Elecciones y geopolítica: Moldavia, Georgia, Taiwán y Serbia ante la rivalidad entre potencias
¿Qué significa realmente votar en un país que se encuentra en la frontera de dos o tres órbitas de poder? En teoría, unas elecciones sirven para decidir quién gobierna, qué políticas económicas se aplican, cómo se reparte el gasto público. Pero en un número creciente de países, esa pregunta se ha visto desplazada por otra, más incómoda: ¿hacia dónde mira este país, hacia Bruselas, hacia Moscú, hacia Pekín o hacia Washington? Cuando la papeleta empieza a leerse en clave de alianzas internacionales antes que de programas de gobierno, algo se ha transformado en la naturaleza misma de la competencia electoral.
Moldavia: un referéndum que se decidió fuera de casa
El caso moldavo de octubre de 2024 es quizás el más literal de todos: no hubo que buscar metáforas, porque los propios votantes fueron convocados a un referéndum explícito sobre inscribir la integración europea en la Constitución. El resultado, un ajustadísimo 50,4% a favor, no se había decidido dentro de las fronteras del país. Fue el voto de la diáspora, mayoritariamente proeuropea, el que inclinó la balanza, mientras que dentro de Moldavia el “no” había ganado. ¿Qué nos dice esto sobre la relación entre territorio y lealtad geopolítica? La Unión Europea y Estados Unidos denunciaron una campaña de interferencia rusa de varios millones de euros dirigida a comprar votos y financiar narrativas afines al Kremlin, mientras Moscú acusaba a Chisináu de restringir el voto de los moldavos residentes en Rusia. La región autónoma de Gagauzia, de mayoría prorrusa, votó en un 95% en contra de la integración europea, dejando a la vista una fractura interna que la propia geografía electoral del país arrastra desde hace años.
Georgia: cuando el marco importa más que el bando
Si Moldavia ilustra el referéndum geopolítico en su forma más pura, Georgia ofrece un matiz interesante: no siempre gana quien mejor gestiona sus relaciones exteriores, sino quien mejor controla el relato de la elección. En las legislativas de octubre de 2024, la oposición georgiana presentó los comicios como una disyuntiva binaria entre convertirse en una democracia europea o caer bajo la órbita autoritaria de Rusia. El partido gobernante, Sueño Georgiano, respondió con un encuadre distinto: no “UE contra Rusia”, sino “guerra contra paz”, apelando directamente al miedo de una población que observa con inquietud lo que ocurre en la vecina Ucrania. Ese desplazamiento retórico, sustituir una elección de bloques por una elección existencial, resultó, según buena parte del análisis posterior, más eficaz que el mensaje europeísta de la oposición. La Unión Europea congeló el proceso de adhesión georgiano y suspendió ayudas económicas y militares. ¿Puede un gobierno alinearse formalmente con un bloque mientras gestiona, en la práctica, una relación de dependencia con el otro?
Taiwán: la elección que se vota en dos capitales a la vez
El caso taiwanés añade una capa distinta: aquí la disputa no es tanto entre integrarse o no en un bloque, sino entre preservar un status quo frágil o precipitar una confrontación. En enero de 2024, los tres candidatos a la presidencia ofrecían visiones distintas de la relación con Pekín, pero ninguno podía ignorar que Washington observaba el proceso con el mismo interés que Pekín. El candidato del Partido Democrático Progresista, William Lai, planteó la contienda como una elección entre democracia y autoritarismo; el Kuomintang, con tradicional cercanía a Pekín, prefirió hablar de “guerra o paz”. Detrás de ambos eslóganes latía la misma pregunta: ¿hasta qué punto puede una isla de 23 millones de habitantes decidir su propio destino cuando ese destino concierne directamente a las dos mayores potencias del planeta?
Serbia: la geopolítica como malabarismo permanente
Serbia representa quizás el matiz más sofisticado de los tres casos anteriores, porque Aleksandar Vučić no ha necesitado elegir: ha construido toda una estrategia de política exterior y electoral sobre la ambigüedad. Cada ciclo electoral serbio repite el mismo patrón: promesas de acercamiento a la Unión Europea, mientras se mantienen vínculos económicos y culturales con Rusia y se refuerzan las inversiones chinas en infraestructura. Bruselas lo tolera, en parte porque necesita estabilidad en los Balcanes; Moscú lo acepta, porque comparte con Serbia una identidad eslava y ortodoxa que rinde dividendos simbólicos; Pekín, mientras tanto, invierte sin exigir alineamientos ideológicos. ¿Es sostenible este equilibrio a largo plazo, o llegará un momento en que Serbia tenga que elegir de verdad?
Una pregunta que no se resuelve en las urnas
Lo que conectan estos cuatro casos es la sensación de que la política exterior ha dejado de ser un asunto reservado a cancillerías y think tanks para convertirse en materia de campaña electoral, de propaganda y, en última instancia, de identidad nacional. Y sin embargo, cabe preguntarse si esta lectura geopolítica no simplifica en exceso realidades internas mucho más complejas: pobreza, corrupción, desigualdad territorial, fatiga democrática. ¿Hasta qué punto el marco de “elección entre potencias” es una descripción precisa de lo que ocurre en estos países, y hasta qué punto es también una narrativa que conviene a las propias potencias externas, interesadas en presentar cada urna como un capítulo más de su propia rivalidad?





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