártico y trabajar conjuntamente en energía, minerales críticos, baterías, inteligencia artificial, computación cuántica, ciberseguridad y seguridad económica (Comisión Europea, 2026). Son precisamente sectores en los que ambas partes tienen intereses comunes, con una parte buscando socios y la otra mercados.
A Washington no le hace nada de gracia esto
La reacción estadounidense ha sido inmediata, casi automática. Apenas unas horas después del discurso, Donald Trump calificó la posibilidad de la membresía asociada a la UE como «ridícula» y aseguró que podrían interpretarla como un «acto hostil». El aviso vino acompañado de una advertencia que podría ser incluso interpretada como una amenaza: si Washington considera que el acercamiento busca perjudicar sus intereses, impondrá “aranceles muy elevados” a Europa e incluso podría restringir el comercio en ciertos sectores (Fisayo-Bambi, 2026; AP, 2026).
La advertencia resulta especialmente significativa porque Bruselas y Washington acababan de alcanzar un acuerdo que establece un techo arancelario del 15 % para buena parte de las exportaciones europeas a Estados Unidos, mientras la Unión eliminaba los gravámenes sobre determinados productos industriales estadounidenses (Fisayo-Bambi, 2026). Así, existe la posibilidad de incluir otro foco de tensión, en este caso comercial, que recientemente ha pasado ya por momentos complicados . Bruselas, por su parte, ha rechazado esa interpretación. La Comisión ha insistido en que la propuesta no pretende construirse contra ningún tercer Estado, una idea que Von der Leyen dejó también explícita durante su discurso: la nueva relación con Canadá busca fortalecer a ambas partes, no levantar un bloque enfrentado a Washington (Comisión Europea, 2026).
El problema para Canadá es que la geografía y décadas de integración económica pesan. Estados Unidos absorbe cerca del 70 % de sus exportaciones y el comercio bilateral alcanzó aproximadamente 900.000 millones de dólares en 2025, mientras que el intercambio con la UE rondó los 130.000 millones (Adler, 2026). Europa, aunque ayude a reducir dependencias, no reemplazará a corto plazo el masivo mercado situado al otro lado de la frontera.
Precisamente por eso, la respuesta de Carney a las amenazas estadounidenses es significativa. El primer ministro canadiense ha defendido que Canadá decidirá con quién establece sus acuerdos internacionales y ha asegurado que una relación más estrecha con Europa no tiene por qué producirse a costa de la estadounidense, lo que generaría incluso un mayor atractivo para el propio Estados Unidos, al ser menos dependiente y contar con más alianzas. No quiere elegir entre Washington o Bruselas, aunque desde el lado estadounidense parezca interpretarse de este modo (Reuters, 2026).
De todos modos, no será solamente la respuesta estadounidense lo que deberá vigilar Von der Leyen: necesitará el respaldo de los Estados miembros, con los que todavía queda negociar todo el contenido. Países como Alemania o España se han mostrado ciertamente críticos, al no haberse establecido un corpus jurídico para su inclusión, previo a realizar las declaraciones. Ha sido incluso el propio primer ministro canadiense quien ha rebajado la importancia a la etiqueta de «miembro asociado» frente al contenido real que termine estipulando el acuerdo. Ahora queda una etapa complicada, pero interesante: las negociaciones respecto a qué significa esta membresía.
Por ahora, por tanto, Canadá no está entrando en la UE y tampoco existe todavía una «membresía asociada» a la que pueda acogerse. Lo que hay ya sobre la mesa es una propuesta política que abre una discusión sobre las formas que puede adoptar la integración europea con países que permanecen fuera de la Unión y quieren participar más estrechamente en ciertos ámbitos. Además, otra cuestión imposible de analizar en este artículo es ver las implicaciones que tendría que un estado no europeo participara en cuestiones de la Unión Europea. Quizá por eso, más que preguntarse si Canadá va a formar parte de la Unión Europea, la cuestión verdaderamente interesante sea otra: hasta dónde puede llegar a estar dentro permaneciendo, formalmente, fuera.





Comentarios